sábado, 12 de dezembro de 2009

Santas Missas em Uso Anglicano e Meeting sobre Anglicanorum Coetibus

Disponibilizamos aos nossos leitores os links de duas Santas Missas em Uso Anglicano celebradas no dia da Imaculada e hoje na Paróquia Católica "Our Lady of the Atonement" em San Antonio, Texas de acordo com a "Pastoral Provision" de 1980. A Santa Missa de hoje foi no contexto de um Encontro sobre a Constituição Apostólica "Anglicanorum Coetibus" do Papa Bento XVI realizado por esta paróquia.

As Missas estão disponíveis aqui http://www.ustream.tv/recorded/2998268 e aqui http://www.ustream.tv/recorded/2741866.

Fonte: New Liturgical Movement

quinta-feira, 10 de dezembro de 2009

Benedicto XVI: hoy existe el peligro de considerar la Eucaristía casi como solo un rito de socialización



CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 9 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis del Papa Benedicto XVI hoy, durante la audiencia general, a los peregrinos reunidos en el Aula Pablo VI.


Queridos hermanos y hermanas,

hoy conoceremos a otro monje benedictino del siglo doce. Su nombre es Ruperto de Deutz, una ciudad cercana a Colonia, sede de un famoso monasterio. Ruperto mismo habla de su propia vida en una de sus obras más importantes, titulada La gloria y el honor del Hijo del hombre, que es un comentario parcial al Evangelio de Mateo. Aún niño, fue acogido como “oblato” en el monasterio benedictino de San Lorenzo en Lieja, según la costumbre de la época de confiar a uno de los hijos a la educación de los monjes, pretendiendo hacer un don a Dios. Ruperto amó siempre la vida monástica. Aprendió bien pronto la lengua latina para estudiar la Biblia y para gozar de las celebraciones litúrgicas. Se distinguió por su integrísima rectitud moral y por el fuerte apego a la Sede de san Pedro.

Su tiempo estuvo marcado por los enfrentamientos entre el Papado y el Imperio, a causa de la llamada “lucha de las investiduras”, con la que – como he señalado en otras catequesis – el Papado quería impedir que el nombramiento de los obispos y el ejercicio de su jurisdicción dependieran de las autoridades civiles, que estaban guiadas ante todo por motivaciones políticas y económicas, y no ciertamente pastorales. El obispo de Lieja, Otberto, se resistía a las directrices del Papa, y mandó al exilio a Berengario, abad del monasterio de San Lorenzo, precisamente por su fidelidad al Pontífice. En este monasterio vivía Ruperto, que no dudó en seguir a su abad al exilio, y sólo cuando el obispo Otberto volvió a entrar en comunión con el Papa volvió a Lieja y aceptó convertirse en sacerdote. Hasta aquel momento, de hecho, había evitado recibir la ordenación de un obispo en disensión con el Papa. Ruperto nos enseña que cuando surgen controversias en la Iglesia, la referencia al ministerio petrino garantiza la fidelidad a la sana doctrina y da serenidad y libertad interior. Tras la disputa con Otberto, tuvo que abandonar su monasterio dos veces más. En 1116 los adversarios querían incluso procesarle. Aunque absuelto de toda acusación, Ruperto prefirió dirigirse por un tiempo a Siegburg, pero dado que las polémicas no habían cesado cuando volvió al monasterio de Lieja, decidió establecerse definitivamente en Alemania. Nombrado abad de Deutz en 1120, permaneció allí hasta 1129, año de su muerte. Se alejó de allí sólo para una peregrinación a Roma, en 1124.

Escritor fecundo, Ruperto ha dejado numerosísimas obras, aún hoy de gran interés, también porque participó en varias importantes discusiones teológicas de su tiempo. Por ejemplo, intervino con determinación en la controversia eucarística, que en 1077 había llevado a la condena de Berengario de Tours. Este había dado una interpretación reduccionista de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, definiendola como sólo simbólica. En el lenguaje de la Iglesia no había entrado aún el término “transustanciación”, pero Ruperto, utilizando a veces expresiones audaces, se hizo decidido defensor del realismo eucarístico y, sobre todo en una obra titulada De divinis officiis (Los oficios divinos), afirmó con decisión la continuidad entre el Cuerpo del Verbo encarnado de Cristo y el presente en las Especies eucarísticas del pan y del vino. Queridos hermanos y hermanas, me parece que en este punto debemos también pensar en nuestro tiempo; también hoy existe el peligro de redimensionar el realismo eucarístico, es decir, de considerar la Eucaristía casi como solo un rito de comunión, de socialización, olvidando muy fácilmente que en la Eucaristía está presente realmente Cristo resucitado - con su cuerpo resucitado – que se pone en nuestras manos para hacernos salir de nosotros mismos, incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos así a la vida nueva. ¡Ese gran misterio de que el Señor esta presente en toda su realidad en las especies eucarísticas es un misterio que hay que adorar y amar siempre de nuevo! Quisiera citar aquí las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica que traerán en sí el fruto de la meditación de la fe y de la reflexión teológica de dos mil años: “Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente de hecho de modo cierto, real, sustancial: con su Cuerpo y su Sangre, con su Alma y su Divinidad. En ella está por tanto presente de forma sacramental, es decir, bajo las Especies eucarísticas del pan y del vino. Cristo todo entero: Dios y hombre” (CCC, 1374). También Ruperto contribuyó, con sus reflexiones, a esta precisa formulación.

Otra controversia, en la que el abad de Deutz se vio envuelto, tiene que ver con el tema de la conciliación de la bondad y la omnipotencia de Dios con la existencia del mal. Si Dios es omnipotente y bueno, ¿cómo se explica la realidad del mal? Ruperto reaccionó contra la postura asumida por los maestros de la escuela teológica de Laon, que con una serie de razonamientos filosóficos distinguían en la voluntad de Dios el “aprobar” y el “permitir”, concluyendo que Dios permite el mal sin aprobarlo y, por tanto, sin quererlo. Ruperto, en cambio, renuncia al uso de la filosofía, que considera inadecuada frente a un problema tan grande, y permanece sencillamente fiel a la narración bíblica. Parte de la bondad de Dios, de la verdad de que Dios es sumamente bueno y no puede sino querer el bien. Así identifica el origen del mal en el mismo hombre y en el uso equivocado de la libertad humana. Cuando Ruperto afronta este argumento, escribe páginas llenas de inspiración religiosa para alabar la misericordia infinita del Padre, la paciencia y la benevolencia de Dios hacia el hombre pecador.

Como otros teólogos del Medioevo, también Ruperto se preguntaba: ¿por qué el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se hizo hombre? Algunos, muchos, respondían explicando la encarnación del Verbo con la urgencia de reparar el pecado del hombre. Ruperto, en cambio, con una visión cristocéntrica de la historia de la salvación, ensancha la perspectiva, y en una obra suya titulada La glorificación de la Trinidad sostiene la postura de que la Encarnación, acontecimiento central de toda la historia, había sido prevista desde la eternidad, aún independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia reunida en torno a Cristo, el Hijo de Dios. Él ve entonces en la mujer encinta del Apocalipsis toda la historia de la humanidad, que está orientada a Cristo, así como la concepción está orientada al parto, una perspectiva que ha sido desarrollada por otros pensadores y valorada también por la teología contemporánea, la cual afirma que toda la historia del hombre y de la humanidad es concepción orientada al parto de Cristo. Cristo está siempre en el centro de las explicaciones exegéticas proporcionadas por Ruperto en sus comentarios a los Libros de la Biblia, a los que se dedicó con gran diligencia y pasión. Encuentra así una unidad admirable en todos los acontecimientos de la historia de la salvación, desde la creación hasta la consumación final de los tiempos: “Toda la Escritura”, afirma, “es un solo libro, que tiende al mismo fin [el Verbo divino]; que viene de un solo Dios y que ha sido escrito por un solo Espíritu” (De glorificatione Trinitatis et processione Sancti Spiritus I,V, PL 169, 18).

En la interpretación de la Biblia, Ruperto no se limita a repetir la enseñanza de los Padres, sino que muestra su originalidad. Él, por ejemplo, es el primer escritor que ha identificado a la esposa del Cantar de los Cantares con María santísima. Así su comentario a este libro de la Escritura se revela como una especie de summa mariológica, en la que se presentan los privilegios y las excelentes virtudes de María. En uno de los pasajes más inspirados de su comentario escribe Ruperto: "Oh predilectísima entre las predilectas, Virgen de las vírgenes, ¿qué alaba en ti tu Hijo predilecto, que exalta el entero coro de los ángeles? Se alaban la sencillez, la pureza, la inocencia, la doctrina, el pudor, la humildad, la integridad de la mente y de la carne, es decir, la virginidad incorrupta" (In Canticum Canticorum 4,1-6, CCL 26, pp. 69-70). La interpretación mariana del Cantar de Ruperto es un feliz ejemplo de la sintonía entre liturgia y teología. De hecho, varios pasajes de este Libro bíblico eran ya usados en las celebraciones litúrgicas de las fiestas marianas.

Ruperto, además, procura insertar su doctrina mariológica en la eclesiológica. En otras palabras, él ve en María santísima la parte más santa de la Iglesia entera. De ahí que mi venerado predecesor, el papa Pablo VI, en el discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, proclamando solemnemente a María Madre de la Iglesia, citó precisamente una proposición tomada de las obras de Ruperto, que define a María como portio maxima, portio optima – la parte más excelsa, la parte mejor de la Iglesia (cfr In Apocalypsem 1.7, PL 169,1043).

Queridos amigos, de estas rápidas pinceladas nos damos cuenta de que Ruperto fue un teólogo fervoroso, dotado de gran profundidad. Como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y con la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento de Dios. Él mismo habla alguna vez de sus experiencias místicas, como cuando confía la inefable alegría de haber percibido la presencia del Señor: “En ese breve momento – afirma – experimenté qué verdadero es eso que él mismo dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (De gloria et honore Filii hominis. Super Matthaeum 12, PL 168, 1601). También nosotros podemos, cada uno de su propia forma, encontrar al Señor Jesús, que incesantemente acompaña nuestro camino, se hace presente en el pan eucarístico y en su Palabra para nuestra salvación.

© Libreria Editrice Vaticana

Fuente: Zenit

segunda-feira, 7 de dezembro de 2009

IMACULADA CONCEIÇÃO DE NOSSA SENHORA


O Cardeal Newman e a Imaculada Conceição (UPDATE)



Excertos do Memorandum sobre a Imaculada Conceição do Cardeal Henry Newman.

I

1. É, para mim, tão difícil penetrar nos sentimentos de uma pessoa que compreende a doutrina da Imaculada Conceição, e ainda assim lhe faz objeção, que me sinto inseguro ao tentar falar sobre o tema. Fui acusado de tê-la sustentado, num dos primeiros livros que escrevi, vinte anos atrás. Por outro lado, este simples fato pode ser um argumento contra algum objetor – por que razão não me pareceu difícil àquela altura, se havia uma real dificuldade em aceitá-la?

2. O objetor não se dá conta de que Eva foi criada, ou nasceu, sem o pecado original? Por que isto não o escandaliza? Sentir-se-ia ele inclinado a adorar Eva naquele seu primeiro estado? Por que, então, a Maria?

3. Ele não crê que São João Batista teve a graça de Deus, isto é, foi regenerado, antes mesmo de seu nascimento? O que cremos acerca de Maria senão que a graça lhe foi dada num período um pouco anterior? Tudo o que afirmamos é que a graça foi dada a ela desde o primeiro momento de sua existência.

4. Não afirmamos que ela não deveu sua salvação à morte de seu Filho. Muito pelo contrário, afirmamos que ela, dentre todos os descendentes de Adão, é no sentido mais verdadeiro o fruto e a aquisição de Sua Paixão. Ele fez por ela mais do que por qualquer outra pessoa. Aos outros Ele deu a graça e a regeneração num certo ponto de sua existência terrena; a ela, desde o início.

5. Não tornamos sua natureza diferente das outras. Entretanto, como diz Santo Agostinho, não gostamos de mencionar seu nome no mesmo fôlego que mencionamos pecado, ainda que certamente ela tivesse sido um ser frágil como Eva, sem a graça de Deus. Um dom mais abundante da graça fez dela o que ela foi desde o início. Não foi sua natureza que lhe garantiu a perseverança, mas o excesso da graça que impediu a Natureza de agir como a Natureza jamais agirá. Não há diferença de tipo entre ela e nós, mas uma diferença inconcebível de grau. Ela e nós somos simplesmente salvos pela graça de Cristo.

Logo, sinceramente falando, Eu realmente não vejo qual seja a dificuldade, e gostaria de colocá-lo por escrito com clareza. Quero acrescentar que a afirmação acima não é uma afirmação privada minha. Nunca soube de qualquer católico que tivesse outra visão. Nunca soube de nenhuma outra visão tenha sido proposta por alguém.

II

(1) Depois, era uma doutrina primitiva? Ninguém pode acrescentar algo à revelação. Esta foi dada de uma vez por todas; mas, na medida em que o tempo avança, o que foi dado de uma vez por todas é entendido mais e mais claramente. Os maiores Padres e Santos, neste sentido, estiveram no erro, ou seja, uma vez que a matéria sobre a qual falaram não havia sido examinada, e a Igreja não havia falado, eles não fizeram justiça, em suas expressões, a seus reais significados. Por exemplo, o Credo Atanasiano diz que o Filho é “imenso” (na versão protestante, “incompreensível”). O Bispo Bull, embora defendendo os Padres pré-nicenos, diz que é um prodígio que “quase todos eles deem a impressão de serem ignorantes acerca da invisibilidade e grandeza do Filho de Deus”. Por um momento, porventura, eu penso que eles fossem ignorantes? Não, mas que eles falaram inconsistentemente, porque se opunham a outros erros, e não perceberam o que diziam. Quando surgiu o herético Ário, e eles viram o uso que se fazia de suas afirmações, os Padres se retrataram.

(2) Os grandes Padres do quarto século pareciam, a maioria deles, considerar nosso Senhor ignorante em Sua natureza humana, e que tivesse progredido em conhecimento, como São Lucas parece dizer. Esta doutrina foi anematizada pela Igreja no século seguinte, quando apareceram os Monofisitas.

(3) Da mesma forma, há Padres que parecem negar o pecado original, a punição eterna, etc.

(4) E mais, o famoso símbolo “Consubstancial”, aplicado ao Filho, que se encontra no Credo Niceno, foi condenado por um grande Concílio de Antioquia, com Santos presentes, setenta anos antes. Por quê? Porque aquele Concílio queria dizer outra coisa com aquela palavra.

Agora, quanto à doutrina da Imaculada Conceição, ela estava implícita nos primeiros tempos, e nunca foi negada. Na Idade Média, ela foi negada por Santo Tomás e por São Bernardo, mas eles tomam a frase num sentido diferente daquele que a Igreja agora toma. Eles a entenderam com referência à mãe de Nossa Senhora, e pensaram que ela contradizia o texto, “Em pecado minha mãe me concebeu” – ao passo que nós só falamos de Imaculada Conceição em relação a Maria; e a outra doutrina (à qual, de fato, Santo Tomás e São Bernardo se opuseram) é realmente herética.

III

Como noção primitiva sobre Nossa Bem-Aventurada Senhora, o frequente contraste entre Maria e Eva realmente parece muito forte. É encontrado em São Justino, Santo Irineu e Tertuliano, três dos Padres mais antigos, e em três continentes distintos – Gália, África e Síria. Por exemplo, “o nó formado pela desobediência de Eva foi desatado pela obediência de Maria; aquilo que a Virgem Eva atou pela incredulidade, a Virgem Maria desatou pela fé”. De novo, “A Virgem Maria tornou-se Advogada (Paráclita) da Virgem Eva, e assim como a humanidade foi submetida à morte através de uma Virgem, através de uma Virgem pode ser salva, sendo o equilíbrio preservado, a desobediência de uma Virgem pela obediência de uma Virgem” (Santo Irineu, Hæer. v. 19). De novo, “Como Eva, tornando-se desobediente, tornou-se a causa de sua própria morte e da de toda a humanidade, assim também Maria, trazendo o Homem predestinado, e ainda Virgem, sendo obediente, tornou-se a CAUSA DE SALVAÇÃO tanto para si mesma como para toda a humanidade”. Novamente, “Eva sendo uma Virgem, e incorrupta, gerou desobediência e morte, mas Maria a Virgem, recebendo fé e alegria quando o Anjo Gabriel a evangelizou, respondeu, ‘Faça-se em mim’”, etc. De novo, “O que Eva fracassou por não crer, Maria crendo encobriu”.

1. Agora, podemos nos recusar a ver que, segundo estes Padres, os mais antigos dos antigos, Maria era uma mulher típica como Eva, que ambas foram dotadas de especiais dons da graça, e que Maria venceu onde Eva fracassou?

2. Ademais, que luz eles lançam sobre a doutrina de Santo Afonso, da qual se faz às vezes um discurso, o das duas escadas. Vê-se que, segundo os mais antigos Padres, Maria desfaz o que Eva havia feito; a humanidade é salva através de uma Virgem, a obediência de Maria torna-se causa de salvação para toda a humanidade. E mais, o modo distinto pelo qual Maria faz isto é enfatizado quando ela é chamada Advogada pelos antigos Padres. A palavra é usada para nosso Senhor e para o Espírito Santo – para nosso Senhor, quando intercede por nós em Sua própria Pessoa; para o Espírito Santo, quando intercede nos Santos. Este é a via branca, enquanto a via especial de nosso Senhor é a via vermelha, isto é, a de seu Sacrifício expiatório.

3. E ainda mais, que luzes estas passagens lançam em dois textos da Escritura. Nossa leitura é: “Ela vos esmagará a cabeça”. Agora, apenas este fato de nossa leitura, “Ela esmagará”, tem algum peso, por que razão não seria nossa leitura a correta? Mas faça a comparação de Escritura com Escritura, e veja como a coisa toda se vincula quando nós a interpretamos. Uma guerra entre a mulher e a serpente é narrada no Gênesis. Quem é a serpente? A Escritura não diz em nenhum lugar até o capítulo doze do Apocalipse. Lá enfim, pela primeira vez, a “Serpente” é interpretada para significar o Espírito Mau. Agora, como ele é apresentado? Ora, novamente pela visão de uma Mulher, inimiga dele – e assim como na primeira visão do Gênesis a Mulher tem uma “descendência”, aqui tem um “Filho”. Podemos ajudar dizendo, então, que a Mulher é Maria no terceiro capítulo de Gênesis? E neste caso, e nossa leitura está correta, a primeira profecia dada contrasta a Segunda Mulher com a Primeira – Maria com Eva, exatamente como São Justino, Santo Irineu e Tertuliano fazem.

4. Além do mais, veja a relação direta disto com a Imaculada Conceição. Houve guerra entre a mulher e a serpente. Isto é mais enfaticamente realizado se ela nada tem nada a ver com o pecado – porque, na medida em que alguém peca, ele tem uma aliança com o Maligno.
IV

Agora quero que seja observado por que razão cito, deste modo, os Padres e a Escritura. Não para provar a doutrina, mas para desvencilhá-la de qualquer monstruosa improbabilidade que poderia tornar uma pessoa escrupulosa em aceitá-la quando a Igreja a declara. Um protestante poderia dizer: “Oh, eu realmente nunca, nunca poderei aceitar tal doutrina das mãos da Igreja, eu preferiria milhares, milhares de vezes constatar que a Igreja falou falsamente a que esta doutrina terrível fosse verdadeira”. Agora, meu bom homem, POR QUÊ? Não caia em tal espantosa agitação, como um cavalo envergonhado de não sabe o quê. Considere o que eu disse. É, de alguma maneira, certamente irracional? É certamente contrário à Escritura? É certamente contrário aos primitivos Padres? É certamente idolátrico? Não posso deixar de sorrir na medida em que faço as perguntas. Ou melhor, não deve alguma coisa ser dita a favor dela a partir da razão, da piedade, da antiguidade do texto inspirado? Você pode não ver razão alguma para acreditar na voz da Igreja; você pode não ter ainda chegado à fé nela – mas de que maneira esta doutrina poderia balançar sua fé nela, se você tem fé, ou levá-lo ao mais-ou-menos se você começa a considerar que ela possa ser de Deus, está além do que sou capaz de compreender. Muitas, muitas doutrinas são mais difíceis do que a Imaculada Conceição. A doutrina do Pecado Original é infinitamente mais difícil. Maria simplesmente não tem esta dificuldade. Não é difícil acreditar que a alma esteja unida à carne sem o pecado original; o grande mistério é que alguns, milhões em milhões, nasceram com ele. Nossa doutrina sobre Maria é tão somente menos difícil que nossa doutrina sobre o estado da humanidade em geral.

Digo-o com clareza – pode haver muitas escusas no último dia, boas e más, para não ser católico; uma não posso conceber: “Ó Senhor, a doutrina da Imaculada Conceição era tão prejudicial à Vossa graça, tão inconsistente com Vossa Paixão, tão oposta a Vossas palavras no Gênesis e no Apocalipse, tão diferente do ensinamento dos Vossos primeiros Santos e Mártires, que me deu o direito de rejeitá-la com todos os riscos, e à Vossa Igreja por ensiná-la. É uma doutrina sobre a qual meu juízo privado está plenamente justificado em oposição ao juízo da Igreja. E esta é minha alegação por ter vivido e morrido como protestante”.


Fonte: The Anglo-Catholic
Tradução: Oblatus

sexta-feira, 4 de dezembro de 2009

Bispo anglicano convertido ao catolicismo é ordenado sacerdote



John Lipscomb, casado, 59 anos, bispo aposentado da “Episcopal Diocese of Southwest Florida”, foi ordenado padre católico na quarta-feira.

Na manhã seguinte, ele manifestou alegria e uma sensação de alívio. Ele está em paz, espiritualmente. Agora ele é apenas um sacerdote, e não o chefe.

Na quarta, ele foi ordenado numa cerimônia privada na capela da casa de retiro Bethany Center em Lutz, da qual é diretor espiritual. Sua esposa, Marcie, e cerca de 100 padres diocesanos assistiram à ordenação. Seus dois filhos crescidos não puderam estar presentes.

Ele converteu-se ao catolicismo em 2007, alguns meses depois de sua aposentadoria. Sua ordenação como padre católico foi possível graças a um processo iniciado pelo Papa João Paulo II. Dom Robert Lynch, Bispo de St. Petersburg-FL, o ajudou neste processo. Ele esperava se tornar padre católico desde o momento de sua conversão, “mas não foi por isto que entrei na Igreja”.

Seu pai era um pregador batista. Ele atribui a sua esposa o fato de ter se tornado episcopaliano. Os dois se converteram ao catolicismo juntos.

Tradução: Oblatus

quinta-feira, 3 de dezembro de 2009

Homilía del Papa en la Misa celebrada en la Capilla Paulina “ad orientem” con la Comisión Teológica Internacional



Queridos hermanos y hermanas,

Las palabras del Señor, que hemos escuchado en el pasaje evangélico, son un desafío para nosotros, los teólogos, o tal vez, para decirlo mejor, una invitación a un examen de conciencia: ¿Qué es la teología? ¿Qué somos nosotros, los teólogos? ¿Cómo hacer verdadera teología? Hemos escuchado que el Señor alaba al Padre porque ha ocultado el gran misterio del Hijo, el misterio trinitario, el misterio cristológico, a los sabios y a los doctos – ellos no lo han conocido – y lo ha revelado a los pequeños, a los nèpioi, a aquellos que no son doctos, que no tienen una gran cultura. A ellos se les ha revelado este gran misterio.

Con estas palabras, el Señor describe sencillamente un hecho de su vida; un hecho que comienza ya en los tiempos de su nacimiento, cuando los Magos de Oriente preguntan a los competentes, a los escribas, a los exegetas, el lugar del nacimiento del Salvador, del Rey de Israel. Los escribas lo saben porque son grandes especialistas; pueden decir enseguida dónde nace el Mesías: ¡en Belén! Pero no se sienten invitados a ir: para ellos, sigue siendo un conocimiento académico que no toca su vida, quedan fuera. Pueden dar información pero la información no se convierte en formación para la propia vida.

Luego, durante toda la vida pública del Señor, encontramos lo mismo. Es inaccesible para los doctos comprender que este hombre no docto, galileo, pueda ser realmente el Hijo de Dios. Sigue siendo inaceptable para ellos que Dios, el grande, el único, el Dios del cielo y de la tierra, pueda estar presente en este hombre. Conocen todo, conocen también Isaías 53, todas las grandes profecías, pero el misterio permanece escondido. Es revelado, en cambio, a los pequeños, desde la Virgen hasta los pescadores del lago de Galilea. Ellos conocen, como también el centurión romano conoce bajo la cruz: éste es el Hijo de Dios.

Los hechos esenciales de la vida de Jesús no pertenecen sólo al pasado sino que están presentes, de diversos modos, en todas las generaciones. Y así también en nuestro tiempo, en los últimos doscientos años, observamos lo mismo. Hay grandes eruditos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura, de la historia de la salvación, pero no han podido ver el misterio mismo, el verdadero núcleo: que Jesús era realmente Hijo de Dios, que el Dios trinitario entra en nuestra historia, en un determinado momento histórico, en un hombre como nosotros. ¡Lo esencial les ha permanecido oculto! Se podrían citar con facilidad grandes nombres de la historia de la teología de estos doscientos años, de los cuales hemos aprendido mucho pero que no ha sido abierto a los ojos de su corazón el misterio.

En cambio, también en nuestro tiempo están los pequeños que han conocido tal misterio. Pensemos en santa Bernadette Soubirous, en Santa Teresa de Lisieux, con su nueva lectura de la Biblia, “no científica”, sino entrando en el corazón de la Sagrada Escritura; hasta los santos y beatos de nuestro tiempo: santa Josefina Bakhita, la beata Teresa de Calcuta, san Damián de Veuster. ¡Podríamos nombrar muchos!

Pero, a partir de todo esto, nace la pregunta: ¿por qué es así? ¿Es el cristianismo la religión de los necios, de las personas sin cultura, no formadas? ¿Se extingue la fe donde se despierta la razón? ¿Cómo se explica esto? Tal vez debamos mirar una vez más la historia. Sigue siendo cierto lo que Jesús ha dicho, lo que se puede observar en todos los siglos. Y, sin embargo, hay una “especie” de pequeños que son también sabios. A los pies de la cruz está la Virgen, la humilde esclava de Dios y la gran mujer iluminada por Dios. Y está también Juan, pescador del lago de Galilea, aquel Juan que la Iglesia llamará justamente ‘el teólogo’ porque realmente ha sabido ver el misterio de Dios y anunciarlo: con ojos de águila entró en la luz inaccesible del misterio divino. Así, también después de su resurrección, el Señor, en el camino hacia Damasco, toca el corazón de Saulo, que es uno de los sabios que no ven. Él mismo, en la primera carta a Timoteo, se define ignorante en aquel tiempo, a pesar de su ciencia. Pero el Resucitado lo toca: se queda ciego y, al mismo tiempo, se convierte realmente en alguien que ve, comienza a ver. El gran sabio se vuelve un pequeño, y precisamente por eso ve la necedad de Dios que es sabiduría, sabiduría más grande que todas las sabidurías humanas

Podríamos continuar leyendo toda la historia de este modo. Sólo una observación más. Estos eruditos sabios, sofòi y sinetòi, en la primera lectura, aparecen de otro modo. Aquí sofia e sínesis son dones del Espíritu Santo que reposan en el Mesías, en Cristo. ¿Qué significa? Se ve aquí un doble uso de la razón y un doble modo ser sabios o pequeños. Hay un modo de usar la razón que es autónomo, que se pone por encima de Dios, en toda la gama de las ciencias, comenzando por las naturales donde un método apto para la investigación de la materia es universalizado: en éste método Dios no entra, por lo tanto, Dios no existe. Y así, finalmente, también en teología: se pesca en las aguas de la Sagrada Escritura con una red que permite pescar sólo peces de una cierta medida, y todo aquello que está más allá de esta medida, no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. Y así, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico: una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, un hombre que ha quedado en el sepulcro, se ha corrompido y es realmente un muerto. El método sabe “pescar” ciertos peces pero excluye el gran misterio, porque el hombre se hace él mismo la medida: tiene esta soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad porque absolutiza ciertos métodos que no son aptos para las grandes realidades; entra en este espíritu académico que hemos visto en los escribas, los cuales responden a los Reyes magos: no me conmueve; sigo cerrado en mi existencia, que no se conmueve. Es la especialización que ve todos los detalles pero no ve ya la totalidad.

Y hay otro modo de usar la razón, de ser sabios, que es el del hombre que reconoce quién es; reconoce la propia medida y la grandeza de Dios, abriéndose en la humildad a la novedad del actuar de Dios. De este modo, precisamente aceptando la propia pequeñez, haciéndose pequeño como es realmente, llega a la verdad. De este modo, también la razón puede expresar todas sus posibilidades, no se apaga, sino que se amplía, se hace más grande. Se trata de otra sofia o sínesis, que no excluye el misterio, sino que es precisamente comunión con el Señor en el cual reposan la prudencia y la sabiduría, y su verdad.

En este momento, queremos rezar para que el Señor nos conceda la humildad verdadera. Que nos dé la gracia de ser pequeños para poder ser realmente sabios; que nos ilumine, nos haga ver su misterio del gozo del Espíritu Santo, nos ayude a ser verdaderos teólogos, que pueden anunciar su misterio porque hemos sido tocados en la profundidad de nuestro corazón y de nuestra existencia. Amén.

Fuente: Sitio de la Santa Sede
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

quarta-feira, 2 de dezembro de 2009

Orações que o sacerdote recita em voz baixa, em “segredo” diante de Deus na Missa


Um silêncio que contempla e adora

CIDADE DO VATICANO, sexta-feira, 27 de novembro de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos o artigo escrito pelo sacerdote Mauro Gagliardi, consultor do Ofício de Celebrações Litúrgicas do Sumo Pontífice, sobre o significado e a importância das “orações apologéticas” durante a celebração da Santa Missa.

Trata-se de orações que o sacerdote recita em voz baixa, em “segredo” diante de Deus, para participar de maneira mais concreta e digna dos mistérios divinos que celebra a favor de toda a Igreja. Os fiéis acompanham estas orações sacerdotais com um silêncio externo reverente e com um recolhimento interior que favorecem uma compreensão maior do que acontece no altar e, portanto, com uma participação mais ativa na liturgia.

A Sagrada Liturgia, que o Concílio Vaticano II qualifica como a ação sacerdotal de Cristo e, portanto, fonte e cume da vida eclesial, não pode ser reduzida jamais a uma mera realidade estética, nem pode ser considerada como um instrumento com fins meramente pedagógicos ou ecumênicos. A celebração dos santos mistérios é, sobretudo, ação de louvor à soberana majestade de Deus, Uno e Trino, e expressão querida pelo próprio Deus. Com ela, o homem, pessoal e comunitariamente, apresenta-se diante d’Ele para agradecer, consciente de que seu próprio ser não pode alcançar sua plenitude sem louvá-lo e cumprir sua vontade, na constante busca do Reino que já está presente, mas que virá definitivamente no dia da parusia do Senhor Jesus [1].

A partir desta perspectiva, está claro que a direção de toda ação litúrgica – que é a mesma tanto para o sacerdote como para os fiéis – se dirige ao Senhor: ao Pai, através de Cristo, no Espírito Santo. Por isso, “sacerdote e povo certamente não rezam um ao outro, mas ao único Senhor” [2]. Trata-se de viver constantemente conversi ad Dominum, orientados ao Senhor, que implica na conversio, isto é, dirigir nossa alma a Jesus Cristo e, dessa forma, ao Deus vivente, à luz verdadeira [3].

Desse modo, a celebração litúrgica é um ato da virtude da religião que, coerentemente com sua natureza, deve se caracterizar por um profundo senso do sagrado. Nela, o homem e a comunidade devem ser conscientes de que vivem um encontro, em particular, diante d’Aquele que é três vezes Santo e Transcendente. Daí que “um sinal convincente da eficácia que a catequese eucarística tem nos fiéis seja sem dúvida o crescimento neles do senso do mistério de Deus presente entre nós” [4].

A atitude apropriada na celebração litúrgica não pode ser outra a não ser uma atitude impregnada de reverência e senso de estupor, que brota do saber-se na presença da majestade de Deus. Não era isso, por acaso, o que Deus queria expressar quando ordenou a Moisés que tirasse as sandálias diante da sarça ardente? Não nascia desta consciência, por acaso, a atitude de Moisés e de Elias, que não ousaram olhar para Deus face a face? [5]

Neste contexto, entendem-se melhor as palavras do Cânon II da Santa Missa, que definem perfeitamente a essência do ministério sacerdotal: astare coram te et tibi ministrare. Assim, pois, são duas as tarefas que definem a essência do ministério sacerdotal: “estar na presença do Senhor” e “servir em tua presença”. O Santo Padre Bento XVI, comentando esta segunda tarefa, apontava que o termo “serviço” é adotado fundamentalmente para referir-se ao serviço litúrgico. Este implica em muitas dimensões e, entre outras, indicava a proximidade, a familiaridade. Concretamente, comentava: “Ninguém está tão perto do seu senhor como o servidor que tem acesso à dimensão mais privada da sua vida. Neste sentido, ‘servir’ significa proximidade, requer familiaridade. Esta familiaridade compreende também um perigo: o de que o sagrado com que temos contato contínuo se converta para nós em costume. Assim se apaga o temor reverencial. Condicionados por todos os costumes, já não percebemos a grande, nova e surpreendente realidade: Ele mesmo está presente, fala-nos e se entrega a nós. Contra esse acostumar-se à realidade extraordinária, contra a indiferença do coração devemos lutar sem tréguas, reconhecendo sempre nossa insuficiência e a graça que envolve o fato de que Ele se entrega assim em nossas mãos” [6].

Frente a toda celebração litúrgica, mas de forma especial na Eucaristia – memorial da morte e ressurreição do seu Senhor, pelo qual se faz realmente presente este acontecimento central de salvação e se realiza a obra da nossa redenção – temos de colocar-nos em adoração diante deste mistério: mistério grande, mistério de misericórdia. O que mais Jesus poderia fazer por nós? Verdadeiramente, na Eucaristia Ele nos mostra um amor que chega “até o extremo” (Jo 13, 1), um amor que não conhece medida [7]. Diante desta realidade extraordinária, permanecemos atônitos e aturdidos: com quanta condescendência humilde Deus quis se unir ao homem! Se dentro de poucas semanas nos comoveremos diante do presépio, contemplando a encarnação do Verbo, o que podemos sentir diante do altar, onde Cristo faz presente no tempo seu sacrifício mediante as pobres mãos do sacerdote? Cabe somente ajoelhar-se e adorar em silêncio este grande mistério de fé [8].

Consequência lógica do que foi dito é que o Povo de Deus precisa ver, nos sacerdotes e nos diáconos, um comportamento repleto de reverência e de dignidade, que seja capaz de ajudá-lo a aprofundar nas coisas invisíveis, inclusive sem muitas palavras e explicações. No Missal Romano, denominado de São Pio V, assim como em diversas liturgias orientais, encontram-se orações belíssimas, com as quais o sacerdote expressa o mais profundo sentimento de humildade e de reverência diante dos santos mistérios: revelam a própria substância de qualquer liturgia [9]. Estas orações presentes no Missal Romano, que em sua edição de 1962 é o missal próprio da forma extraordinária, foram recolhidas em parte no Missal Romano promulgado depois do Concílio Vaticano II e se denominam tradicionalmente “apologias”.

A estas orações se refere a Institutio Generalis Missalis Romani (Instituição Geral do Missal Romano) em seu número 33. Depois de referir-se às orações que o sacerdote, como celebrante, pronuncia em nome da Igreja, afirma que outras vezes, quando reza, “o faz somente em seu nome, para poder cumprir seu ministério com maior atenção e piedade. Assim, as orações propostas antes da leitura do Evangelho, na preparação dos dons, assim como antes e depois da Comunhão, são ditas em segredo”.

Dessa maneira, estas breves fórmulas rezadas em silêncio convidam o sacerdote a personalizar sua tarefa, a entregar-se ao Senhor, também com seu próprio eu. E são, ao mesmo tempo, uma forma excelente de encaminhar-se com os demais ao encontro do Senhor, de maneira inteiramente pessoal, mas ao mesmo tempo junto com os outros. Este é um primeiro aspecto essencial, pois só na medida em que se interioriza e se compreende a estrutura litúrgica e as palavras da liturgia, é possível entrar em consonância interior com ela. Quando isso acontece, o sacerdote celebrante já não somente fala com Deus como uma pessoa individual, mas entra no “nós” da Igreja que ora.

Se a celebração é oração e colóquio com Deus, de Deus conosco e nosso com Deus, transforma-se o próprio “eu” do celebrante, que entra no “nós” da Igreja. Enriquece-se e se amplia o “eu”, orando com a Igreja, com suas palavras, e se estabelece realmente um colóquio com Deus. Assim, celebrar é realmente celebrar “com” a Igreja: o coração se engrandece e está “com” a Igreja em colóquio com Deus. Neste processo, as orações apologéticas e o silêncio contemplativo e adorante que produzem são um elemento essencial; por isso, fazem parte da estrutura da Celebração Eucarística há mais de mil anos.

Em segundo lugar, no caminho rumo ao Senhor, percebemos a nossa própria indignidade. Torna-se necessário pedir ao longo da celebração que o próprio Deus nos transforme e aceite que participemos desta ação de Deus que configura a liturgia. De fato, o espírito de conversão contínua é uma das condições pessoais que torna possível a actuosa participatio dos fiéis e do próprio sacerdote celebrante. “Não se pode esperar uma participação ativa na liturgia eucarística quando se assiste a ela superficialmente, sem antes examinar a própria vida” [10].

O recolhimento e o silêncio antes e durante a celebração se situam neste contexto e facilitam que seja realidade a premissa “um coração reconciliado com Deus permite a verdadeira participação” [11]. Daí que seja claro que as orações apologéticas desempenham um papel importante na celebração.

Por exemplo, as orações apologéticas Munda cor meum, recitada antes da proclamação do Evangelho, ou In spiritu humilitatis, prévia ao lavabo depois da apresentação das oferendas, permitem ao sacerdote que as reza tomar consciência da realidade da sua indignidade e, ao mesmo tempo, da grandeza da sua missão. “O sacerdote é servidor e tem de esforçar-se continuamente por se sinal que, como dócil instrumento em suas mãos, refere-se a Cristo” [12]. O silêncio e os gestos de piedade e recolhimento do celebrante também movem os fiéis que participam da celebração a perceberem a necessidade de preparar-se, de converter-se, dada a importância do momento em que se encontram na celebração: antes da leitura do Evangelho, no início iminente da oração Eucarística.

Por outro lado, as apologias Per huius aquae et vini durante o Ofertório ou Quod ore sumpsimus Domine durante a purificação dos vasos sagrados, enquadram-se perfeitamente neste desejo de ser introduzidos e transformados em e pela ação divina. Uma e outra vez, temos de trazer à nossa mente e coração que a liturgia eucarística é ação de Deus que nos une a Jesus através do seu Espírito [13]. Estas duas apologias, às quais nos referimos, encaminham nossa existência rumo à Encarnação e à Ressurreição. E, na verdade, constituem um elemento que favorece a realização desse desejo da Igreja: que os fiéis não fiquem assistindo ao mistério de fé como estranhos e mudos expectadores, mas que agradeçam a Deus e aprendam a oferecer-se a Cristo [14].

Não nos parece atrevido afirmar que as apologias também desempenham um papel de primeira linha na hora de “recordar” o ministro ordenado que ele “desempenha o papel do próprio Sacerdote, Cristo Jesus. Se é assimilado ao Sumo Sacerdote, pela consagração sacerdotal recebida, então goza da faculdade de agir pelo poder do próprio Cristo, a quem representa (virtute ac persona ipsius Christi)” [15].

Ao mesmo tempo, estas orações recordam ao sacerdote que, por ser ministro ordenado, é “o vínculo sacramental que une a ação litúrgica ao que disseram e realizaram os apóstolos e, por eles, o que disse e realizou Cristo, fonte e fundamento dos sacramentos” [16]. As orações ditas pelo celebrante em segredo constituem, por isso, um meio extraordinário para unir uns aos outros, formar uma comunidade que é “liturga” e que participa inteira orientada a Deus por Jesus Cristo.

Uma das apologias, conservada no atual Ordo Missae, plasma perfeitamente o que estamos dizendo: Domine Iesu Christe Fili Dei vivi qui ex voluntate Patris cooperante Spiritu Sancto per mortem tuam mundum vivificasti (“Senhor Jesus Cristo, Filho de Deus vivo, que, por vontade do Pai, cooperando com o Espírito Santo, com a vossa morte destes a vida ao mundo”). De fato, as orações que o sacerdote reza em segredo – e esta concretamente – podem ajudar de modo eficaz – a sacerdotes e fiéis – a alcançar a clara consciência de que a liturgia é obra da Santíssima Trindade. “A oração e a oferenda da Igreja são inseparáveis da oração e da oferenda de Cristo, sua Cabeça. Trata-se sempre do culto de Cristo em e pela sua Igreja” [17].

Assim, pois, as apologias, há mais de mil anos, configuram-se como simples fórmulas acrisoladas pela história, repletas de conteúdo teológico, que permitem ao sacerdote quando as reza, e ao povo fiel que participa vivendo o silêncio, perceber o mistério de fé do qual participam e assim unir-se a Cristo e reconhecê-lo como Deus, irmão e amigo.

Por estes motivos, temos de alegrar-nos pelo fato de que, apesar da reforma litúrgica pós-conciliar ter reduzido drasticamente seu número e retocado notavelmente o texto destas orações, elas continuam estando presentes também no Ordinário da Missa mais recente. É um convite aos sacerdotes a não descuidarem destas orações durante a celebração, assim como a não transformá-las de orações do sacerdote a orações de toda a assembleia, lendo-as em voz alta como as demais orações. As orações apologéticas se baseiam e expressam uma teologia diferente e complementar à que constitui o pano de fundo das demais orações. Esta teologia se manifesta na maneira silenciosa e reverente com que são rezadas pelo sacerdote e acompanhadas pelos demais fiéis.

[1] JOÃO PAULO II, Mensagem à Assembleia Plenária da Congregação para o Culto Divino e a Disciplina dos Sacramentos (21.IX.2001)

[2] J. RATZINGER, Prefácio ao primeiro volume dos meus escritos.

[3] Cf. BENTO XVI, Homilia na Vigília Pascal, 22.III.2008.

[4] BENTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 65.

[5] Cf. JOÃO PAULO II, Mensagem à Assembleia Plenária da Congregação para o Culto Divino e a Disciplina dos Sacramentos (21.IX.2001)

[6] BENTO XVI, Homilia Missa Crismal, 20.III.2008.

[7] JOÃO PAULO II, .Carta enc. Ecclesia de Eucharistia, 11.

[8] JOÃO PAULO II, Carta aos sacerdotes na Quinta-Feira Santa 2004.

[9] Cf. JOÃO PAULO II, Mensagem à Assembleia Plenária da Congregação para o Culto Divino e a Disciplina dos Sacramentos (21.IX.2001)

[10] BENTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.

[11] Idem.

[12] BENTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n 23.

[13] Cf. BENTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 37.

[14] Cf. Const. Sacrosanctum Concilium, 48.

[15] PÍO XII, Carta encíclica Mediator Dei cit. no Catecismo da Igreja Católica, 1548.

[16] Catecismo da Igreja Católica, 1120.

[17] Catecismo da Igreja Católica, 1553.

Fonte: Zenit