quarta-feira, 9 de fevereiro de 2011

Reforma de Bento XVI: Novo "motu proprio" sobre a Congregação para o Culto Divino


Será publicado nas próximas semanas um documento de Bento XVI que reorganiza as competências da Congregação para o Culto Divino, confiando-lhe a função de promover uma liturgia mais fiel às intenções originárias do Concílio Vaticano II, com menos espaços para mudanças arbitrárias e a fim de recuperar uma dimensão de maior sacralidade.

O documento, que terá a forma de um motu proprio, é fruto de uma longa gestação - foi revisto pelo Pontifício Conselho para a Interpretação dos Textos Legislativos e pelos ofícios da Secretaria de Estado - e é motivado principalmente pela transferência de competência sobre causas matrimoniais para a Rota Romana. Trata-se das chamadas causas do "rato mas não consumado", isto é, que dizem respeito ao matrimônio realizado na igreja mas não consumado pela falta de união carnal dos dois esposos. São cerca de quinhentos casos por ano e dizem respeito sobretudo a alguns países asiáticos onde ainda existem os matrimônios combinados com mocinhas em idade muito tenra, mas também a países ocidentais para aqueles casos de impotência psicológica para cumprir o ato conjugal.

Perdendo esta seção, que passará à Rota, a Congregação para o Culto Divino, de fato, não se ocupará mais dos sacramentos e manterá apenas a competência em matéria litúrgica. Segundo algumas autorizadas indiscrições, uma passagem do motu proprio de Bento XVI poderia citar explicitamente aquele "novo movimento litúrgico" do qual falou recentemente o Cardeal Antonio Cañizares Llovera, intervindo durante o consistório de novembro passado.

Ao Giornale, em uma entrevista publicada nas véspera do Natal passado, Cañizares havia dito: "A reforma litúrgica foi realizada com muita pressa. Havia ótimas intenções e o desejo de aplicar o Vaticano II. Mas houve precipitação... A renovação litúrgica foi vista como uma pesquisa de laboratório, fruto da imaginação e da criatividade, a palavra mágica de então". O cardeal, que não era parcial ao falar de "reforma da reforma", havia acrescentado: "O que vejo absolutamente necessário e urgente, segundo o que deseja o Papa, é dar vida a um novo, claro e vigoroso movimento litúrgico em toda a Igreja", para pôr fim a "deformações arbitrárias" e ao processo de "secularização que desafortunadamente atinge até o íntimo da Igreja".

É sabido que Ratzinger tenha desejado introduzir nas liturgias papais gestos significativos e exemplares: a cruz no centro do altar, a comunhão de joelhos, o canto gregoriano, o espaço para o silêncio. Sabe-se quanto considera a beleza na arte sacra e quanto considera importante promover a adoração eucarística. A Congregação para o Culto Divino - que alguns gostariam de rebatizar como da sagrada liturgia ou da divina liturgia - deverá pois ocupar deste novo movimento litúrgico, inclusive com a inauguração de uma nova seção do dicastério dedicada à arte e à música sacra.

Tradução: Oblatus

segunda-feira, 7 de fevereiro de 2011

Card. Joseph Ratinger y el encuentro de Asís

¿Se puede rezar con creyentes de otras religiones? Responde Joseph Ratzinger

 Continuando con la temática de los encuentros de Asís, presentamos la traducción de amplios extractos de un interesante texto, escrito en el año 2003 por el cardenal Joseph Ratzinger, sobre la posibilidad y los límites de la oración multirreligiosa e interreligiosa.

En la época del diálogo y del encuentro de las religiones ha surgido inevitablemente el problema de si se puede rezar juntos unos con otros. Al respecto, hoy se distingue entre oración multirreligiosa e interreligiosa. El modelo para la oración multirreligiosa es ofrecido por las dos jornadas mundiales de oración por la paz, en 1986 y en 2002, en Asís. Miembros de diversas religiones se reúnen. Común es la angustia y el sufrimiento por las miserias del mundo y por su falta de paz, común es el anhelo de la ayuda de lo alto contra las fuerzas del mal para que puedan entrar en el mundo la paz y la justicia. […] Sin embargo, las personas reunidas saben también que su modo de entender lo “divino” y, por lo tanto, su manera de dirigirse, son tan diversos que una plegaria común sería una ficción, no estaría en la verdad. Ellos se reúnen para dar una señal del común anhelo, pero rezan – aunque al mismo tiempo – en lugares separados, cada uno según su propio modo. […]

En referencia a Asís – tanto en 1986 como en el 2002 – se nos ha preguntado repetidamente y en términos muy serios si esto es legítimo. La mayor parte de la gente, ¿no pensará que se finge una comunidad que en realidad no existe? ¿No se favorece de este modo el relativismo, la opinión de que en el fondo son sólo diferencias secundarias las que se interponen entre las “religiones”? ¿No se debilita así la seriedad de la fe, no se aleja ulteriormente a Dios de nosotros, no se consolida nuestra condición de abandono? No se pueden dejar de lado con ligereza tales interrogantes. Los peligros son innegables, y no se puede negar que Asís, particularmente en 1986, ha sido interpretado por muchos de modo errado. Sin embargo, sería también equivocado rechazar en bloque y de forma incondicional la oración multirreligiosa así como la hemos descrito. A mí me parece correcto vincularla a condiciones que correspondan a las exigencias intrínsecas de la verdad de la responsabilidad frente a algo tan grande como es la imploración dirigida a Dios frente a todo el mundo. Identifico dos:

1. Tal oración multirreligiosa no puede ser la norma de la vida religiosa sino que debe permanecer sólo como un signo en situaciones extraordinarias, en las que, por así decir, se eleve un grito común de angustia que debería sacudir los corazones de los hombres y, al mismo tiempo, sacudir el corazón de Dios.

2. Un acontecimiento así lleva casi necesariamente a interpretaciones equivocadas, a la indiferencia respecto al contenido a creer o a no creer y de tal modo a la disolución de la fe real. Por esta razón, acontecimientos del género deben tener un carácter excepcional, y por eso es de máxima importancia aclarar cuidadosamente en qué consisten. Esta explicación, de la que debe resultar claramente que no existen las “religiones” en general, que no existe una común idea de Dios y una común fe en Él, que la diferencia no concierne únicamente al ámbito de las imágenes y de las formas conceptuales mutables sino a las mismas opciones últimas – esta clarificación es importante, no sólo para los participantes del evento, sino para todos aquellos que son testigos del evento o son informados del mismo. El evento debe presentarse en sí mismo y frente al mundo de tal modo claro que no se convierta en una demostración de relativismo, porque se privaría por sí solo de su sentido.

Mientras en la oración multirreligiosa se reza en el mismo contexto pero en forma separada, la oración interreligiosa significa un rezar juntos de personas o grupos de diversa pertenencia religiosa. ¿Es posible hacer esto en toda verdad y honestidad? Lo dudo. De todos modos, deben ser garantizadas tres condiciones elementales, sin las cuales tal oración se convertiría en la negación de la fe:

1. Se puede orar juntos sólo si subsiste una unanimidad sobre quién o qué es Dios y, por lo tanto, si hay unanimidad de principio sobre qué es rezar: un proceso dialógico en el que yo hablo a un Dios que es capaz de escuchar y atender. En otras palabras: la oración común presupone que el destinatario, y por lo tanto también el acto interior dirigido a Él, sean concebidos, en línea de principio, del mismo modo. Como en el caso de Abraham y Melquisedec, de Job y de Jonás, debe ser claro que se habla con el Dios único que está por sobre los dioses, con el Creador del cielo y de la tierra, con mi Creador. Debe ser claro, por tanto, que Dios es “persona”, es decir, que puede conocer y amar; que puede escucharme y responderme; que Él es bueno y es el criterio del bien, y que el mal no forma parte de Él. Cualquier mezcla entre la concepción personal y la impersonal de Dios, entre Dios y los dioses, debe ser excluida. El primer mandamiento vale también en la eventual oración interreligiosa. […]

2. Sobre la base del concepto de Dios, debe subsistir también una concepción fundamentalmente idéntica sobre lo que es digno de oración y sobre lo que puede volverse contenido de oración. Yo considero los pedidos del Padrenuestro el criterio de lo que nos está permitido implorar a Dios, para orar de un modo digno de Él. En ellos se ve quién y cómo es Dios, y quiénes somos nosotros. Ellos purifican nuestra voluntad y hacen ver con qué tipo de voluntad estamos caminando hacia Dios, y qué género de deseos nos alejan de Él, nos pondría contra Él. Pedidos que fuesen en dirección contraria a los pedidos del Padrenuestro no pueden ser para un cristiano objeto de oración interreligiosa, y de ningún tipo de oración.

3. El evento debe desarrollarse en su conjunto de tal modo que la falsa interpretación relativista de fe y oración no encuentre ningún punto de apoyo. Este criterio no concierne sólo al que es cristiano, que no debería ser inducido a error, sino en la misma medida al que no es cristiano, el cual no debería tener la impresión de la intercambiabilidad de las “religiones” y de que la profesión fundamental de la fe cristiana es de importancia secundaria y, por lo tanto, reemplazable. Para evitar este error es necesario también que la fe de los cristianos en la unicidad de Dios y en Jesucristo, el Redentor de todos los hombres, no sea ofuscada frente a quien no es cristiano. […]

La participación en la oración multirreligiosa no puede poner en discusión nuestro compromiso por el anuncio de Cristo a todos los hombres. Si quien no es cristiano pudiese o tuviese que extraer, de la participación de un cristiano, una relativización de la fe en Jesucristo, el único Redentor de todos, entonces tal participación no debería tener lugar. De hecho, en este caso, indicaría la dirección errada, orientaría hacia atrás y no hacia adelante en la historia de los caminos de Dios.

Fuente: Joseph Ratzinger; “Fe, verità, tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo”, Cantagalli, Siena, 2003.


El encuentro de Asís del 2002, según el testimonio de Joseph Ratzinger

Presentamos la traducción de la reflexión, publicada en la revista 30Giorni en febrero de 2002, que el entonces cardenal Joseph Ratzinger,  Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribió luego de haber participado, el 24 de enero de ese año, en Asís, de la Jornada de oración por la paz en el mundo convocada por el Papa Juan Pablo II.

Cuando el jueves 24 de enero, bajo un cielo cargado de lluvia, se movió el tren que debía conducir a Asís a los representantes de un gran número de Iglesias cristianas y comunidades eclesiales junto a los representantes de muchas religiones mundiales, para testimoniar y rezar por la paz, este tren me pareció un símbolo de nuestra peregrinación en la historia. ¿No somos, de hecho, tal vez todos pasajeros de un mismo tren? El hecho de que el tren haya elegido como su destino la paz y la justicia, la reconciliación de los pueblos y de las religiones, ¿no es tal vez una gran ambición y, al mismo tiempo, una espléndida señal de esperanza? En todos lados, pasando por las estaciones, acudió una gran multitud para saludar a los peregrinos de la paz. En las calles de Asís y en la gran tienda, lugar del testimonio común, fuimos nuevamente rodeados por el entusiasmo y por la alegría llena de gratitud, en particular de un numeroso grupo de jóvenes. El saludo de la gente estaba dirigido principalmente al hombre anciano vestido de blanco que estaba en el tren. Hombres y mujeres, que en la vida cotidiana con demasiada frecuencia se enfrentan unos a otros con hostilidad y parecen divididos por barreras insuperables, saludaban al Papa, que, con la fuerza de su personalidad, la profundidad de su fe, la pasión de ella deriva para la paz y la reconciliación, ha casi logrado lo imposible desde el carisma de su oficio: convocar juntos, en una peregrinación por la paz, a representantes de la cristiandad dividida y representantes de diversas religiones.

Pero el aplauso, dirigido sobre todo al Papa, expresaba también un consenso espontáneo para todos aquellos que con él buscaban la paz y la justicia, y era una señal del profundo deseo de paz que sienten los individuos frente a las devastaciones que nos rodean, provocadas por el odio y por la violencia. Aunque a veces el odio parece invencible y se multiplica sin pausa el espiral de la violencia, aquí, por un momento, se percibió la presencia de la fuerza de Dios, de la fuerza de la paz. Me vienen a la mente las palabras del salmo: “Con mi Dios escalaré los muros” (Sal. 18, 30). Dios no nos pone unos contra otros sino que, en cambio, Él, que es Uno, que es el Padre de todos, nos ha ayudado, al menos por un momento, a escalar los muros que nos separan, haciéndonos reconocer que Él es la paz y que no podemos estar cerca de Dios si estamos lejos de la paz.

En su discurso, el Papa citó otra piedra angular de la Biblia, la frase de la Carta a los Efesios: “Cristo es nuestra paz. Él hizo de los dos pueblos uno solo, derribando el muro de separación, la enemistad” (Ef. 2, 14). Paz y justicia son en el Nuevo Testamento nombres de Cristo (para “Cristo, nuestra justicia”, ver por ejemplo 1Cor 1, 30). Como cristianos no debemos esconder esta convicción: por parte del Papa y del Patriarca ecuménico la confesión de Cristo, nuestra paz, ha sido clara y solemne. Pero precisamente por esta razón hay algo que une más allá de las fronteras: la peregrinación por la paz y la justicia. Las palabras que un cristiano debe decir a aquel que se pone en camino hacia tales metas son las mismas usadas por el Señor en la respuesta al escriba que había reconocido en el doble mandamiento que exhorta a amar a Dios y al prójimo la síntesis del mensaje veterotestamentario: “Tú no estás lejos del reino de Dios” (Mc. 12, 34).

Para una comprensión del evento de Asís, me parece importante considerar que no se ha tratado de una auto-representación de religiones que serían intercambiables entre ellas. No se trató de afirmar una igualdad de las religiones, que no existe. Asís ha sido, más bien, la expresión de un camino, de una búsqueda, de la peregrinación por la paz que es tal sólo si va unida a la justicia. De hecho, allí donde falta la justicia, donde a los individuos se les niega su derecho, la ausencia de guerra puede ser sólo un velo detrás del cual se esconden injusticia y opresión.

Con su testimonio por la paz, con su compromiso por la paz en la justicia, los representantes de las religiones han emprendido, en el límite de sus posibilidades, un camino que debe ser para todos un camino de purificación. Esto vale también para nosotros, los cristianos. Hemos llegado realmente a Cristo sólo si hemos llegado a su paz y a su justicia. Asís, la ciudad de san Francisco, puede ser la mejor intérprete de este pensamiento. También antes de su conversión Francisco era cristiano, así como lo eran sus conciudadanos. Y también el victorioso ejército de Perugia, que lo envió prisionero y derrotado a la cárcel, estaba formado por cristianos. Fue sólo entonces, derrotado, prisionero, sufriente, que comenzó a pensar en el cristianismo de un modo nuevo. Y sólo después de esta experiencia le fue posible escuchar y comprender la voz del Crucificado que le habló en la pequeña iglesia en ruinas de san Damián, la cual, por eso, se convirtió en la imagen misma de la Iglesia de su época, profundamente dañada y en decadencia. Sólo entonces vio cómo la desnudez del Crucificado, su pobreza y su humillación extremas, estaban en contraste con el lujo y la violencia que antes le parecían normales. Y sólo entonces conoció verdaderamente a Cristo y entendió también que las cruzadas no eran la mejor manera de defender los derechos de los cristianos en Tierra Santa sino que, más bien, era necesario tomar a la letra el mensaje de la imitación del Crucificado.

De este hombre, de Francisco, que respondió plenamente a la llamada de Cristo crucificado, emana todavía hoy el esplendor de una paz que convenció al sultán y que puede abatir realmente los muros. Si nosotros, como cristianos, emprendemos el camino hacia la paz siguiendo el ejemplo de san Francisco, no debemos temer perder nuestra identidad: es precisamente entonces que la encontramos. Y si otros se unen a nosotros en la búsqueda de la paz y de la justicia, ni ellos ni nosotros debemos temer que la verdad pueda ser pisoteada por bellas frases hechas. No, si nosotros nos dirigimos seriamente hacia la paz, entonces estamos en el camino correcto porque estamos en el camino del Dios de la paz (Rom. 15, 32), cuyo rostro se ha hecho visible a nosotros, cristianos, por la fe en Cristo.

Fuente: 30Giorni
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

domingo, 6 de fevereiro de 2011

Papa em ordenação de cinco novos bispos: O ser intrépido, ter a coragem de se opor às correntes do momento, pertence de modo essencial à tarefa do Pastor


Bishops and cardinals attend the holy mass and rite of Episcopal ordination lead by Pope Benedict XVI at the St. Peter's basilica at the Vatican on February 5, 2011.


Cidade do Vaticano, 05 fev (RV) -O Papa Bento XVI celebrou a Santa Missa na manhã deste sábado na Basílica de São Pedro durante a qual ordenou cinco novos bispo que exercerão seu ministério na Cúria Romana e na Representações Pontifícias. São eles: Dom Savio Hon Tai-Fai, chinês, 59 anos, salesiano, Secretário da Congregação para a Evangelização dos Povos; Dom Marcelo Bartolucci, italiano, 66 anos, Secretário da Congregação das Causas dos Santos; Dom Celso Morga Iruzibieta, espanhol, 63 anos, Secretário da Congregação para o Clero; António Guido Filipazzi, italiano, 47 anos, Núncio Apostólico; e Edgar Peña Parra, venezuelano, 50 anos, Núncio Apostólico.

Na sua homilia Bento XVI recordou o trecho do Atos dos Apóstolos sobre a comunidade primitiva de Jerusalém, tema da recente Semana de Oração pela Unidade dos Cristãos. O Papa sublinhou alguns aspectos da missão episcopal, observando que “o Pastor não deve ser um bambu de um pântano que se inclina conforme o vento sopra, mas um servo do espírito do seu tempo”...

“O ser intrépido, ter a coragem de se opor às correntes do momento, pertence de modo essencial à tarefa do Pastor. Não deve ser um bambu de pântano, mas sim – segundo a imagem do Salmo 1 – ser como uma árvore que tem raízes profundas, nas quais permanece firme e bem fundamentado”. “Isso – precisou o Papa – não tem nada que ver com a rigidez ou a inflexibilidade. Só onde existe estabilidade existe também crescimento”.

Em seguida recordando o cardeal Newman, com as suas três “conversões”. Ele dizia que “viver é transformar-se”. Mas – insistiu Bento XVI – “as suas três conversões e as transformações correspondentes constituem, contudo, um único caminho coerente: o caminho da obediência em direção à verdade, em direção a Deus; o caminho da verdadeira continuidade que precisamente assim faz progredir”.

“A fé tem um conteúdo concreto” – sublinhou depois o Papa, comentando a expressão “perseverar no ensinamento dos Apóstolos”. “A fé não é uma espiritualidade indeterminada, uma sensação indefinível pela transcendência. Deus agiu e falou fez realmente algo. Podemos contar sobre a estabilidade da sua Palavra”. “Estando em comunhão com os Apóstolos, permanecendo na sua fé, nós próprios estamos em contato com o Deus vivo”.

“É para este objetivo - continuou o Papa - que serve o ministério dos Bispos: que não se interrompa esta corrente, esta sucessão da comunhão”. É esta a essência da Sucessão apostólica: conservar a comunhão com aqueles que encontraram o Senhor de modo visível e tangível, mantendo assim aberto o Céu, a presença de Deus no meio de nós. “Só mediante a comunhão com os Sucessores dos Apóstolos estamos também em contato com o Deus encarnado”. Vale também o contrário – observou o Papa: “só graças à comunhão com Deus, só graças à comunhão com Jesus Cristo, se mantém unida esta corrente de testemunhas”.

“Nunca se é bispo sozinho, diz o Vaticano II, mas sempre só no colégio dos Bispos. E isto não se pode confinar no tempo da própria geração. À colegialidade pertence o entrelaçar de todas as gerações, a Igreja viva de todos os tempos. Vocês queridos irmão, têm a missão de conservar esta comunhão católica, acrescentou o Papa.

Na sua homilia Bento XVI comentou ainda a “fração do pão”, que caracteriza a comunidade inicial de Jerusalém, recordando que “a santa Eucaristia é o centro da Igreja e deve ser o centro do nosso ser cristãos e da nossa vida sacerdotal”.

“A dimensão social, a partilha não é um apêndice moral que se acrescenta à Eucaristia, mas é parte dela”. “A fé se exprime sempre no amor e na justiça de uns para com os outros e que a nossa praxis social se inspire na fé; e que a fé seja vivida no amor, destacou Bento XVI”. (SP)



quinta-feira, 3 de fevereiro de 2011

Catequese do Papa: perfeição cristã segundo Santa Teresa de Ávila



CIDADE DO VATICANO, quarta-feira, 2 de fevereiro de 2011 (ZENIT.org) - Apresentamos, a seguir, a catequese dirigida pelo Papa aos grupos de peregrinos do mundo inteiro, reunidos na Sala Paulo VI para a audiência geral.

Queridos irmãos e irmãs:

Ao longo das catequeses que eu quis dedicar aos Padres da Igreja e a grandes figuras de teólogos e mulheres da Idade Média, pude falar sobre alguns santos e santas que foram proclamados Doutores da Igreja por sua eminente doutrina. Hoje, eu gostaria de começar com uma breve série de encontros para completar a apresentação dos Doutores da Igreja.

E iniciamos com uma santa que representa um dos cumes da espiritualidade cristã de todos os tempos: Santa Teresa de Jesus. Ela nasceu em Ávila, Espanha, em 1515, com o nome de Teresa de Ahumada. Em sua autobiografia, ela menciona alguns detalhes da sua infância: o nascimento "de pais virtuosos e tementes a Deus", em uma grande família, com nove irmãos e três irmãs. Ainda jovem, com pelo menos 9 anos, leu a vida dos mártires, que inspiram nela o desejo de martírio, tanto que chegou a improvisar uma breve fuga de casa para morrer como mártir e ir para o céu (cf. Vida 1, 4): "Eu quero ver Deus", disse a pequena aos seus pais. Alguns anos mais tarde, Teresa falou de suas leituras da infância e afirmou ter descoberto a verdade, que se resume em dois princípios fundamentais: por um lado, que "tudo o que pertence a este mundo passa"; por outro, que só Deus é para "sempre, sempre, sempre", tema que recupera em seu famoso poema: "Nada te perturbe, nada te espante; tudo passa, só Deus não muda. A paciência tudo alcança. Quem tem a Deus, nada lhe falta. Só Deus basta!". Ficando órfã aos 12 anos, pediu à Virgem Santíssima que fosse sua mãe (cf. Vida 1,7).

Se, na adolescência, a leitura de livros profanos a levou às distrações da vida mundana, a experiência como aluna das freiras agostinianas de Santa Maria das Graças, de Ávila, e a leitura de livros espirituais, em sua maioria clássicos da espiritualidade franciscana, ensinaram-lhe o recolhimento e a oração. Aos 20 anos de idade, entrou para o convento carmelita da Encarnação, sempre em Ávila. Três anos depois, ela ficou gravemente doente, tanto que permaneceu por quatro dias em coma, aparentemente morta (cf. Vida 5, 9). Também na luta contra suas próprias doenças, a santa vê o combate contra as fraquezas e resistências ao chamado de Deus. Escreve: "Eu desejava viver porque compreendia bem que não estava vivendo, mas estava lutando com uma sombra de morte, e não tinha ninguém para me dar vida, e nem eu poderia tomá-la, e Aquele que podia dá-la a mim, estava certo em não me socorrer, dado que tantas vezes me voltei contra Ele, e eu o havia abandonado" (Vida 8, 2). Em 1543, ela perdeu a proximidade da sua família: o pai morre e todos os seus irmãos, um após o outro, migram para a América. Na Quaresma de 1554, aos 39 anos, Teresa chega o topo de sua luta contra suas próprias fraquezas. A descoberta fortuita de "um Cristo muito ferido" marcou profundamente a sua vida (cf. Vida 9). A santa, que naquele momento sente profunda consonância com o Santo Agostinho das "Confissões", descreve assim a jornada decisiva da sua experiência mística: "Aconteceu que...de repente, experimentei um sentimento da presença de Deus, que não havia como duvidar de que estivesse dentro de mim ou de que eu estivesse toda absorvida n'Ele" (Vida 10, 1). Paralelamente ao amadurecimento da sua própria interioridade, a santa começa a desenvolver, de forma concreta, o ideal de reforma da Ordem Carmelita: em 1562, funda, em Ávila, com o apoio do bispo da cidade, Dom Álvaro de Mendoza, o primeiro Carmelo reformado, e logo depois recebe também a aprovação do superior geral da Ordem, Giovanni Battista Rossi. Nos anos seguintes, continuou a fundação de novos Carmelos, um total de dezessete. Foi fundamental seu encontro com São João da Cruz, com quem, em 1568, constituiu, em Duruelo, perto de Ávila, o primeiro convento das Carmelitas Descalças. Em 1580, recebe de Roma a ereção a Província Autônoma para seus Carmelos reformados, ponto de partida da Ordem Religiosa dos Carmelitas Descalços. Teresa termina sua vida terrena justamente enquanto está se ocupando com a fundação.

Em 1582, de fato, tendo criado o Carmelo de Burgos e enquanto fazia a viagem de volta a Ávila, ela morreu, na noite de 15 de outubro, em Alba de Tormes, repetindo humildemente duas frases: "No final, morro como filha da Igreja" e "Chegou a hora, Esposo meu, de nos encontrarmos". Uma existência consumada dentro da Espanha, mas empenhada por toda a Igreja. Beatificada pelo Papa Paulo V, em 1614, e canonizada por Gregório XV, em 1622, foi proclamada "Doutora da Igreja" pelo Servo de Deus Paulo VI, em 1970. Teresa de Jesus não tinha formação acadêmica, mas sempre entesourou ensinamentos de teólogos, literatos e mestres espirituais. Como escritora, sempre se ateve ao que tinha experimentado pessoalmente ou visto na experiência de outros (cf. Prefácio do "Caminho de Perfeição"), ou seja, a partir da experiência. Teresa consegue tecer relações de amizade espiritual com muitos santos, especialmente com São João da Cruz. Ao mesmo tempo, é alimentada com a leitura dos Padres da Igreja, São Jerônimo, São Gregório Magno, Santo Agostinho. Entre suas principais obras, deve ser lembrada, acima de tudo, sua autobiografia, intitulada "Livro da Vida", que ela chama de "Livro das Misericórdias do Senhor". Escrito no Carmelo de Ávila, em 1565, conta o percurso biográfico e espiritual, por escrito, como diz a própria Teresa, para submeter a sua alma ao discernimento do "Mestre dos espirituais", São João de Ávila. O objetivo é manifestar a presença e a ação de um Deus misericordioso em sua vida: Para isso, a obra muitas vezes inclui o diálogo de oração com o Senhor. É uma leitura fascinante, porque a santa não apenas narra, mas mostra reviver a profunda experiência do seu amor com Deus. Em 1566, Teresa escreveu o "Caminho da perfeição", chamado por ela de "Admoestações e conselhos" que dava às suas religiosas. As destinatárias são as doze noviças do Carmelo de São José, em Ávila. Teresa lhes propõe um intenso programa de vida contemplativa ao serviço da Igreja, em cuja base estão as virtudes evangélicas e a oração. Entre os trechos mais importantes, destaca-se o comentário sobre o Pai Nosso, modelo de oração. A obra mística mais famosa de Santa Teresa é o "Castelo Interior", escrito em 1577, em plena maturidade. É uma releitura do seu próprio caminho de vida espiritual e, ao mesmo tempo, uma codificação do possível desenvolvimento da vida cristã rumo à sua plenitude, a santidade, sob a ação do Espírito Santo. Teresa refere-se à estrutura de um castelo com sete "moradas", como imagens da interioridade do homem, introduzindo, ao mesmo tempo, o símbolo do bicho da seda que renasce em uma borboleta, para expressar a passagem do natural ao sobrenatural. A santa se inspira na Sagrada Escritura, especialmente no "Cântico dos Cânticos", para o símbolo final dos "dois esposos", que permite descrever, na sétima "morada", o ápice da vida cristã em seus quatro aspectos: trinitário, cristológico, antropológico e eclesial. À sua atividade fundadora dos Carmelos reformados, Teresa dedica o "Livro das fundações", escrito entre 1573 e 1582, no qual fala da vida do nascente grupo religioso. Como na autobiografia, a história é dedicada principalmente a evidenciar a ação de Deus na fundação dos novos mosteiros.

Não é fácil resumir em poucas palavras a profunda e complexa espiritualidade teresiana. Podemos citar alguns pontos-chave. Em primeiro lugar, Santa Teresa propõe as virtudes evangélicas como base da vida cristã e humana: em particular, o desapego dos bens ou a pobreza evangélica (e isso diz respeito a todos nós); o amor de uns aos outros como elemento essencial da vida comunitária e social; a humildade e o amor à verdade; a determinação como resultado da audácia cristã; a esperança teologal, que descreve como sede de água viva. Sem esquecer das virtudes humanas: afabilidade, veracidade, modéstia, cortesia, alegria, cultura. Em segundo lugar, Santa Teresa propõe uma profunda sintonia com os grandes personagens bíblicos e a escuta viva da Palavra de Deus. Ela se sente em consonância sobretudo com a esposa do "Cântico dos Cânticos", com o apóstolo Paulo, além de com o Cristo da Paixão e com Jesus Eucarístico.

A santa enfatiza, depois, quão essencial é a oração: rezar significa "tratar de amizade com Deus, estando muitas vezes tratando a sós com quem sabemos que nos ama" (Vida 8, 5). A ideia de Santa Teresa coincide com a definição que São Tomás Aquino dá da caridade teologal, como amicitia quaedam hominis ad Deum, uma espécie de amizade entre o homem e Deus, quem primeiro ofereceu sua amizade ao homem (Summa Theologiae II-ΙI, 23, 1). A iniciativa vem de Deus. A oração é vida e se desenvolve gradualmente, em sintonia com o crescimento da vida cristã: começa com a oração vocal, passa pela interiorização, através da meditação e do recolhimento, até chegar à união de amor com Cristo e com a Santíssima Trindade. Obviamente, este não é um desenvolvimento no qual subir degraus significa abandonar o tipo de oração anterior, mas um gradual aprofundamento da relação com Deus, que envolve toda a vida. Mais que uma pedagogia da oração, a de Teresa é uma verdadeira "mistagogia": ela ensina o leitor de suas obras a rezar, rezando ela mesma com ele; frequentemente, de fato, interrompe o relato ou a exposição para fazer uma oração.

Outro tema caro à santa é a centralidade da humanidade de Cristo. Para Teresa, na verdade, a vida cristã é uma relação pessoal com Jesus que culmina na união com Ele pela graça, por amor e por imitação. Daí a importância que ela atribui à meditação da Paixão e à Eucaristia, como presença de Cristo na Igreja, para a vida de cada crente e como coração da liturgia. Santa Teresa vive um amor incondicional à Igreja: ela manifesta um vivo sensus Ecclesiae frente a episódios de divisão e conflito na Igreja do seu tempo. Reforma a Ordem Carmelita com a intenção de servir e defender melhor a "Santa Igreja Católica Romana" e está disposta a dar sua vida por ela (cf. Vida 33, 5).

Um último aspecto fundamental da doutrina de Teresa que eu gostaria de sublinhar é a perfeição, como aspiração de toda vida cristã e sua meta final. A Santa tem uma ideia muito clara da "plenitude" de Cristo, revivida pelo cristão. No final do percurso do "Castelo Interior", na última "morada", Teresa descreve a plenitude, realizada na inabitação da Trindade, na união com Cristo mediante o mistério da sua humanidade.
Queridos irmãos e irmãs, Santa Teresa de Jesus é uma verdadeira mestra de vida cristã para os fiéis de todos os tempos. Em nossa sociedade, muitas vezes desprovida de valores espirituais, Santa Teresa nos ensina a ser incansáveis testemunhas de Deus, da sua presença e da sua ação; ensina-nos a sentir realmente essa sede de Deus que existe em nosso coração, esse desejo de ver Deus, de buscá-lo, de ter uma conversa com Ele e de ser seus amigos. Esta é a amizade necessária para todos e que devemos buscar, dia após dia, novamente.

Que o exemplo desta santa, profundamente contemplativa e eficazmente laboriosa, também nos encoraje a dedicar a cada dia o tempo adequado à oração, a esta abertura a Deus, a este caminho de busca de Deus, para vê-lo, para encontrar a sua amizade e, por conseguinte, a vida verdadeira; porque muitos de nós deveríamos dizer: "Eu não vivo, não vivo realmente, porque não vivo a essência da minha vida". Porque este tempo de oração não é um tempo perdido, é um tempo no qual se abre o caminho da vida; abre-se o caminho para aprender de Deus um amor ardente a Ele e à sua Igreja; e uma caridade concreta com nossos irmãos. Obrigado

Fonte: Zenit

quinta-feira, 27 de janeiro de 2011

Disputationes Theologicae: Fraternidade São Pio X entre sectarismos, ambiguidades e declarações de cisma

“Como expliquei na Carta aos Bispos católicos, do passado dia 10 de Março, a remissão da excomunhão foi uma providência no âmbito da disciplina eclesiástica para libertar as pessoas do peso de consciência representado pela censura eclesiástica mais grave. Mas obviamente as questões doutrinais permanecem e, enquanto não forem esclarecidas, a Fraternidade não dispõe de um estatuto canônico na Igreja e os seus ministros não podem exercer de modo legítimo qualquer ministério”.

Bento XVI, Motu Proprio Ecclesiae Unitatem

Posições contraditórias e ambíguas na Fraternidade São Pio X

pela redação de Disputationes Theologicae

Os votos do superior do distrito da França da Fraternidade São Pio X para 2011: "Não vão à Missa do motu proprio"

Com um certo escândalo, lemos as recentíssimas proposições do abbé Régis de Cacqueray (o superior do distrito da França, o maior e mais prestigioso da Fraternidade São Pio X), sobre a assistência à Missa de São Pio V, celebrada por sacerdotes canonicamente reconhecidos pela Santa Sé. O influente sacerdote, muito estimado pelos seus superiores, ao ponto de ser encarregado de um dos papéis mais importantes da instituição, exprime-se, no seu texto de votos para o ano novo de 2011, com os termos que se seguem: "Para sermos completos sobre esse assunto (falava sobre a importância de assistir à Missa tradicional, mesmo se for difícil encontrá-la), devemos ainda citar as outras Missas de São Pio V, celebradas com o favor dos indultos sucessivos, e por último com o motu proprio. É verdade que nós desaconselhamos a sua frequentação" [1]. Não se deveria, segundo ele, frequentar os sacramentos distribuídos por aqueles que estão em posições diferentes daquelas da Fraternidade, mas, neste aparente clima de acordos canônicos, se afirma até que seria oportuno que os padres diocesanos se aproximassem do rito tradicional, sem, porém, poder contar - haja vista a severa admoestação - com a presença dos fiéis da Fraternidade.

É difícil dizer o quanto há de "teológico" nessas afirmações, e quanto de "ideológico" ou de "partidarismo". Qual quer que seja a intenção do abbé de Cacqueray, o problema é aquele mesmo, como afirmado concomitantemente ao anúncio da reunião de Assis em outubro próximo, "o perigo que resultaria para as almas". Note-se que a frase do abbé de Caqueray, ainda que gravemente escandalosa, não vem acompanhada de nenhuma justificação teológica, e muito menos de uma rigorosa exposição dos pressupostos de tal afirmação, nem das suas consequências. Todavia, os contornos da "Pétite Eglise" não são ignorados pelo leitor atento.

Uma argumentação bem estruturada

Por outro lado, o pensamento de um outro teólogo da Fraternidade, o abbé Mérel (já professor na Ecône, e com cargos no distrito da França) é mais profundo especulativamente, e mais estruturado teologicamente. Num artigo [2] que ficou célebre - foi publicado em muitas ocasiões em revistas locais da Fraternidade a partir de 2008 -, e que possivelmente tenha inspirado as declarações mais vagas do seu superior, exprime-se ele em termos teológicos acessíveis, mas estritamente bem construídos. O discurso é simples: a missa de São Pio V, em si, é boa. Entretanto, assistir à Missa de São Pio V nem sempre é bom, depende das circunstâncias. Até aqui, ainda se poderia estar de acordo. Todavia, o abbé Mérel prossegue afirmando que, onde a Missa tradicional fosse celebrada por um sacerdote da Ecclesia Dei, não seria bom participar dela. De fato, pode-se fazer mal uso de uma coisa boa, diz o autor. Com o rum - o exemplo é do texto -, que é uma coisa boa em si, pode-se embriagar-se e pecar. Quais seriam, portanto, as circunstâncias que tornariam má a participação da Missa? Continua o abbé Mérel: "Não é necessário assistir à Missa dos 'ralliés' (com esse termo, entendam-se os "traidores", que dependem da Ecclesia Dei e não da Fraternidade - alusão ao "ralliement" de Leão XIII) [3], porque eles se submetem à hierarquia conciliar". Continua: "a missa de um padre 'rallié' (traduz-se "alienado" / "traidor") é a Missa de um padre que, ao menos oficialmente, obedece o bispo local e o Papa (...), um padre que, obedecendo as autoridades liberais e modernistas, tornar-se-á, necessariamente, um padre que, no fim das contas, trai tudo o que fez Mons. Lefebvre, trai as almas, engana-as".

O autor não esquece as questões pastorais, embora secundárias na economia do discurso: diz, por exemplo, que o fiel encontrará, nas igrejas dos "ralliés", publicações cheias de erros, que poderiam perturbá-lo, ou ouvirá pregações pouco ortodoxas, feitas, durante a Missa tradicional, por um padre que tradicional não é, ou conviverá com "fiéis menos formados na fé", arriscando, em contato com eles, "deixar-se arrastar". O abbé Mérel, porém, com o talento especulativo que o distingue, dá a verdadeira razão teológica, radicana num terreno mais "universal", e não numa variante ligada às circunstâncias, e fala, de modo absoluto, de todos os padres "ralliés", não apenas daqueles que pregam "mal". Sustenta que o padre "rallié", o padre canonicamente submetido a Roma, "não está numa posição justa na Igreja. Não está em regra com Deus". E conclui: "não se pode nunca desagradar a Deus, estas missas não são para nós!". Ainda que às vezes, por razões excepcionais, se devesse assistir às Missas dos Institutos "Ecclesia Dei", dever-se-ia "abster-se de comungar", diz ainda o autor, porque seria necessário permanecer em uma resistência ostensivamente passiva. Fala-se, neste caso, da mesma assistência, prevista pelos moralistas, a um rito protestante ou greco-cismático. Em resumo, comungar nas Missas ditas por um sacerdote que não adere às posições da Fraternidade é um pecado, é algo que "desagrada a Deus", e isso em razão do ministro. Não se deve, pois, participar, não apenas por causa das homilias heterodoxas, fator variável e secundário, mas em razão do fato de o celebrante estar submetido a uma autoridade à qual não se deve senão resistir, sob pena de pecado. Destaquemos que o autor não assume o risco que declarar lícita a assistência às Missas sem homilia; seria obrigado a admitir que o sacramento é válido e lícito, e não oferece perigo de contaminar a fé dos fiéis; por outro lado, não quer proibir a participação das Missas dos padres da Fraternidade que sustentam teses perigosas para a fé. É a submissão a Roma que, sozinha, faz com que não se possa receber a eucaristia.

Uma magistral declaração de cisma

O artigo do abbé Mérel é uma magistral declaração de cisma, ainda que, do ponto de vista do autor, o pecado de cisma (ou de heresia, ou ambos, o texto não o especifica) parece ser mais imputável ao Papa e àqueles que se Lhe submetem. A hierarquia católica teria, no seu conjunto, cometido o pecado de afastar-se da verdade, e, portanto, não se poderia entrar em comunhão com ela nos sacramentos, mesmo se o rito é tradicional. Esse texto foi escrito no verão de 2008, para indicar aos fiéis como comportar-se depois do motu proprio. O mesmo Motu proprio que fora pedido ao Papa pelas autoridades da Fraternidade, que ofereceram, para isso, a cruzada de um milhão de rosários.

Para sermos completos, digamos que não é completamente falso o que disse o abbé de Cacqueray, que às vezes pode ser desaconselhado assistir a uma Missa. Poderia ser o caso, ainda em missas tradicionais, quando o significado teológico da Missa de sempre é gravemente deformado ou até reduzido - como, infelizmente, às vezes acontece - a um puro fenômeno teatral, que acaba por juntar incenso, sedas preciosas e homilias heterodoxas. Mas é insustentável que o princípio deva aplicar-se universalmente a todas as Missas dos que estão canonicamente submetidos ao Papa: uma tal ruptura da communicatio in sacris, com todos aqueles que subscrevem as posições da Fraternidade, não é nada mais que a aplicação prática de uma teoria cismática. Quando São Tomás de Aquino fala de cisma, distingue dois modos de cometer esse pecado. O primeiro é a separação da autoridade eclesiástica, o segundo é a recusa de comungar "in sacris" com outras partes da Igreja submissas ao Papa [4]. Esse último também é um modo de despedaçar o Corpo Místico de Cristo.

Como se fosse necessário, afirmamos que estar submedidos a uma autoridade de direta instituição divina, como a do Papa, não significa, de modo algum, submeter publicamente a inteligência a tudo aquilo que tal autoridade sustenta, ou dá a entender, ou parece aprovar, quando fala como teólogo privado, ou age como pessoa privada. Essa não é a doutrina católica do Primado, nem o Pontífice reinante jamais reclamou semelhante submissão. De fato, ainda que se possa conceder que uma certa fatia do tradicionalismo costuma, com servilismo e escarso senso teológico, dogmatizar até às vírgular as afirmações de qualquer autoridade eclesiástica, ainda que somente local, deve-se reconhecer honestamente que esse fenômeno não é, de modo algum, universal. Pelo contrário, afirmar que, necessáriamente, em todos os casos de obediência canônica, peca-se contra a fé, por omissão de defesa da verdade revelada, é não apenas uma mentira e um engano aos fiéis, mas até um absurdo teológico. Afirmaríamos, então, ridiculamente, que a autoridade suprema tornou-se formalmente herética, e, com ela, todos os que se lhe submetem visivelmente, pelo próprio fato de submeter-se.

A Fraternidade, se não quiser ser cismática, deve reconhecer que ela já está submetida visivelmente ao Papa, tanto quanto qualquer padre diocesano. Ontologicamente, a submissão da Fraternidade à autoridade eclesiástica não difere daquela de todos os outros Institutos, tradicionais ou não. Permanece, todavia, um problema canônico, que deve ser resolvido o mais breve possível, por que, de fato, no perdurar desse estado anormal há o perigo de conduzir alguns dos seus membros a posições teológicas gravemente errôneas. Os artigos citados o confirmam.

As incoerências de uma política dupla

Acrescentemos que, se é natural e compreensível que os sacerdotes da Fraternidade queiram continuar fiéis aos princípios do próprio fundador, também é bom e moralmente necessário ser coerentes com o que se propõe nas próprias declarações públicas. Ora, a tese discutida acima, como notamos, teologicamente insustentável, denuncia um obstáculo insuperável à conclusão de um acordo canônico entre a Fraternidade e a Santa Sé, mas também uma clara vontade de continuar em dois vagões paralelos, que não comungam nem mesmo nos sacramentos celebrados em rito tradicional. De fato, se, para comungar in sacris com o Papa - como é implicitamente afirmado - será necessário atingir o acordo doutrinal, com o qual a Santa Sé fará própria a posição da Fraternidade, então será necessário ter a coerência de afirmar que, atualmente, a hierarquia católica está ao menos próxima da heresia e do cisma, tanto que se justifique uma escolha tão grave. Tertium non datur.

Mas se, pelo contrário, o acordo fosse possível e, talvez, iminente, segundo os termos do próprio Mons. Fellay, e se o Superior Geral da Fraternidade procedesse efetivamente a um acordo canônico - permanecendo as reservas expressas sobre o progeto da reunião interreligiosa de Assis e o desacordo com certas escolhas do Papa - o que fará o abbé de Cacqueray? Desaconselhará os "seus" fiéis a ir nas Missas na Fraternidade? Dir-lhes-á que não recebam a comunhão das mãos de Mons. Fellay, porque assinou com as autoridades de organizam os encontros de Assis? A coerência entre os propósitos desses dois importantes responsáveis pela obra fundada por Mons. Lefebvre é muito menos difícil de compreender: parece mais o reflexo de uma política ambígua. Por isso e por outros motivos, sempre foi expressa, nestas páginas, a firme convicção da oportunidade de um acordo canônico, que não pretenda ser "doutrinal". Do ponto de vista dogmático, de fato, é absurda a ideia de um acordo "doutrinal", que o Vigário de Cristo deveria assinar. Do ponto de vista prático, os fatos demonstram que é uma presunção querer resolver em poucas linhas - com algum episódico encontro entre especialistas - a complexidade da atual situação eclesiástica, e, com ela, os problemas levantados por alguns textos magisteriais. Não é, porém, absurdo - nem teologicamente, nem prudencialmente - reconhecer canonicamente a autoridade de Pedro, salvaguardando uma autonomia de debate teológico sobre alguns pontos de perplexidade.

Estamos prontos para publicar aqui, se necessário, qualquer correção ou precisamento que, sobre a questão, provier dos legítimos superiores da Fraternidade São Pio X, e a tornar pública uma eventual retificação, assim que, publicamente, eles quiserem dissociar-se dos conteúdos aqui expressos. Esperamos ainda, e sobretudo, um clara resposta à pergunta se se pode cumprir o preceito dominical assistindo a uma Missa da Fraternidade São Pedro, e receber a eucaristia de um sacerdote do Bom Pastor, do Cristo-Rei, ou de uma diocese qualquer.

A Fraternidade São Pio X, que não pode ser acusada de laxismo, sempre precisou, e às vezes puniu com firmeza, quando as opiniões de um membro contrastavam com as gerais. Se as opiniões da "Petite Eglise", hoje abertamente sustentadas por alguns dos seus sacerdotes, não são compartilhadas pelo Superior Geral, com a mesma firmeza deveria desmenti-las publicamente. Caso contrário, dir-se-á que o discurso é voluntariamente ambíguo.

Tradução: São Pio V
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[1] Le texte intégral peut être consulté sur La porte latine, site officiel de la Fraternité saint Pie X en France, à l’adresse suivante : voeux de M. l'abbé de Cacqueray pour 2011
[2] Abbé Jacques Mérel, « Discussion de parvis sur la messe des ralliés », in Le Pélican, juillet-août 2008 ; publié intégralement dans Le Sel de la Terre, n°70, Automne 2009, pp. 188-193.
[3] Com o termo "rallié" designa-se, na França, o católico "amigo do poder", "traidor". A palavra difundiu-se notavelmente sob o pontificado de Leão XIII, com o sentido de "católico alienado" e designa, nos ambientes da Fraternidade São Pio X, os institutos que dizem a Missa tradicional dependentes da Ecclesia Dei.
[4] Saint Thomas d’Aquin, Summa Theologiae, IIa-IIae, qu. 39, a. 1, corpus : “Ecclesiae autem unitas in duobus attenditur, scilicet in connexione membrorum Ecclesiae ad invicem, seu communicatione; et iterum in ordine omnium membrorum Ecclesiae ad unum caput (…). Et ideo schismatici dicuntur qui subesse renuunt summo pontifici, et qui membris Ecclesiae ei subiectis communicare recusant”.

Catequese do Papa: Joana d’Arc e o “doce nome” de Jesus



CIDADE DO VATICANO, quarta-feira, 26 de janeiro de 2011 (ZENIT.org) - Apresentamos, a seguir, a catequese dirigida pelo Papa aos grupos de peregrinos do mundo inteiro, reunidos na Sala Paulo VI para a audiência geral.

Queridos irmãos e irmãs:

Hoje, eu gostaria de falar de Joana d'Arc, uma jovem santa do final da Idade Média, morta aos 19 anos, em 1431. Esta santa francesa, citada muitas vezes no Catecismo da Igreja Católica, é particularmente próxima de Santa Catarina de Sena, padroeira da Itália e da Europa, de quem falei em uma recente catequese. São, de fato, duas jovens mulheres do povo, leigas e consagradas na virgindade, duas místicas comprometidas, não no claustro, mas em meio às realidades mais dramáticas da Igreja e do mundo na sua época. São, talvez, as figuras mais características dessas "mulheres fortes" que, no final da Idade Média, carregaram sem medo a grande luz do Evangelho nas complexas vicissitudes da história. Poderíamos colocá-la ao lado das santas mulheres que permaneceram no Calvário, perto de Jesus crucificado e de Maria, sua Mãe, enquanto os apóstolos tinham fugido, e o próprio Pedro havia negado Jesus três vezes. A Igreja, nesse período, vivia a profunda crise do Grande Cisma do Ocidente, que durou quase 40 anos. Quando Catarina de Sena morreu, em 1380, havia um Papa e um antipapa; quando Joana nasceu, em 1412, havia um Papa e dois antipapas. Junto a esta laceração no seio da Igreja, havia contínuas guerras fratricidas entre os povos cristãos da Europa, a mais dramática das quais foi a interminável "Guerra dos Cem Anos", entre a França e a Inglaterra.

Joana d'Arc não sabia ler nem escrever, mas pode ser conhecida no fundo de sua alma graças a duas fontes de valor histórico excepcional: os dois Processos a que foi submetida. O primeiro, Processo de Condenação (PCon) contém a transcrição de numerosos e longos interrogatórios a Joana durante os últimos meses de sua vida (fevereiro-maio de 1431) e inclui as palavras da santa. O segundo, Processo de Nulidade da Condenação, ou de "reabilitação" (PNul), contém o depoimento de cerca de 120 testemunhas oculares de todos os períodos da sua vida (cf. Procès de Condamnation de Jeanne d'Arc, 3 vol. e Procès en Nullité de la Condamnation de Jeanne d'Arc, 5 vol., ed. Klincksieck, Paris l960-1989).

Joana nasceu em Domrémy, uma pequena cidade situada na fronteira entre a França e Lorena. Seus pais eram camponeses prósperos, conhecidos por todos como cristãos muito bons. Deles, ela recebeu uma boa educação religiosa, com uma influência notável da espiritualidade do Nome de Jesus, ensinada por São Bernardino de Sena e difundida na Europa pelos franciscanos. Ao Nome de Jesus sempre se une o Nome de Maria e, assim, no contexto da religiosidade popular, a espiritualidade de Joana é profundamente cristocêntrica e mariana. Desde a infância, ela demonstra uma grande caridade e compaixão para com os pobres, doentes e todos os que sofrem, no contexto dramático da guerra.

De suas próprias palavras, sabemos que a vida religiosa de Joana amadurece como experiência a partir da idade de 13 anos (PCon, I, p. 47-48).Através da "voz" do arcanjo São Miguel, Joana sente-se chamada pelo Senhor a intensificar sua vida cristã e também a comprometer-se, em primeira pessoa, na libertação do seu povo. Sua resposta imediata, o seu "sim", é o voto de virgindade, com um novo empenho na vida sacramental e na oração: participação diária na Missa, Confissão e Comunhão frequentes, longos momentos de oração silenciosa diante do Crucificado ou diante da imagem de Nossa Senhora. A compaixão e o compromisso da camponesa francesa diante o sofrimento de seu povo tornaram-se mais intensos devido à sua relação mística com Deus. Um dos aspectos mais originais da santidade desta jovem é precisamente este vínculo entre experiência mística e missão política. Depois dos anos de vida oculta e de amadurecimento interior, chega o biênio breve, mas intenso, da sua vida pública: um ano de ação e um ano de paixão.

No início de 1429, Joana começa a sua obra de libertação. Vários depoimentos mostram a jovem, de apenas 17 anos, como uma pessoa muito forte e determinada, capaz de convencer homens inseguros e desanimados. Superando todos os obstáculos, encontra o Delfim da França, futuro rei Charles VII, que em Poitiers a submete a um exame por parte de alguns teólogos da Universidade. Seu julgamento é positivo: não veem nela nada de errado, apenas uma boa cristã.

Em 22 de março de 1429, Joana dita uma carta importante ao rei da Inglaterra e aos seus homens, que assediam a cidade de Orléans (Ibid., p. 221-222). Sua proposta é de verdadeira paz, na justiça entre os dois povos cristãos, à luz dos nomes de Jesus e Maria, mas esta proposta é rejeitada e Joana deve se engajar na luta pela libertação da cidade, que acontece em 8 de maio. O outro destaque de sua ação política é a coroação do rei Charles VII em Reims, em 17 de julho de 1429. Durante um ano inteiro, Joana vive com os soldados, realizando entre eles uma verdadeira missão de evangelização. Há muitos testemunhos de sua bondade, sua coragem e extraordinária pureza. É chamada por todos - e ela mesma se define - como "a donzela", ou seja, a virgem.

A paixão de Joana começa em 23 de maio de 1430, quando é presa pelos seus inimigos. Em 23 de dezembro, é conduzida à cidade de Rouen. Lá, leva-se a cabo o longo e dramático Processo de Condenação, que começa em fevereiro de 1431 e termina em 30 de maio, com a fogueira. É um processo grande e solene, presidido por dois juízes da igreja, o bispo Pierre Cauchon e o inquisidor Jean Le Maistre, mas, na verdade, foi totalmente conduzido por um grande grupo de teólogos da famosa Universidade de Paris, envolvidos no processo como conselheiros. Eles são eclesiásticos franceses que, tendo tomado a decisão política oposta à de Joana, têm a priori uma opinião negativa sobre sua pessoa e sobre sua missão. Este processo é uma página comovente da história da santidade e também uma página iluminadora sobre o mistério da Igreja, que, nas palavras do Concílio Vaticano II, é "ao mesmo tempo santa e sempre necessitada de purificação" (LG, 8). É o encontro dramático entre esta santa e seus juízes, que são eclesiásticos. Joana é acusada e julgada por eles, até chegar a ser condenada como herege e enviada à morte horrível da fogueira. Ao contrário dos santos teólogos que haviam iluminado a Universidade de Paris, como São Boaventura, São Tomás de Aquino e o Beato Duns Scotus, de quem já falei em algumas catequeses, esses juízes são teólogos a quem falta a caridade e a humildade necessárias para ver nessa jovem a ação de Deus. Vêm à mente as palavras de Jesus segundo as quais os mistérios de Deus se revelam a que tem o coração das crianças, enquanto permanecem ocultos aos estudiosos e sábios que não têm humildade (cf. Lc 10, 21). Assim, os juízes de Joana são radicalmente incapazes de compreendê-la, de ver a beleza de sua alma: não sabiam que estavam condenando uma santa. 

A apelação de Joana à decisão do Papa, em 24 de maio, foi rejeitada pelo tribunal. Na manhã do dia 30 de maio, ela recebeu pela última vez a Santa Comunhão na prisão e logo depois foi levada ao suplício na praça do mercado velho. Pediu a um dos sacerdotes que colocasse na frente da fogueira uma cruz da procissão. Assim morre Joana, vendo Jesus Crucificado e pronunciando muitas vezes e em voz alta o Nome de Jesus (PNul, I, p. 457, cf. Catecismo da Igreja Católica, 435). Quase 25 anos depois, o Processo de Nulidade, aberto sob a autoridade do Papa Calisto III, termina com uma sentença solene que declara a condenação nula (7 julho de 1456; PNul, II, p 604-610). Este longo processo, que inclui o depoimento de testemunhas e juízos de muitos teólogos, todos favoráveis à Joana, destaca a sua inocência e perfeita fidelidade à Igreja. Joana d'Arc foi canonizada em 1920, por Bento XV.

Queridos irmãos e irmãs, o Nome de Jesus, invocado pela nossa santa até os últimos momentos da sua vida terrena, foi como a respiração da sua alma, como o bater do seu coração, o centro de toda a sua vida. O "mistério da caridade de Joana d'Arc", que tanto fascinou o poeta Charles Péguy, é esse amor total a Jesus e aos demais, em Jesus e por Jesus. Esta santa compreendeu que o Amor abraça toda a realidade de Deus e do homem, do céu e da terra, da Igreja e do mundo. Jesus esteve sempre em primeiro lugar durante toda a sua vida, segundo sua belíssima afirmação: "Nosso Senhor é o primeiro a ser servido" (PCon, I, p. 288, cf. Catecismo da Igreja Católica, 223).

Amá-lo significa obedecer sempre à sua vontade. Ela afirmou com total confiança e abandono: "Eu me confio ao meu Deus Criador, eu o amo com todo meu coração" (ibid., p. 337). Com o voto de virgindade, Joana consagra de forma exclusiva toda a sua pessoa ao único amor de Jesus: é a sua "promessa feita ao nosso Senhor de proteger bem a sua virgindade de corpo e de alma" (ibid., p. 149-150). A virgindade da alma é o estado de graça, valor supremo, para ela mais precioso que a vida: é um dom de Deus que ela recebeu e protegeu com humildade e confiança. Um dos textos mais conhecidos do primeiro processo tem a ver com isso: "Interrogada sobre se sabe se está na graça de Deus, responde: ‘Se não estou, Deus nela me ponha: se estou, Deus nela me guarde'" (ibid., p. 62, cf. Catecismo da Igreja Católica, 2005).

Nossa santa viveu a oração como uma forma de diálogo contínuo com o Senhor, que ilumina também seu diálogo com os juízes e lhe confere paz e segurança. Ela pediu com fé: "Dulcíssimo Deus, em honra à vossa santa Paixão, eu vos peço, se me amais, que me reveleis como devo responder a estes homens da Igreja" (ibid., p. 252). Joana vê Jesus como o "Rei do céu e da terra". Assim, em seu estandarte, Joana pintou a imagem de "Nosso Senhor, que sustenta o mundo" (ibid., p. 172), um ícone de sua missão política. A libertação do seu povo é uma obra de justiça humana, que Joana cumpre na caridade, por amor a Jesus. Sua vida é um belo exemplo de santidade para os leigos que trabalham na política, especialmente nas situações mais difíceis. A fé é a luz que guia cada escolha, como testemunhará, um século depois, outro grande santo, o inglês Thomas More. Em Jesus, Joana contempla também a realidade da Igreja, a "Igreja triunfante" do céu e a "Igreja militante" da terra. Em suas palavras, "de Jesus Cristo e da Igreja eu penso que são um só" (ibid., p. 166). Esta afirmação, citada no Catecismo da Igreja Católica (n. 795), tem um caráter verdadeiramente heroico no contexto do Processo de Condenação, na frente de seus juízes, homens da Igreja, que a perseguiram e condenaram. No amor de Jesus, Joana encontrou a força para amar a Igreja até o fim, mesmo no momento da condenação.

Lembro-me com carinho de como Santa Joana d'Arc teve uma profunda influência sobre uma jovem santa dos tempos modernos: Teresinha do Menino Jesus. Em uma vida completamente diferente, transcorrida na clausura, a carmelita de Lisieux se sentiu muito perto de Joana, vivendo no coração da Igreja e participando dos sofrimentos de Jesus para a salvação do mundo. A Igreja as reuniu como padroeiras da França, depois de Nossa Senhora. Santa Teresa expressou seu desejo de morrer como Joana, pronunciando o nome de Jesus (Manoscritto B, 3r); motivava-a o mesmo amor a Jesus e ao próximo, vivendo na virgindade consagrada.

Queridos irmãos e irmãs, com seu luminoso testemunho, Santa Joana d'Arc nos convida a um alto nível da vida cristã: fazer da oração o fio condutor dos nossos dias; ter plena confiança no cumprimento da vontade de Deus, seja ela qual for; viver na caridade sem favoritismos, sem limites; e ter, como ela, no amor a Jesus, um profundo amor à Igreja. Obrigado.

segunda-feira, 3 de janeiro de 2011

Fotos da Santa Missa Papal de Santa Maria Mãe de Deus

Pope Benedict XVI waves as he leaves after his first mass of the New Year in Saint Peter's Basilica at the Vatican January 1, 2011.

Pope Benedict XVI reads his message during the celebration of the New Year solemn mass in Saint Peter's Basilica at the Vatican on January 1, 2011. Pope Benedict XVI, during New Year's mass, urged world leaders to defend Christians against abuse and intolerance.' I once again launch a pressing appeal not to give in to discouragement and resignation,' said the pontiff.

Pope Benedict XVI delivers his message during his first mass of the New Year in Saint Peter's Basilica at the Vatican January 1, 2011. Pope Benedict said on Saturday he will host a summit of world religious leaders in the city of Assisi in October to discuss how they can promote world peace.

Fonte: Daylife

No Angelus deste domingo, Papa deplora vivamente atentado de Alessandria e a estratégia da violência contra os cristãos do Iraque. Saúda também famílias congregadas no centro de Madrid

Pope Benedict XVI waves to the faithful from the window of his apartment during his Sunday Angelus prayer in St. Peter's square at the Vatican on January 2, 2011. Pope Benedict XVI condemned the 'cowardly' New Year's Eve suicide attack on a church in Egypt which killed 21 people and left scores injured.


(2/1/2011) O atentado cometido na noite de Ano Novo, em Alexandria do Egipto, à saída de uma igreja copta provocando a morte de 21 fiéis e ferindo dezenas deles, foi vigorosamente deplorado pelo Papa neste domingo ao meio-dia, por ocasião do Angelus, com os fiéis congregados na Praça de São Pedro.

“Este vil gesto de morte, como também o de colocar bombas agora até mesmo junto das casas dos cristãos no Iraque para os obrigar a partir, ofende Deus e a toda a humanidade, que precisamente ontem rezou pela paz e iniciou com esperança um novo ano. Perante esta estratégia de violência que toma como alvo os cristãos, e tem consequências sobre toda a população, rezo pelas vítimas e seus familiares e encorajo as comunidades eclesiais a perseverarem na fé e no testemunho de não violência que nos vem do Evangelho.”

Neste contexto, Bento XVI recordou também os “numerosos agentes pastorais assassinados em 2010 em várias partes do mundo”:

“A eles vai igualmente a nossa afectuosa recordação diante do Senhor. Permaneçamos unidos em Cristo, nossa esperança e nossa paz!”

Na sua alocução antes do Angelus, o Papa comentou brevemente o Evangelho deste segundo domingo depois do Natal: o Prólogo de São João, texto admirável (disse) que, em forma de hino, exprime o mistério da Incarnação.

“Quando lemos ‘No princípio era o Verbo, e o Verbo estava junto de Deus e o Verbo era Deus’, o Evangelista – tradicionalmente comparado com uma águia – eleva-se acima da história humana, perscrutando as profundidades de Deus; mas rapidamente, seguindo o seu Mestre, regressa à dimensão terrena dizendo ‘E o Verbo se fez carne’.

O Verbo é uma realidade viva: um Deus que se comunica fazendo-se Ele próprio Homem. De facto, atesta João, ‘veio a habitar no meio de nós, e nós contemplámos a sua glória”.

Para além dos muitos fiéis congregados para escutar o Papa, na Praça de São Pedro, sob um sol invernal, em Madrid uma multidão mais numerosa ainda se encontrava reunida na imensa Praça de Colombo, sintonizados com Roma, para poderem escutar a mensagem de Bento XVI. Tratava-se de uma manifestação de famílias, congregadas para celebrar o valor do matrimónio e da família, tendo como lema “A família cristã, esperança para a Europa”, como recordou o Papa:

“Queridos irmãos, convido-vos a serdes fortes no amor e a contemplar com humildade o mistério do Natal, que continua a falar ao coração e se converte em escola de vida familiar e fraterna”.

Convidando a contemplar a família de Nazaré, o Papa recordou que, seguindo esse exemplo, as famílias cristãs hão-de ser “autênticos santuários de fidelidade, respeito e compreensão, onde se transmite também a fé, se fortalece a esperança e se revigora a caridade”.

“Encorajo todos a viverem com renovado entusiasmo a vocação cristã no seio do lar, como genuínos servidores do amor que acolhe, acompanha e defende a vida… Que Deus vos abençoe sempre”.