quarta-feira, 16 de dezembro de 2009

L’unico preconcetto considerato ammissibile dalla società: l’anticristianesimo


Ancora scritte ebraiche anticristiane al Cenacolo

di Joshua Lapide

“Noi abbiamo ucciso Gesù” e “Fuori i cristiani”. Gli estremisti hanno urinato sulla porta, un gesto divenuto quasi quotidiano. Il legame fra le scritte e le dichiarazioni di un vice-ministro israeliano secondo il quale il Vaticano reclama la sovranità sul Monte Sion.

Gerusalemme (AsiaNews) - Un ulteriore oltraggio è stato commesso la notte fra il 14 e il 15 dicembre scorso contro la chiesa francescana adiacente il Santo Cenacolo sul Monte Sion, attigua al Luogo Santo dell'Ultima Cena.

Graffiti osceni sulle porte proclamavano messaggi come "Noi abbiamo ucciso Gesù", "Fuori i cristiani" (in inglese ed ebraico), e "F....off", il tutto adornato con la Stella di Davide, per non lasciare alcun dubbio circa l'affiliazione religiosa dei delinquenti.

Per evidenziare il messaggio, gli assalitori hanno urinato sulla porta, lasciando pure un lungo sentiero dell'urina lungo la stradina che porta alla chiesa.

Secondo alcuni preti del luogo, il gesto di urinare davanti a questo Luogo santo è divenuto una pratica quasi giornaliera. Fonti cristiane fanno notare il legame fra le scritte oltraggiose e le false dichiarazioni attribuite dalla stampa ad un viceministro israeliano, che avrebbe accusato il Vaticano di rivendicare la sovranità sul Monte Sion. Sarebbero dunque queste dichiarazioni ministeriali ad aver incitato elementi ebraici estremisti ad aumentare questi attacchi, che sono ormai divenuti abituali.

Giorni fa un'altra scritta in ebraico, sul muro della Dormizione, vicino al Cenacolo, proclamava "Morte ai cristiani" (v.12/12/2009 “Morte ai cristiani”: scritte ebraiche vicino al Cenacolo a Gerusalemme ).

terça-feira, 15 de dezembro de 2009

Motu Proprio Omnium in mentem



CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
OMNIUM IN MENTEM
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
CON LA CUAL SON MODIFICADAS
ALGUNAS NORMAS DEL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO



La Constitución Apostólica Sacrae disciplinae leges, promulgada el 25 de enero de 1983, llamó a la atención de todos que la Iglesia, en cuanto comunidad al mismo tiempo espiritual y visible, y ordenada jerárquicamente, tiene necesidad de normas jurídicas “para ordenar correctamente el ejercicio de las funciones confiadas a ella divinamente, sobre todo de la potestad sagrada y de la administración de los sacramentos”. En tales normas es necesario que resplandezca siempre, por una parte, la unidad de la doctrina teológica y de la legislación canónica y, por otra, la utilidad pastoral de las prescripciones, mediante las cuales las disposiciones eclesiásticas están ordenadas al bien de las almas.

A fin de garantizar más eficazmente tanto esta necesaria unidad doctrinal como la finalidad pastoral, a veces la suprema autoridad de la Iglesia, después de haber ponderado las razones, decide los oportunos cambios de las normas canónicas, o introduce en ellas alguna integración. Esta es la razón que Nos lleva a redactar la presente Carta, que concierne a dos cuestiones.

En primer lugar, en los cánones 1008 y 1009 del Código de Derecho Canónico sobre el sacramento del Orden, se confirma la distinción esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial y, al mismo tiempo, se pone en evidencia la diferencia entre episcopado, presbiterado y diaconado. Así pues, después que, habiendo oído a los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nuestro venerado Predecesor Juan Pablo II estableció que se debía modificar el texto del número 1581 del Catecismo de la Iglesia Católica, con el fin de retomar más adecuadamente la doctrina sobre los diáconos de la Constitución dogmática Lumen gentium (n. 29) del Concilio Vaticano II, también Nos consideramos que se debe perfeccionar la norma canónica que concierne a esta misma materia. Por lo tanto, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, establecemos que las palabras de los susodichos cánones sean modificadas como se indica sucesivamente.

Además, dado que los sacramentos son los mismos para toda la Iglesia, es de competencia únicamente de la suprema autoridad aprobar y definir los requisitos para su validez, y también determinar lo que se refiere al rito que es necesario observar en la celebración de los mismos (cfr. can. 841), todo lo cual ciertamente se aplica también para la forma que debe ser observada en la celebración del matrimonio, si al menos una de las dos partes ha sido bautizada en la Iglesia católica (cfr. can. 11 y 1108).

El Código de Derecho Canónico establece, no obstante, que los fieles que se han separado de la Iglesia con “acto formal”, no están sujetos a las leyes eclesiásticas relativas a la forma canónica del matrimonio (cfr. can. 1117), a la dispensa del impedimento de disparidad de culto (cfr. can. 1086) y a la licencia requerida para los matrimonios mixtos (cfr. can. 1124). La razón y el fin de esta excepción a la norma general del can. 11 tenía el objetivo de evitar que los matrimonios contraídos por aquellos fieles fuesen nulos por defecto de forma, o bien por impedimento de disparidad de culto.

Sin embargo, la experiencia de estos años ha mostrado, por el contrario, que esta nueva ley ha generado no pocos problemas pastorales. En primer lugar, ha parecido difícil la determinación y la configuración práctica, en los casos particulares, de este acto formal de separación de la Iglesia, sea en cuanto a su sustancia teológica, sea en cuanto al aspecto canónico. Además, han surgido muchas dificultades tanto en la acción pastoral como en la praxis de los tribunales. De hecho, se observaba que de la nueva ley parecían nacer, al menos indirectamente, una cierta facilidad o, por así decir, un incentivo a la apostasía en aquellos lugares donde los fieles católicos son escasos en número, o donde rigen leyes matrimoniales injustas que establecen discriminaciones entre los ciudadanos por motivos religiosos; además, ésta hacía difícil el retorno de aquellos bautizados que deseaban vivamente contraer un nuevo matrimonio canónico, después del fracaso del precedente; finalmente, omitiendo otros, muchísimos de estos matrimonios se convertían de hecho para la Iglesia en matrimonios denominados clandestinos.

Considerado todo esto, y evaluados cuidadosamente los pareceres tanto de los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, como también de las Conferencias Episcopales que han sido consultadas sobre la utilidad pastoral de conservar o abrogar esta excepción a la norma general del can. 11, ha parecido necesario abolir esta regla introducida en el cuerpo de las leyes canónicas actualmente vigente.

Establecemos, por lo tanto, eliminar del mismo Código las palabras: “y no se ha apartado de ella por acto formal” del can. 1117, “y no se ha apartado de ella por acto formal” del can. 1086 § 1, como también “y no se haya apartado de ella mediante un acto formal” del can. 1124.

Por eso, habiendo oído a la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos y pedido también el parecer de Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Iglesia Romana responsables de los Dicasterios de la Curia Romana, establecemos cuanto sigue:

Art 1. El texto del can. 1008 del Código de Derecho Canónico sea modificado de modo que, de ahora en adelante, resulte así:

“Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a servir, según el grado de cada uno, con nuevo y peculiar título, al pueblo de Dios”.

Art. 2. El can. 1009 del Código de Derecho Canónico de ahora en adelante tendrá tres parágrafos, en el primero y en el segundo de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras que en el tercero el nuevo texto será redactado de modo que el can. 1009 § 3 resulte así:

“Aquellos que han sido constituidos en el orden del episcopado y del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, son habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad”.

Art. 3. El texto del can. 1086 § 1 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:

“Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno, y otra no bautizada”.

Art. 4. El texto del can. 1117 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:

“La forma arriba establecida se ha de observar si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella, sin perjuicio de lo establecido en el can. 1127 § 2”.

Art. 5. El texto del can. 1124 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:

“Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica”.

Cuanto hemos deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, ordenamos que tenga firme y estable vigor, no obstante cualquier cosa contraria aunque sea digna de particular mención, y que sea publicado en el comentario oficial Acta Apostolicae Sedis.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 26 del mes de octubre del año 2009, quinto de Nuestro Pontificado.

BENEDICTUS PP XVI


Fuente: Sitio de la Santa Sede
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

segunda-feira, 14 de dezembro de 2009

A vestição dos paramentos litúrgicos e as respectivas orações



Artigo de Dom Mauro Gagliardi

ROMA, domingo, 13 de dezembro de 2009 (ZENIT.org).- O artigo que apresentamos hoje pretende recordar o antigo costume de acompanhar a vestidura dos paramentos litúrgicos com orações próprias, breves, mas muito ricas em termos bíblicos, teológicos e espirituais. Tal prática tradicional deve ser mantida e não abandonada.

1. Breve revisão histórica

As roupas utilizadas pelos ministros sagrados nas celebrações litúrgicas são derivadas das vestimentas gregas e romanas. Nos primeiros séculos, a forma de vestir das pessoas de uma determinada classe social (os honestiores) foi também adotada para o culto cristão, e esta prática foi mantida na Igreja, mesmo após a paz de Constantino. Como contado por alguns escritores eclesiásticos, os ministros sagrados usavam suas melhores roupas, provavelmente reservadas para a ocasião [1].

Enquanto que na antiguidade cristã as vestimentas litúrgicas diferiam das de uso cotidiano não pela forma particular, mas apenas pela qualidade dos tecidos e decoração particular, no curso das invasões bárbaras, os costumes, e com eles também a forma de vestir dos novos povos, foram introduzidos no Ocidente, levando a mudanças na moda profana. A Igreja, ao contrário, manteve essencialmente inalteradas as roupas usadas pelos sacerdotes nos cultos públicos; foi assim que as vestimentas de uso cotidiano acabaram por se diferenciar das de uso litúrgico. Na época carolíngia, finalmente, os paramentos próprios de cada grau do sacramento da ordem foram definitivamente definidos, assumindo a aparência que conhecemos hoje.

2. Função e significado espiritual

Além das circunstâncias históricas, os paramentos sacros têm uma função importante nas celebrações litúrgicas: primeiramente, o fato deles não serem usados no cotidiano, tendo assim um caráter cultual, ajuda-nos a romper com o cotidiano e suas preocupações, no momento da celebração do culto divino. Além disso, as formas largas das vestimentas, como por exemplo da casula, põem em segundo plano a individualidade de quem as veste, enfatizando seu papel litúrgico. Pode-se dizer que a “ocultação” do corpo do ministro sob as vestes, em certo sentido, despersonaliza-o, removendo o ministro celebrante do centro, para revelar o verdadeiro Protagonista da ação litúrgica: Cristo. A forma das vestes, portanto, lembra-nos que a liturgia é celebrada in persona Christi, e não em próprio nome.

Aquele que exerce uma função de culto não atua como indivíduo por si mesmo, mas como ministro da Igreja e como instrumento nas mãos de Jesus Cristo. O caráter sagrado dos paramentos provém também do fato de que são vestidos conforme prescreve o Ritual Romano.

Na forma extraordinária do Rito Romano (de São Pio V), a vestidura dos paramentos litúrgicos é acompanhada por orações relativas a cada veste, orações cujo texto ainda pode ser encontrado em muitas sacristias. Ainda que estas orações não sejam mais prescritas (mas nem tampouco proibidas) da forma ordinária do Missal emitido por Paulo VI, seu uso é aconselhável, uma vez que ajudam nas preparações e no recolhimento do sacerdote antes da celebração do Sacrifício Eucarístico.

Para confirmar a utilidade destas orações, note-se que elas foram incluídas no Compendium Eucharisticum, recentemente publicado pela Congregação para o Culto Divino e a Disciplina dos Sacramentos [2]. Além disso, pode ser útil lembrar que Pio XII, por decreto de 14 de janeiro de 1940, concedeu uma indulgência de cem dias para cada oração.

3. As vestimentas litúrgicas individuais e as orações que acompanham sua vestidura

1) No início da preparação, o sacerdote lava as mãos, recitando uma oração especial; além da questão de higiene, este ato tem também um significado simbólico profundo, representando a passagem do profano ao sagrado, do mundo do pecado para o puro Santuário do Altíssimo. Lavar as mãos equivale, de certa forma, a retirar as sandálias diante da sarça ardente (Êxodo 3:5). A oração se refere a esta dimensão espiritual:

Da, Domine, virtutem manibus meis ad abstergendam omnem maculam; ut sine pollutione mentis et corporis valeam tibi servire.

(Dai às minhas mãos, Senhor, o poder de apagar toda mácula: para que eu vos possa servir sem mácula do corpo e da alma) - (Da’, o Signore, alle mie mani la virtù che ne cancelli ogni macchia: perché io ti possa servire senza macchia dell’anima e del corpo) [3].

À lavagem das mãos se segue a vestidura propriamente dita.

2) Inicia-se com o amito, um pano retangular de linho dotado de duas fitas, que repousa sobre os ombros junto ao pescoço. O amito destina-se a cobrir, ao redor do pescoço, a vestimenta utilizada diariamente, ainda que se trate do hábito do sacerdote. Nesse sentido, é preciso lembrar que o amito também é usado quando se está vestido com roupas de estilo moderno, que muitas vezes não apresentam uma grande abertura em torno do pescoço. De qualquer forma, portanto, as roupas comuns permanecem visíveis e por isso é preciso cobri-las também, nestes casos, com o amito [4].

No Rito Romano, o amito é vestido antes da alva (túnica). Ao vesti-lo, o sacerdote recita a seguinte oração:

Impone, Domine, capiti meo galeam salutis, ad expugnandos diabolicos incursus.

(Colocai, Senhor, na minha cabeça o elmo da salvação para que possa repelir os golpes de Satanás) - (Imponi, Signore, sul mio capo l’elmo della salvezza, per sconfiggere gli assalti diabolici).

Com referência à carta de São Paulo aos Efésios 6.17, o amito é interpretado como "o elmo da salvação”, que deve proteger o portador das tentações do demônio, em especial de pensamentos e desejos malévolos durante a celebração litúrgica. Este simbolismo é ainda mais evidente no costume seguido desde a Idade Média pelos monges beneditinos, franciscanos e dominicanos, entre os quais o amito era posicionado sobre a cabeça e deixado recair sobre a casula ou a dalmática.

3) A alva consiste na veste longa e branca utilizada por todos os ministros sagrados, e que representa a nova veste imaculada que todo cristão recebe mediante o batismo. A alva é portanto um símbolo da graça santificante recebida no primeiro sacramento, e é considerada também um símbolo da pureza de coração necessária para o ingresso na graça eterna da contemplação de Deus no céu (cf. Mateus 5:8). Isso é expresso na oração recitada pelo sacerdote enquanto veste a peça, oração que se refere ao Apocalipse 7,14:

Dealba me, Domine, et munda cor meum; ut, in sanguine Agni dealbatus, gaudiis perfruar sempiternis.

(Revesti-me, Senhor, com a túnica de pureza, e limpai o meu coração, para que, banhado no Sangue do Cordeiro, mereça gozar das alegrias eternas) - (Purificami, Signore, e monda il mio cuore, perché purificato nel Sangue dell’Agnello, io goda degli eterni gaudi).

4) Sobre as vestes, na altura da cintura, é colocado o cíngulo, um cordão de lã ou outro material apropriado, que é usado como cinto.

Todos os oficiantes que portam a alva devem também portar o cíngulo (esta prática tradicional é hoje frequentemente ignorada) [5].

Para diáconos, sacerdotes e bispos, o cíngulo pode ser de cores diferentes, de acordo com o tempo litúrgico ou a memória do dia. No simbolismo das vestes litúrgicas, o cíngulo representa a virtude do auto-controle, que São Paulo enumera entre os frutos do Espírito (cf. Gálatas 5:22). A oração correspondente, como na Primeira Carta de Pedro 1,13, diz:

Praecinge me, Domine, cingulo puritatis, et exstingue in lumbis meis humorem libidinis; ut maneat in me virtus continentiae et castitatis.

(Cingi-me, Senhor, com o cíngulo da pureza, e extingui nos meus rins o fogo da paixão, para que resida em mim a virtude da continência e da castidade) - (Cingimi, Signore, con il cingolo della purezza e prosciuga nel mio corpo la linfa della dissolutezza, affinché rimanga in me la virtù della continenza e della castità).

5) O manípulo é um paramento litúrgico usado nas celebrações da Santa Missa segundo a forma extraordinária do Rito Romano; caiu em desuso nos anos da reforma litúrgica, embora não tenha sido abolido. É semelhante à estola, mas de menor comprimento, inferior a um metro, e é fixado por meio de presilhas ou fitas como as da casula. Durante a Santa Missa em sua forma extraordinária, o celebrante, o diácono e subdiácono o portam sobre o antebraço esquerdo. É possível que este paramento derive de um lenço (mappula) utilizado pelos romanos amarrado ao braço esquerdo. Uma vez que era utilizado para enxugar as lágrimas e o suor da face, escritores eclesiásticos medievais atribuíram ao manípulo um simbolismo associado às fadigas do sacerdócio. Esta leitura também está presente na oração de sua vestidura:

Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris; ut cum exsultatione recipiam mercedem laboris.

(Fazei, Senhor, que mereça trazer o manípulo do pranto e da dor, para que receba com alegria a recompensa do meu trabalho) - (O Signore, che io meriti di portare il manipolo del pianto e del dolore, affinché riceva con gioia il compenso del mio lavoro).

Como se vê, no início da oração mencionam-se as lágrimas e a dor que acompanham o ministério sacerdotal, mas a segunda parte do texto refere-se aos frutos do próprio trabalho. Não será fora de propósito recordar a passagem de um salmo que pode ter inspirado esta segunda simbologia referente ao manípulo, visto que a Vulgata assim apresentava o Salmo 125,5-6: " Qui seminant in lacrimis inexultatione metent; euntes ibant et flebant portantes semina sua, venientes autem venient inexultatione portantes manipulos suos" (grifo nosso).

6) A estola é o elemento distintivo de um ministro ordenado e é sempre usada na celebração dos sacramentos e sacramentais. É uma faixa de tecido, em geral bordado, cuja cor varia de acordo com o tempo litúrgico ou o dia santo. Ao vesti-la, o sacerdote recita a seguinte oração:

Redde mihi, Domine, stolam immortalitatis, quam perdidi in praevaricatione primi parentis; et, quamvis indignus accedo ad tuum sacrum mysterium, merear tamen gaudium sempiternum.


(Restitui-me, Senhor, a estola da imortalidade, que perdi na prevaricação do primeiro pai, e, ainda que não seja digno de me abeirar dos Vossos sagrados mistérios, fazei que mereça alcançar as alegrias eternas) - (Restituiscimi, o Signore, la stola dell’immortalità, che persi a causa del peccato del primo padre; e per quanto accedo indegno al tuo sacro mistero, che io raggiunga ugualmente la gioia senza fine).

Dado que a estola é um paramento de suma importância, indicando mais do que qualquer outro a condição de ministro ordenado, não se pode deixar de lamentar o abuso, já largamente difundido, por parte de alguns sacerdotes, que não a usam em conjunto com a casula [6].

7) Finalmente, veste-se a casula ou planeta, a vestimenta característica daqueles que celebram a Santa Missa. Os livros litúrgicos usavam as duas palavras, em latim casula e planeta, como sinônimos. Enquanto o nome planeta foi usado em particular em Roma e acabou por permanecer na Itália, o nome casula deriva da forma típica da vestimenta, que originalmente circundava todo o corpo do ministro sagrado que a portava. O uso da palavra “casula” também é encontrado em outros idiomas: "Casulla”, em espanhol, “Chasuble” em francês e em Inglês, "Kasel" em alemão. Oração para vestidura da casula remete ao convite de Colossenses 3:14: “Sobretudo, revesti-vos do amor, que une a todos na perfeição”. E, de fato, a oração com a qual se veste a casula cita as palavras do Senhor contidas em Mateus 11,30:

Domine, qui dixisti: Iugum meum suave est, et onus meum leve: fac, ut istud portare sic valeam, quod consequar tuam gratiam. Amen.

(Senhor, que dissestes: O meu jugo é suave e o meu peso é leve, fazei que o suporte de maneira a alcançar a Vossa graça. Amém) - (O Signore, che hai detto: Il mio gioco è soave e il mio carico è leggero: fa’ che io possa portare questo [indumento sacerdotale] in modo da conseguire la tua grazia. Amen).

Em conclusão, espera-se que a redescoberta do simbolismo associado aos paramentos e suas orações incentive os sacerdotes a retomar a prática da oração durante a vestição, de modo a se preparar com o devido recolhimento à celebração litúrgica. Se é verdade que é possível rezar com diferentes orações, ou ainda simplesmente elevando a mente a Deus, por outro lado, os textos da oração de vestição trazem a brevidade, a precisão de linguagem, a inspiração da espiritualidade bíblica e o fato de que são rezados pelos séculos por um número incontável de ministros sagrados. Estas orações são recomendadas ainda hoje, para a preparação da celebração litúrgica, e também realizadas de acordo com a forma ordinária do Rito Romano.

Notas [originais em italiano]

[1] Cf. ad esempio san Girolamo, Adversus Pelagianos, I, 30.

[2] Edito dalla LEV, Città del Vaticano 2009, pp. 385-386.

[3] Riprendiamo il testo delle preghiere dall’edizione del Missale Romanum emanato nel 1962 dal beato Giovanni XXIII, Roman Catholics Books, Harrison (NY) 1996, p. lx. La traduzione in italiano delle preghiere è nostra.

[4] La Institutio Generalis Missalis Romani (2008) al n. 336 permette di non assumere l’amitto quando il camice è confezionato in maniera tale da coprire completamente il collo, nascondendo la vista dell’abito comune. Di fatto, però, avviene di rado che l’abito non sia visibile, anche solo parzialmente; di qui la raccomandazione ad utilizzare comunque l’amitto.

[5] Lo stesso n. 336 della Institutio del 2008 prevede la possibilità di omettere il cingolo, se il camice è confezionato in maniera tale da aderire al corpo senza di esso. Nonostante questa concessione, bisogna riconoscere: a) il valore tradizionale e simbolico dell’uso del cingolo; b) il fatto che difficilmente il camice – sia in foggia più tradizionale, che soprattutto nei tagli più moderni – aderisce da sé al corpo. Se la norma prevede la possibilità, essa dovrebbe però restare piuttosto ipotetica in via di fatto: in concreto, il cingolo risulta sempre necessario. A volte si trovano oggi dei camici che hanno il cingolo incorporato: una fettuccia di stoffa unita al camice per mezzo di una cucitura all’altezza della vita e che si annoda al momento della vestizione: in questi casi la preghiera sul cingolo può essere recitata mentre si annoda. Resta però di gran lunga preferibile la forma tradizionale.

[6] «Il Sacerdote che porta la casula secondo le rubriche non tralasci di indossare la stola. Tutti gli Ordinari provvedano che ogni uso contrario sia eliminato»: Congregazione per il Culto Divino e la Disciplina dei Sacramenti, Redemptionis Sacramentum, 25 marzo 2004, n. 123.

Fonte: Zenit

sábado, 12 de dezembro de 2009

Santas Missas em Uso Anglicano e Meeting sobre Anglicanorum Coetibus

Disponibilizamos aos nossos leitores os links de duas Santas Missas em Uso Anglicano celebradas no dia da Imaculada e hoje na Paróquia Católica "Our Lady of the Atonement" em San Antonio, Texas de acordo com a "Pastoral Provision" de 1980. A Santa Missa de hoje foi no contexto de um Encontro sobre a Constituição Apostólica "Anglicanorum Coetibus" do Papa Bento XVI realizado por esta paróquia.

As Missas estão disponíveis aqui http://www.ustream.tv/recorded/2998268 e aqui http://www.ustream.tv/recorded/2741866.

Fonte: New Liturgical Movement

quinta-feira, 10 de dezembro de 2009

Benedicto XVI: hoy existe el peligro de considerar la Eucaristía casi como solo un rito de socialización



CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 9 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis del Papa Benedicto XVI hoy, durante la audiencia general, a los peregrinos reunidos en el Aula Pablo VI.


Queridos hermanos y hermanas,

hoy conoceremos a otro monje benedictino del siglo doce. Su nombre es Ruperto de Deutz, una ciudad cercana a Colonia, sede de un famoso monasterio. Ruperto mismo habla de su propia vida en una de sus obras más importantes, titulada La gloria y el honor del Hijo del hombre, que es un comentario parcial al Evangelio de Mateo. Aún niño, fue acogido como “oblato” en el monasterio benedictino de San Lorenzo en Lieja, según la costumbre de la época de confiar a uno de los hijos a la educación de los monjes, pretendiendo hacer un don a Dios. Ruperto amó siempre la vida monástica. Aprendió bien pronto la lengua latina para estudiar la Biblia y para gozar de las celebraciones litúrgicas. Se distinguió por su integrísima rectitud moral y por el fuerte apego a la Sede de san Pedro.

Su tiempo estuvo marcado por los enfrentamientos entre el Papado y el Imperio, a causa de la llamada “lucha de las investiduras”, con la que – como he señalado en otras catequesis – el Papado quería impedir que el nombramiento de los obispos y el ejercicio de su jurisdicción dependieran de las autoridades civiles, que estaban guiadas ante todo por motivaciones políticas y económicas, y no ciertamente pastorales. El obispo de Lieja, Otberto, se resistía a las directrices del Papa, y mandó al exilio a Berengario, abad del monasterio de San Lorenzo, precisamente por su fidelidad al Pontífice. En este monasterio vivía Ruperto, que no dudó en seguir a su abad al exilio, y sólo cuando el obispo Otberto volvió a entrar en comunión con el Papa volvió a Lieja y aceptó convertirse en sacerdote. Hasta aquel momento, de hecho, había evitado recibir la ordenación de un obispo en disensión con el Papa. Ruperto nos enseña que cuando surgen controversias en la Iglesia, la referencia al ministerio petrino garantiza la fidelidad a la sana doctrina y da serenidad y libertad interior. Tras la disputa con Otberto, tuvo que abandonar su monasterio dos veces más. En 1116 los adversarios querían incluso procesarle. Aunque absuelto de toda acusación, Ruperto prefirió dirigirse por un tiempo a Siegburg, pero dado que las polémicas no habían cesado cuando volvió al monasterio de Lieja, decidió establecerse definitivamente en Alemania. Nombrado abad de Deutz en 1120, permaneció allí hasta 1129, año de su muerte. Se alejó de allí sólo para una peregrinación a Roma, en 1124.

Escritor fecundo, Ruperto ha dejado numerosísimas obras, aún hoy de gran interés, también porque participó en varias importantes discusiones teológicas de su tiempo. Por ejemplo, intervino con determinación en la controversia eucarística, que en 1077 había llevado a la condena de Berengario de Tours. Este había dado una interpretación reduccionista de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, definiendola como sólo simbólica. En el lenguaje de la Iglesia no había entrado aún el término “transustanciación”, pero Ruperto, utilizando a veces expresiones audaces, se hizo decidido defensor del realismo eucarístico y, sobre todo en una obra titulada De divinis officiis (Los oficios divinos), afirmó con decisión la continuidad entre el Cuerpo del Verbo encarnado de Cristo y el presente en las Especies eucarísticas del pan y del vino. Queridos hermanos y hermanas, me parece que en este punto debemos también pensar en nuestro tiempo; también hoy existe el peligro de redimensionar el realismo eucarístico, es decir, de considerar la Eucaristía casi como solo un rito de comunión, de socialización, olvidando muy fácilmente que en la Eucaristía está presente realmente Cristo resucitado - con su cuerpo resucitado – que se pone en nuestras manos para hacernos salir de nosotros mismos, incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos así a la vida nueva. ¡Ese gran misterio de que el Señor esta presente en toda su realidad en las especies eucarísticas es un misterio que hay que adorar y amar siempre de nuevo! Quisiera citar aquí las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica que traerán en sí el fruto de la meditación de la fe y de la reflexión teológica de dos mil años: “Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente de hecho de modo cierto, real, sustancial: con su Cuerpo y su Sangre, con su Alma y su Divinidad. En ella está por tanto presente de forma sacramental, es decir, bajo las Especies eucarísticas del pan y del vino. Cristo todo entero: Dios y hombre” (CCC, 1374). También Ruperto contribuyó, con sus reflexiones, a esta precisa formulación.

Otra controversia, en la que el abad de Deutz se vio envuelto, tiene que ver con el tema de la conciliación de la bondad y la omnipotencia de Dios con la existencia del mal. Si Dios es omnipotente y bueno, ¿cómo se explica la realidad del mal? Ruperto reaccionó contra la postura asumida por los maestros de la escuela teológica de Laon, que con una serie de razonamientos filosóficos distinguían en la voluntad de Dios el “aprobar” y el “permitir”, concluyendo que Dios permite el mal sin aprobarlo y, por tanto, sin quererlo. Ruperto, en cambio, renuncia al uso de la filosofía, que considera inadecuada frente a un problema tan grande, y permanece sencillamente fiel a la narración bíblica. Parte de la bondad de Dios, de la verdad de que Dios es sumamente bueno y no puede sino querer el bien. Así identifica el origen del mal en el mismo hombre y en el uso equivocado de la libertad humana. Cuando Ruperto afronta este argumento, escribe páginas llenas de inspiración religiosa para alabar la misericordia infinita del Padre, la paciencia y la benevolencia de Dios hacia el hombre pecador.

Como otros teólogos del Medioevo, también Ruperto se preguntaba: ¿por qué el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se hizo hombre? Algunos, muchos, respondían explicando la encarnación del Verbo con la urgencia de reparar el pecado del hombre. Ruperto, en cambio, con una visión cristocéntrica de la historia de la salvación, ensancha la perspectiva, y en una obra suya titulada La glorificación de la Trinidad sostiene la postura de que la Encarnación, acontecimiento central de toda la historia, había sido prevista desde la eternidad, aún independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia reunida en torno a Cristo, el Hijo de Dios. Él ve entonces en la mujer encinta del Apocalipsis toda la historia de la humanidad, que está orientada a Cristo, así como la concepción está orientada al parto, una perspectiva que ha sido desarrollada por otros pensadores y valorada también por la teología contemporánea, la cual afirma que toda la historia del hombre y de la humanidad es concepción orientada al parto de Cristo. Cristo está siempre en el centro de las explicaciones exegéticas proporcionadas por Ruperto en sus comentarios a los Libros de la Biblia, a los que se dedicó con gran diligencia y pasión. Encuentra así una unidad admirable en todos los acontecimientos de la historia de la salvación, desde la creación hasta la consumación final de los tiempos: “Toda la Escritura”, afirma, “es un solo libro, que tiende al mismo fin [el Verbo divino]; que viene de un solo Dios y que ha sido escrito por un solo Espíritu” (De glorificatione Trinitatis et processione Sancti Spiritus I,V, PL 169, 18).

En la interpretación de la Biblia, Ruperto no se limita a repetir la enseñanza de los Padres, sino que muestra su originalidad. Él, por ejemplo, es el primer escritor que ha identificado a la esposa del Cantar de los Cantares con María santísima. Así su comentario a este libro de la Escritura se revela como una especie de summa mariológica, en la que se presentan los privilegios y las excelentes virtudes de María. En uno de los pasajes más inspirados de su comentario escribe Ruperto: "Oh predilectísima entre las predilectas, Virgen de las vírgenes, ¿qué alaba en ti tu Hijo predilecto, que exalta el entero coro de los ángeles? Se alaban la sencillez, la pureza, la inocencia, la doctrina, el pudor, la humildad, la integridad de la mente y de la carne, es decir, la virginidad incorrupta" (In Canticum Canticorum 4,1-6, CCL 26, pp. 69-70). La interpretación mariana del Cantar de Ruperto es un feliz ejemplo de la sintonía entre liturgia y teología. De hecho, varios pasajes de este Libro bíblico eran ya usados en las celebraciones litúrgicas de las fiestas marianas.

Ruperto, además, procura insertar su doctrina mariológica en la eclesiológica. En otras palabras, él ve en María santísima la parte más santa de la Iglesia entera. De ahí que mi venerado predecesor, el papa Pablo VI, en el discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, proclamando solemnemente a María Madre de la Iglesia, citó precisamente una proposición tomada de las obras de Ruperto, que define a María como portio maxima, portio optima – la parte más excelsa, la parte mejor de la Iglesia (cfr In Apocalypsem 1.7, PL 169,1043).

Queridos amigos, de estas rápidas pinceladas nos damos cuenta de que Ruperto fue un teólogo fervoroso, dotado de gran profundidad. Como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y con la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento de Dios. Él mismo habla alguna vez de sus experiencias místicas, como cuando confía la inefable alegría de haber percibido la presencia del Señor: “En ese breve momento – afirma – experimenté qué verdadero es eso que él mismo dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (De gloria et honore Filii hominis. Super Matthaeum 12, PL 168, 1601). También nosotros podemos, cada uno de su propia forma, encontrar al Señor Jesús, que incesantemente acompaña nuestro camino, se hace presente en el pan eucarístico y en su Palabra para nuestra salvación.

© Libreria Editrice Vaticana

Fuente: Zenit

segunda-feira, 7 de dezembro de 2009

IMACULADA CONCEIÇÃO DE NOSSA SENHORA


O Cardeal Newman e a Imaculada Conceição (UPDATE)



Excertos do Memorandum sobre a Imaculada Conceição do Cardeal Henry Newman.

I

1. É, para mim, tão difícil penetrar nos sentimentos de uma pessoa que compreende a doutrina da Imaculada Conceição, e ainda assim lhe faz objeção, que me sinto inseguro ao tentar falar sobre o tema. Fui acusado de tê-la sustentado, num dos primeiros livros que escrevi, vinte anos atrás. Por outro lado, este simples fato pode ser um argumento contra algum objetor – por que razão não me pareceu difícil àquela altura, se havia uma real dificuldade em aceitá-la?

2. O objetor não se dá conta de que Eva foi criada, ou nasceu, sem o pecado original? Por que isto não o escandaliza? Sentir-se-ia ele inclinado a adorar Eva naquele seu primeiro estado? Por que, então, a Maria?

3. Ele não crê que São João Batista teve a graça de Deus, isto é, foi regenerado, antes mesmo de seu nascimento? O que cremos acerca de Maria senão que a graça lhe foi dada num período um pouco anterior? Tudo o que afirmamos é que a graça foi dada a ela desde o primeiro momento de sua existência.

4. Não afirmamos que ela não deveu sua salvação à morte de seu Filho. Muito pelo contrário, afirmamos que ela, dentre todos os descendentes de Adão, é no sentido mais verdadeiro o fruto e a aquisição de Sua Paixão. Ele fez por ela mais do que por qualquer outra pessoa. Aos outros Ele deu a graça e a regeneração num certo ponto de sua existência terrena; a ela, desde o início.

5. Não tornamos sua natureza diferente das outras. Entretanto, como diz Santo Agostinho, não gostamos de mencionar seu nome no mesmo fôlego que mencionamos pecado, ainda que certamente ela tivesse sido um ser frágil como Eva, sem a graça de Deus. Um dom mais abundante da graça fez dela o que ela foi desde o início. Não foi sua natureza que lhe garantiu a perseverança, mas o excesso da graça que impediu a Natureza de agir como a Natureza jamais agirá. Não há diferença de tipo entre ela e nós, mas uma diferença inconcebível de grau. Ela e nós somos simplesmente salvos pela graça de Cristo.

Logo, sinceramente falando, Eu realmente não vejo qual seja a dificuldade, e gostaria de colocá-lo por escrito com clareza. Quero acrescentar que a afirmação acima não é uma afirmação privada minha. Nunca soube de qualquer católico que tivesse outra visão. Nunca soube de nenhuma outra visão tenha sido proposta por alguém.

II

(1) Depois, era uma doutrina primitiva? Ninguém pode acrescentar algo à revelação. Esta foi dada de uma vez por todas; mas, na medida em que o tempo avança, o que foi dado de uma vez por todas é entendido mais e mais claramente. Os maiores Padres e Santos, neste sentido, estiveram no erro, ou seja, uma vez que a matéria sobre a qual falaram não havia sido examinada, e a Igreja não havia falado, eles não fizeram justiça, em suas expressões, a seus reais significados. Por exemplo, o Credo Atanasiano diz que o Filho é “imenso” (na versão protestante, “incompreensível”). O Bispo Bull, embora defendendo os Padres pré-nicenos, diz que é um prodígio que “quase todos eles deem a impressão de serem ignorantes acerca da invisibilidade e grandeza do Filho de Deus”. Por um momento, porventura, eu penso que eles fossem ignorantes? Não, mas que eles falaram inconsistentemente, porque se opunham a outros erros, e não perceberam o que diziam. Quando surgiu o herético Ário, e eles viram o uso que se fazia de suas afirmações, os Padres se retrataram.

(2) Os grandes Padres do quarto século pareciam, a maioria deles, considerar nosso Senhor ignorante em Sua natureza humana, e que tivesse progredido em conhecimento, como São Lucas parece dizer. Esta doutrina foi anematizada pela Igreja no século seguinte, quando apareceram os Monofisitas.

(3) Da mesma forma, há Padres que parecem negar o pecado original, a punição eterna, etc.

(4) E mais, o famoso símbolo “Consubstancial”, aplicado ao Filho, que se encontra no Credo Niceno, foi condenado por um grande Concílio de Antioquia, com Santos presentes, setenta anos antes. Por quê? Porque aquele Concílio queria dizer outra coisa com aquela palavra.

Agora, quanto à doutrina da Imaculada Conceição, ela estava implícita nos primeiros tempos, e nunca foi negada. Na Idade Média, ela foi negada por Santo Tomás e por São Bernardo, mas eles tomam a frase num sentido diferente daquele que a Igreja agora toma. Eles a entenderam com referência à mãe de Nossa Senhora, e pensaram que ela contradizia o texto, “Em pecado minha mãe me concebeu” – ao passo que nós só falamos de Imaculada Conceição em relação a Maria; e a outra doutrina (à qual, de fato, Santo Tomás e São Bernardo se opuseram) é realmente herética.

III

Como noção primitiva sobre Nossa Bem-Aventurada Senhora, o frequente contraste entre Maria e Eva realmente parece muito forte. É encontrado em São Justino, Santo Irineu e Tertuliano, três dos Padres mais antigos, e em três continentes distintos – Gália, África e Síria. Por exemplo, “o nó formado pela desobediência de Eva foi desatado pela obediência de Maria; aquilo que a Virgem Eva atou pela incredulidade, a Virgem Maria desatou pela fé”. De novo, “A Virgem Maria tornou-se Advogada (Paráclita) da Virgem Eva, e assim como a humanidade foi submetida à morte através de uma Virgem, através de uma Virgem pode ser salva, sendo o equilíbrio preservado, a desobediência de uma Virgem pela obediência de uma Virgem” (Santo Irineu, Hæer. v. 19). De novo, “Como Eva, tornando-se desobediente, tornou-se a causa de sua própria morte e da de toda a humanidade, assim também Maria, trazendo o Homem predestinado, e ainda Virgem, sendo obediente, tornou-se a CAUSA DE SALVAÇÃO tanto para si mesma como para toda a humanidade”. Novamente, “Eva sendo uma Virgem, e incorrupta, gerou desobediência e morte, mas Maria a Virgem, recebendo fé e alegria quando o Anjo Gabriel a evangelizou, respondeu, ‘Faça-se em mim’”, etc. De novo, “O que Eva fracassou por não crer, Maria crendo encobriu”.

1. Agora, podemos nos recusar a ver que, segundo estes Padres, os mais antigos dos antigos, Maria era uma mulher típica como Eva, que ambas foram dotadas de especiais dons da graça, e que Maria venceu onde Eva fracassou?

2. Ademais, que luz eles lançam sobre a doutrina de Santo Afonso, da qual se faz às vezes um discurso, o das duas escadas. Vê-se que, segundo os mais antigos Padres, Maria desfaz o que Eva havia feito; a humanidade é salva através de uma Virgem, a obediência de Maria torna-se causa de salvação para toda a humanidade. E mais, o modo distinto pelo qual Maria faz isto é enfatizado quando ela é chamada Advogada pelos antigos Padres. A palavra é usada para nosso Senhor e para o Espírito Santo – para nosso Senhor, quando intercede por nós em Sua própria Pessoa; para o Espírito Santo, quando intercede nos Santos. Este é a via branca, enquanto a via especial de nosso Senhor é a via vermelha, isto é, a de seu Sacrifício expiatório.

3. E ainda mais, que luzes estas passagens lançam em dois textos da Escritura. Nossa leitura é: “Ela vos esmagará a cabeça”. Agora, apenas este fato de nossa leitura, “Ela esmagará”, tem algum peso, por que razão não seria nossa leitura a correta? Mas faça a comparação de Escritura com Escritura, e veja como a coisa toda se vincula quando nós a interpretamos. Uma guerra entre a mulher e a serpente é narrada no Gênesis. Quem é a serpente? A Escritura não diz em nenhum lugar até o capítulo doze do Apocalipse. Lá enfim, pela primeira vez, a “Serpente” é interpretada para significar o Espírito Mau. Agora, como ele é apresentado? Ora, novamente pela visão de uma Mulher, inimiga dele – e assim como na primeira visão do Gênesis a Mulher tem uma “descendência”, aqui tem um “Filho”. Podemos ajudar dizendo, então, que a Mulher é Maria no terceiro capítulo de Gênesis? E neste caso, e nossa leitura está correta, a primeira profecia dada contrasta a Segunda Mulher com a Primeira – Maria com Eva, exatamente como São Justino, Santo Irineu e Tertuliano fazem.

4. Além do mais, veja a relação direta disto com a Imaculada Conceição. Houve guerra entre a mulher e a serpente. Isto é mais enfaticamente realizado se ela nada tem nada a ver com o pecado – porque, na medida em que alguém peca, ele tem uma aliança com o Maligno.
IV

Agora quero que seja observado por que razão cito, deste modo, os Padres e a Escritura. Não para provar a doutrina, mas para desvencilhá-la de qualquer monstruosa improbabilidade que poderia tornar uma pessoa escrupulosa em aceitá-la quando a Igreja a declara. Um protestante poderia dizer: “Oh, eu realmente nunca, nunca poderei aceitar tal doutrina das mãos da Igreja, eu preferiria milhares, milhares de vezes constatar que a Igreja falou falsamente a que esta doutrina terrível fosse verdadeira”. Agora, meu bom homem, POR QUÊ? Não caia em tal espantosa agitação, como um cavalo envergonhado de não sabe o quê. Considere o que eu disse. É, de alguma maneira, certamente irracional? É certamente contrário à Escritura? É certamente contrário aos primitivos Padres? É certamente idolátrico? Não posso deixar de sorrir na medida em que faço as perguntas. Ou melhor, não deve alguma coisa ser dita a favor dela a partir da razão, da piedade, da antiguidade do texto inspirado? Você pode não ver razão alguma para acreditar na voz da Igreja; você pode não ter ainda chegado à fé nela – mas de que maneira esta doutrina poderia balançar sua fé nela, se você tem fé, ou levá-lo ao mais-ou-menos se você começa a considerar que ela possa ser de Deus, está além do que sou capaz de compreender. Muitas, muitas doutrinas são mais difíceis do que a Imaculada Conceição. A doutrina do Pecado Original é infinitamente mais difícil. Maria simplesmente não tem esta dificuldade. Não é difícil acreditar que a alma esteja unida à carne sem o pecado original; o grande mistério é que alguns, milhões em milhões, nasceram com ele. Nossa doutrina sobre Maria é tão somente menos difícil que nossa doutrina sobre o estado da humanidade em geral.

Digo-o com clareza – pode haver muitas escusas no último dia, boas e más, para não ser católico; uma não posso conceber: “Ó Senhor, a doutrina da Imaculada Conceição era tão prejudicial à Vossa graça, tão inconsistente com Vossa Paixão, tão oposta a Vossas palavras no Gênesis e no Apocalipse, tão diferente do ensinamento dos Vossos primeiros Santos e Mártires, que me deu o direito de rejeitá-la com todos os riscos, e à Vossa Igreja por ensiná-la. É uma doutrina sobre a qual meu juízo privado está plenamente justificado em oposição ao juízo da Igreja. E esta é minha alegação por ter vivido e morrido como protestante”.


Fonte: The Anglo-Catholic
Tradução: Oblatus