domingo, 3 de abril de 2011

Card. Piacenza toma posse da sua igreja titular em Roma

O Prefeito da Congregação para o Clero, o Card. Mauro Piacenza, tomou posse da sua igreja titular na Urbi, a igreja de San Paolo alle Tre Fontane, onde segundo a tradição foi decapitado o apóstolo das gentes.













sábado, 2 de abril de 2011

INSTRUÇÃO APLICATIVA DO SUMMORUM PONTIFICUM TERIA SIDO ENVIADA AOS BISPOS


Segundo informa   Kerknet e Messa in latino a Instrução aplicativa do Motu Proprio Summorum Pontificum já teria sido enviada aos bispos de todo o orbe católico.

O documento contém todos os pontos já adiantados aqui.

Haveria de novo nesta última versão da Instrução o fato de que, após ter deixado claro o papel da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei no que diz respeito ao fazer valer o direito dos fiéis à Liturgia de São Gregório Magno, fala da  possibilidade de um apelo ao Supremo Tribunal da Signatura Apostólica após a decisão da Ecclesia Dei, o que  faz ver que o Motu Proprio garante não um privilégio, mas consagra um verdadeiro e próprio direito dos fiéis à forma extraordinária do Rito Romano.

Comunicado de la Sala de prensa del Vaticano sobre el Encuentro de Asís: "hablar y dialogar con todos, creyentes o no, sin renunciar a la propia identidad o recurrir a formas de sincretismo"


"Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz"
Jornada de reflexión, diálogo y oración
por la paz y la justicia en el mundo
Asís, el 27 de octubre de 2011



El pasado 1 de enero, después de la oración del Angelus, Benedicto XVI anunció su deseo de solemnizar el XXV aniversario del histórico encuentro que tuvo lugar en Asís, el 27 de octubre de 1986, por voluntad del venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Con motivo de dicha conmemoración, el Santo Padre tiene la intención de convocar, el próximo 27 de octubre, una Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, acudiendo como peregrino a la ciudad de san Francisco e invitando nuevamente a unirse a este camino a los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los exponentes de las tradiciones religiosas del mundo e, idealmente, a todos los hombres de buena voluntad.
La Jornada tendrá como tema: "Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz". Cada ser humano es en el fondo un peregrino en busca de la verdad y del bien. También el hombre religioso permanece siempre en camino hacia Dios: de aquí nace la posibilidad, más aún, la necesidad de hablar y dialogar con todos, creyentes o no, sin renunciar a la propia identidad o recurrir a formas de sincretismo; en la medida en que la peregrinación de la verdad se vive auténticamente, se abre al diálogo con el otro, no excluye a ninguno y compromete a todos a ser constructores de fraternidad y de paz. Éstos son los elementos que el Santo Padre pretende poner en el centro de la reflexión.
Por este motivo, serán invitados a compartir el camino de los representantes de las comunidades cristianas y de las principales tradiciones religiosas también algunas personalidades del mundo de la cultura y de la ciencia que, si bien no se profesan religiosas, se sienten en el camino de la búsqueda de la verdad y son conscientes de la común responsabilidad por la causa de la justicia y de la paz en nuestro mundo.
Por tanto, la imagen de la peregrinación resume el sentido del evento que se celebrará: se hará memoria de las etapas recorridas, desde el primer encuentro de Asís, al posterior de enero de 2002 y, al mismo tiempo, se mirará al futuro con el propósito de continuar recorriendo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad el camino del diálogo y de la fraternidad, en el contexto de un mundo en rápida trasformación. San Francisco, pobre y humilde, acogerá de nuevo a todos en su ciudad, convertida en símbolo de fraternidad y paz.
La mañana misma del 27 de octubre, las delegaciones saldrán de Roma en tren junto con el Santo Padre. Al llegar a Asís, se dirigirán hacia la Basílica de Santa María de los Ángeles, donde tendrá lugar un momento de conmemoración de los precedentes encuentros y de profundización en el tema de la Jornada. Intervendrán representantes de algunas delegaciones asistentes y también tomará la palabra el Santo Padre.
Seguirá un almuerzo frugal, compartido por los delegados: una comida marcada por la sobriedad, que busca expresar el estar juntos en fraternidad y, al mismo tiempo, la participación en los sufrimientos de tantos hombres y mujeres que no conocen la paz. Después, se dejará un tiempo de silencio para la reflexión de cada uno y la oración. Por la tarde, todos los presentes en Asís irán a pie hacia la Basílica de San Francisco. Será una peregrinación en la que, en el último tramo, tomarán parte también los miembros de las delegaciones; con esto se pretende simbolizar el camino de cada ser humano en la búsqueda constante de la verdad y de la construcción activa de la justicia y de la paz. Se desarrollará en silencio, dejando un espacio a la oración y a la meditación personal. Junto a la Basílica de San Francisco, en el lugar donde se han concluido las precedentes reuniones, se tendrá el momento final de la Jornada, con la renovación solemne del compromiso común por la paz.
Como preparación de esta Jornada, el Papa Benedicto XVI presidirá en San Pedro la tarde precedente una vigilia de oración con los fieles de la diócesis de Roma. Se invita a las Iglesias particulares y las comunidades dispersas por el mundo a organizar momentos de oración similares.
En las próximas semanas, los Cardenales Presidentes de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, del Diálogo Interreligioso y de la Cultura enviarán las invitaciones en nombre del Santo Padre. El Papa pide a los fieles católicos que se unan espiritualmente a la celebración de este importante acontecimiento y agradece a los que acudan a la ciudad de San Francisco para compartir esta peregrinación ideal.
[00469-04.01] [Texto original: Italiano]

sexta-feira, 1 de abril de 2011

Anúncio da morte de João Paulo II - 02 de abril de 2005

Anniversario della morte di Giovanni Paolo II: lo speciale dell'Osservatore Romano



Ricordo di Giovanni Paolo II a sei anni dalla morte

Dove sta il centro del mondo

di KONRAD KRAJEWSKI

Stavamo in ginocchio attorno al letto di Giovanni Paolo II. Il Papa giaceva in penombra. La luce discreta della lampada illuminava la parete, ma lui era ben visibile.
Quando è arrivata l'ora di cui, pochi istanti dopo, tutto il mondo avrebbe saputo, improvvisamente l'arcivescovo Dziwisz si è alzato. Ha acceso la luce della stanza, interrompendo così il silenzio della morte di Giovanni Paolo II. Con voce commossa, ma sorprendentemente ferma, con il tipico accento montanaro, allungando una delle sillabe, ha cominciato a cantare: "Noi ti lodiamo, Dio, ti proclamiamo Signore".
Sembrava un tuono proveniente dal cielo. Tutti guardavamo meravigliati don Stanislao. Ma la luce accesa e il canto delle parole che seguivano - "O eterno Padre, tutta la terra ti adora..." - davano certezza a ciascuno di noi. Ecco - pensavamo - ci troviamo in una realtà totalmente diversa. Giovanni Paolo II è morto: vuol dire che egli vive per sempre.
Anche se il cuore singhiozzava e il pianto stringeva la gola, abbiamo ripreso a cantare. A ogni parola la nostra voce diventava più sicura e più forte. Il canto proclamava: "Vincitore della morte, hai aperto ai credenti il regno dei cieli".
Così, con l'inno del Te Deum, abbiamo glorificato Dio, ben visibile e riconoscibile nella persona del Papa. In un certo senso, questa è anche l'esperienza di tutti coloro che lo hanno incontrato nel corso del pontificato. Chi entrava in contatto con Giovanni Paolo II, incontrava Gesù, che il Papa rappresentava con tutto se stesso. Con la parola, il silenzio, i gesti, il modo di pregare, il modo di incedere nello spazio liturgico, il raccoglimento in sagrestia: con tutto il suo modo di essere. Lo si notava immediatamente: era una persona ricolma di Dio. E per il mondo era diventato segno visibile di una realtà invisibile. Anche attraverso il suo corpo straziato dalla sofferenza degli ultimi anni.
Spesso bastava guardarlo per scoprire la presenza di Dio e, così, cominciare a pregare. Bastava per andare a confessarsi: non solo dei propri peccati, ma di non essere santi come lui.
Quando ha smesso di camminare e, durante le celebrazioni, è diventato totalmente dipendente dai cerimonieri, ho cominciato a rendermi conto che stavo toccando una persona santa. Forse facevo irritare i penitenzieri vaticani allorché, prima di ogni celebrazione, andavo a confessarmi, seguendo un imperativo interiore e sentendone una forte necessità. Avevo bisogno di ricevere l'assoluzione per stare accanto a lui. Quando si sta accanto a una persona santa, quando l'uomo in qualche modo tocca la santità, questa si irradia in tutta la persona. Ma, allo stesso tempo, si sperimenta sulla propria pelle anche la tentazione: evidentemente allo spirito maligno non piace l'aria di santità. Quando, verso le 3 di notte, sono uscito dall'appartamento del Palazzo Apostolico, a Borgo Pio c'era una moltitudine di gente: camminavano nel silenzio più raccolto. Il mondo si era fermato, si era inginocchiato e aveva pianto.
C'era chi piangeva solo per il fatto di aver perso una persona amata e poi ritornava a casa così come era venuto. E c'era chi, alle lacrime esteriori, univa quelle interiori, che scaturivano dal sentirsi inadeguati e infedeli di fronte al Signore. Questo pianto era benedetto. Era l'inizio del miracolo della conversione. Per tutti i giorni successivi, fino al funerale del Papa, Roma è diventata un cenacolo: tutti si comprendevano, anche se parlavano lingue diverse.
Sono stato a contatto con il Papa per sette lunghi anni: durante la sua vita, ma anche quando la sua anima si è staccata dal corpo. Nel momento della morte restano a noi solo le spoglie che si trasformeranno in polvere: il corpo svanisce, e la persona è accolta nel mistero di Dio.
Tra i compiti dei cerimonieri c'è anche quello di prendersi cura del corpo del Papa defunto. L'ho fatto per sette lunghi giorni, fino al funerale. Poco dopo la sua morte, ho vestito Giovanni Paolo II insieme a tre infermieri che lo avevano seguito per lungo tempo. Anche se era già trascorsa un'ora e mezza dal decesso, essi continuavano a parlare con il Papa come se stessero parlando al proprio padre. Prima di mettergli la tonaca, il camice, la casula, lo baciavano, lo accarezzavano e lo toccavano con amore e riverenza, proprio come se si trattasse di una persona di famiglia.
Il loro atteggiamento non manifestava solo la devozione al Pontefice: per me rappresentava il timido annuncio di una beatificazione vicina.
Forse è per questo che non mi sono mai dedicato a pregare intensamente per la sua beatificazione, dal momento che avevo già cominciato a parteciparvi.
Ogni giorno celebro l'Eucaristia nelle Grotte Vaticane. Osservo come i dipendenti della basilica e tutti coloro che si recano al lavoro nei diversi dicasteri e uffici del Vaticano, i gendarmi, i giardinieri, gli autisti, cominciano la giornata con un momento di preghiera presso la tomba di Giovanni Paolo II: toccano la lapide e gli mandano un bacio. È così tutte le mattine.
Dal 2000 il Papa aveva cominciato a indebolirsi sempre di più. Aveva grande difficoltà nel camminare. Preparando il grande Giubileo con l'arcivescovo Piero Marini ci auguravamo che almeno potesse aprire la porta santa. Era quasi impossibile pensare al futuro.
Mentre mi trovavo sulle montagne polacche, una volta ho sentito questa affermazione: "Ancora non ci conosciamo, perché non abbiamo sofferto insieme". Con monsignor Marini abbiamo partecipato per cinque lunghi anni alle sofferenze del Papa, al suo eroico combattimento con se stesso per sopportare la sofferenza. Mi vengono in mente le parole del salmo 51: "Purificami con issopo e sarò mondato", che si possono intendere anche così: "Toccami con la sofferenza e sarò puro".
Essere con Giovanni Paolo II voleva dire vivere nel Vangelo, essere dentro il Vangelo.
Negli ultimi anni del servizio accanto a lui mi sono reso conto che la bellezza è sempre legata alla sofferenza. Non si può toccare Gesù senza toccare la croce: il Pontefice era così provato, si può dire martoriato dalla sofferenza, ma così estremamente bello, in quanto con gioia ha offerto tutto ciò che ha ricevuto da Dio e con gioia ha restituito a Dio tutto ciò che da Lui ha avuto. La santità infatti - come diceva Madre Teresa di Calcutta - non significa soltanto che noi offriamo tutto a Dio, ma anche che Dio prende da noi tutto quello che ci ha dato.
L'atleta che camminava e sciava sulle montagne ora aveva smesso di camminare; l'attore aveva perso la voce. A poco a poco gli era stato tolto tutto.
Prima di cominciare le esequie, monsignor Dziwisz e monsignor Marini hanno coperto il volto del Papa con un panno di seta, un simbolo dal significato molto profondo: tutta la sua vita è stata coperta e nascosta in Dio. Mentre compivano questo gesto, stavo accanto alla bara e tenevo in mano l'Evangeliario, un altro segno forte. Giovanni Paolo II non si vergognava del Vangelo. Viveva secondo il Vangelo. Scioglieva secondo il Vangelo tutti i problemi del mondo e della Chiesa. Secondo il Vangelo ha costruito tutta la sua vita interiore ed esteriore.
Il mistero di Giovanni Paolo II, cioè la sua bellezza, si esprime molto bene attraverso la preghiera di Papa Clemente XI che si trovava negli antichi breviari: "Voglio tutto ciò che tu vuoi, lo voglio perché tu lo vuoi, lo voglio come e quando lo vuoi tu". Chi pronuncia queste parole con il cuore diventa come Gesù che, umile, si nasconde nell'ostia e si offre per essere consumato. Chi fa proprie queste parole comincia a vivere con lo spirito di adorazione del Santissimo Sacramento.
Seguendo il Pontefice nei viaggi apostolici, durante le lunghe trasvolate, mi domandavo spesso: dove sta il centro del mondo?
Tredici giorni dopo l'elezione, con alcuni suoi collaboratori, il Papa si recò vicino Roma, alla Mentorella, dove c'è il santuario della Madre delle Grazie. Domandò ai suoi compagni di viaggio: "Cosa è più importante per il Papa nella sua vita, nel suo lavoro?". Gli suggerirono: "Forse l'unità dei cristiani, la pace nel Medio Oriente, la distruzione della cortina di ferro...?". Ma egli rispose: "Per il Papa la cosa più importante è la preghiera".
Nel mio Paese c'è questo detto: "Il re è nudo davanti agli occhi dei suoi servi". Quanto più cominciavamo a conoscere Giovanni Paolo II, tanto più eravamo convinti della sua santità, la vedevamo in ogni momento della sua vita. Egli non oscurava Dio.
Se volessi indicare cosa è più importante per la vita sacerdotale e per ciascuno di noi, guardando a lui potrei dire: non coprire o offuscare Dio con se stesso, ma, al contrario, mostrarlo e diventare il segno visibile della sua presenza. Dio nessuno lo ha visto, ma Giovanni Paolo II lo ha reso visibile attraverso la sua vita.
Quando pregava, ho avuto l'impressione che si gettasse ai piedi di Gesù. Quando pregava, sul suo viso era visibile il totale affidamento a Dio. Era veramente trasparente; era, per usare un'immagine poetica, come l'arcobaleno che lega il cielo alla terra e la sua anima correva sulle scale dalla terra al cielo. Torno ora alla domanda: "Dove sta il centro del mondo?".
Pian piano ho cominciato a rendermi conto che il centro del mondo era sempre dove io mi trovavo con il Papa: non perché stavo con Giovanni Paolo II, ma perché lui ovunque egli si trovasse, pregava. Ho capito che il centro del mondo è dove io prego, dove io sono insieme a Dio, nella più intima unione che c'è: la preghiera. Sono al centro del mondo quando cammino alla presenza di Dio, quando "in lui infatti vivo, mi muovo ed esisto" (cfr. Atti degli apostoli, 17, 28). Quando celebro o partecipo all'Eucaristia sono al centro del mondo; quando confesso e mi confesso, nel confessionale c'è il centro del mondo; il posto e il tempo della mia preghiera costituiscono il centro del mondo perché, quando prego, Dio respira dentro di me. Il Papa ha permesso a Dio di respirare attraverso di lui: ogni giorno passava tanto tempo davanti al tabernacolo. Il Santissimo Sacramento era il sole che illuminava la sua vita. E lui davanti a quel sole andava a riscaldarsi con la luce di Dio. La vita di Giovanni Paolo II era intessuta di preghiera. Aveva sempre tra le dita la coroncina del rosario, con la quale si rivolgeva a Maria confermando il suo Totus tuus.
Una volta, dopo l'infortunio del 1991, il cardinale Deskur portò al Papa un contenitore di acqua santa da Lourdes e gli disse: "Santità, quando laverà la parte dolente, dovrà recitare l'Ave Maria". Giovanni Paolo II rispose: "Caro Cardinale, io dico sempre l'Ave Maria".
Il mio compito nell'Ufficio delle Celebrazioni Liturgiche consiste nel curare, sotto la guida del maestro, le celebrazioni pontificie e non di scrivere articoli o preparare conferenze. È stato così per tredici anni. Dopo il 2 aprile 2005, quando qualcuno mi chiede di dare testimonianza su Giovanni Paolo II, rispondo spesso: "Sì, con grande gioia!". E invito a prendere parte ogni giovedì alla messa davanti alla sua tomba nelle Grotte Vaticane. Così come invito a recarsi nella chiesa di Santo Spirito in Sassia, dove ogni pomeriggio si recita la coroncina della Divina Misericordia seguita dalla Via Crucis. Ogni giovedì sera si incontrano nel mio appartamento sacerdoti che lavorano o studiano a Roma, suore e laici. Insieme recitiamo i vespri, preghiamo e ci sediamo alla tavola comune.
Radunarsi in preghiera e stare insieme per ritrovarsi al centro del mondo: ho imparato questo da Giovanni Paolo II.
Non mi meraviglia che il Papa sia beatificato nella domenica della Divina Misericordia, anche se è una sorpresa della Provvidenza il fatto che quest'anno coincida con il 1° maggio. Così quel giorno si parlerà principalmente di santità. Benedetto XVI e Giovanni Paolo II trasformeranno quella ricorrenza in un evento religioso inedito nella storia: una processione di maggio verso la santità e la preghiera.

(©L'Osservatore Romano 2 aprile 2011)


I sacerdoti e la Chiesa in Polonia agli inizi degli anni Settanta in un'intervista al cardinale Karol Wojtyla arcivescovo metropolita di Cracovia

A tempo pieno per una vita diversa


La libertà è l'elemento costitutivo della dignità della persona ininterrottamente proclamato e difeso dal pensiero cristiano

Anticipiamo in esclusiva il testo di un'intervista all'arcivescovo metropolita di Cracovia, cardinale Karol Wojtyla, che esce nel numero speciale dedicato a Giovanni Paolo II da "Palabra" e che la stessa rivista aveva pubblicato nel numero 86, dell'ottobre 1972. Il futuro Giovanni Paolo II rispose sul sacerdozio - di cui l'assemblea del Sinodo dei vescovi si era occupata un anno prima - e sulla situazione della Chiesa in Polonia. Inedito è il testo manoscritto in polacco delle risposte, dove all'inizio di ogni pagina il porporato trascrisse versi del Veni sancte Spiritus e altre espressioni in latino: nihil est in homine, nihil est innoxium, lava quod est sordidum, et omnia mea tua sunt, totus tuus.

di JOAQUÍN ALONSO PACHECO

La Polonia è uno dei Paesi che ha registrato negli ultimi anni un maggiore incremento di vocazioni al sacerdozio. In questo fenomeno svolge un ruolo indubbiamente importante l'immagine del sacerdote che i cittadini polacchi desiderano per la loro Chiesa. Potrebbe spiegare, Eminenza, quali aspettative ha la Chiesa in Polonia in tal senso? Prima di tutto devo dire che dobbiamo all'ultimo Sinodo dei vescovi il fatto che si sia intensificata e sistematizzata la riflessione sul tema del sacerdozio ministeriale e che tale riflessione abbia coinvolto tutta la Chiesa, passando dalle Conferenze episcopali alle Chiese locali e a tutti i fedeli. In tal modo abbiamo affrontato uno dei punti fondamentali della coscienza della Chiesa. A questa coscienza della Chiesa ravvivata dal Sinodo si pone anche, per quanto riguarda la Polonia, il problema delle aspettative dei cattolici rispetto alla figura del sacerdote.
È vero che la forte carenza di organizzazioni cattoliche nel nostro Paese ci ha impedito molte volte di consultare tutti i settori del laicato nella fase preparatoria del Sinodo; tuttavia altri eventi ci hanno permesso di prendere nota in modo diretto dei suoi sentimenti riguardo al problema del sacerdozio. La celebrazione nel 1970 del cinquantesimo anniversario dell'ordinazione sacerdotale di Paolo VI, vissuta con particolare intensità in Polonia, il venticinquesimo anniversario della liberazione dei 250 sacerdoti dai campi di concentramento di Dachau, e, lo scorso anno, la preparazione della beatificazione di Massimiliano Kolbe - il sacerdote cattolico che diede la propria vita ad Auschwitz in cambio di quella di un padre di famiglia - hanno rappresentato per i nostri fedeli una sorta d'introduzione spirituale al Sinodo e, per noi, un'occasione per constatare che la figura del sacerdote si trova al centro della coscienza della Chiesa in Polonia.
Lo dimostrano anche le risposte date dai nostri sacerdoti, la scorsa primavera, alle domande formulate dalla Segreteria del Sinodo nella fase preparatoria. Tali risposte si attengono a questa coscienza, ossia definiscono la figura del sacerdote nelle sue convinzioni proprie e allo stesso tempo in conformità con le esigenze concrete del resto del Popolo di Dio. In Polonia è un elemento confortante la stretta relazione che esiste fra la vita sacerdotale concreta - il modo in cui il sacerdote vede se stesso - e le esigenze della fede viva della Chiesa: il sensus fidei del Popolo di Dio per il quale egli è stato chiamato al ministero. Da quelle risposte si deduce che per i cattolici polacchi la problematica del sacerdozio verte soprattutto sul momento stesso della vocazione sacerdotale. Viene giustamente concepita come una particolarissima chiamata personale di Cristo, come il prolungamento naturale della chiamata rivolta da Gesù agli Apostoli. Tutti i fedeli, nelle diverse forme dell'esistenza umana, cercano di condurre una vita in sintonia con la speciale intenzione di Dio contenuta nel Battesimo, ma la vocazione sacerdotale s'intende proprio nella sua peculiarità. A questo nuovo "vieni e seguimi" pronunciato in modo imperativo da Cristo, corrisponde, nella sensibilità dei nostri fedeli, la certezza che, al carattere personale di tale chiamata, deve seguire un impegno totale della persona. Riassumendo, si vive, letteralmente, l'espressione con la quale la lettera agli ebrei descrive il sacerdote, ossia ex hominibus assumptus (Ebrei, 5, 1).
Ciò spiega come, nonostante le difficoltà obiettive, i seminari siano oggetto di particolare attenzione da parte di tutti e vengano mantenuti grazie, esclusivamente, alle donazioni dei fedeli. E spiega anche la straordinaria partecipazione con cui - specialmente nelle comunità di provincia ma anche nelle grandi città - si seguono le ordinazioni sacerdotali e le celebrazioni delle prime Messe.
Possiamo continuare a servirci del modello del testo paolino per illustrare un secondo aspetto importante di questa coscienza dei cattolici polacchi relativa al sacerdozio: pro hominibus constituitur. I fedeli vedono nel sacerdote il sostituto e il seguace di Cristo, che sa affrontare con piacere qualsiasi sacrificio personale per la salvezza delle anime che gli sono state affidate. Hanno fiducia in lui e apprezzano soprattutto il suo zelo apostolico concreto e il suo instancabile spirito di sacrificio per il prossimo, realizzato nello spirito di Cristo. Ed è proprio insistendo su queste dimensioni dell'esistenza sacerdotale che penso si possa superare qualsiasi "crisi d'identità". Il sacerdote è utile alla società se riesce a utilizzare tutte le sue capacità fisiche e spirituali nello svolgimento del suo ministero pastorale. I fedeli non hanno bisogno di funzionari della Chiesa, o di efficaci dirigenti amministrativi, ma di guide spirituali, di educatori (fra la mia gente regna la convinzione che il cristianesimo possieda principi morali e possibilità educative insostituibili).
Tornando al documento sinodale, per vedere riflessa in esso la situazione polacca, sarebbe necessario apportare una lieve correzione: più che insistere sulla crisis identitatis, sarebbe bene mettere in evidenza la identificatio per vitam et ministerium che costituisce l'elemento più importante del modo in cui i nostri fedeli considerano il sacerdozio, alla luce di tutto ciò che hanno già sottolineato alcuni documenti conciliari come la Lumen gentium, e il Presbyterorum ordinis. Ciò non significa che i sacerdoti polacchi non guardino con gratitudine al compito realizzato dal Sinodo.

In numerosi Paesi occidentali, dove con l'industrializzazione si è diffusa una mentalità sempre più tipica della società secolarizzata, si parla di sacerdozio part-time, e di attività professionali dei sacerdoti. Come considera, Eminenza, questo problema rispetto a quello della scarsità del clero?

Il documento finale del Sinodo risponde a questa domanda in termini essenziali. Nella parte dedicata ai principi dottrinali si legge: "La permanenza per tutta la vita di questa realtà che imprime un segno, la quale è dottrina di fede e, nella tradizione della Chiesa, prende il nome di carattere sacerdotale, serve ad esprimere il fatto che Cristo si è associata irrevocabilmente la Chiesa per la salvezza del mondo, e che la Chiesa stessa è consacrata a Cristo in modo definitivo, affinché la sua opera abbia compimento. Il ministro, la cui vita reca il suggello del dono ricevuto attraverso il sacramento dell'Ordine, ricorda alla Chiesa che il dono di Dio è definitivo". In accordo con tutta la tradizione, il Sinodo ha affermato che il sacerdozio ministeriale, come frutto della particolare vocazione di Cristo, è un dono di Dio nella Chiesa e per la Chiesa; e questo dono, una volta accettato dall'uomo nella Chiesa, è irrevocabile. In effetti, il Sinodo ha riaffermato che "questa peculiare partecipazione al sacerdozio di Cristo non scompare in alcun modo, sebbene il sacerdote sia dispensato o rimosso dall'esercizio del ministero per motivi ecclesiali o personali". Nella pratica è la Chiesa che, attraverso il vescovo, chiama determinati individui al sacerdozio e lo trasmette loro in modo sacramentale, ma questo non deve far dimenticare che l'autore del dono, colui che ha istituito il sacerdozio, è Dio stesso. "Attraverso l'imposizione delle mani viene comunicato il dono indelebile dello Spirito Santo (cfr. 2 Timoteo, 1, 6). Tale realtà configura e consacra a Cristo sacerdote il ministro ordinato e lo rende partecipe della missione di Cristo nel suo duplice aspetto, di autorità e di servizio. Questa autorità non è propria del ministro: essa è, infatti, la manifestazione della exousìa, cioè della potestà del Signore, in virtù della quale il sacerdote svolge il ruolo di ambasciatore nell'opera escatologica della riconciliazione (cfr. 2 Corinzi, 5,18-20)". Che dire pertanto del sacerdote part-time? Anche qui la risposta ce la dà il documento finale del Sinodo: "come norma ordinaria, si deve attribuire tempo pieno al ministero sacerdotale. Per nulla, infatti, è da considerare quale fine principale la partecipazione alle attività secolari degli uomini, né può essa bastare ad esprimere la specifica responsabilità dei presbiteri". Si tratta pertanto di fornire una risposta adeguata alla domanda: che cos'è il sacerdote? e in tale ottica il Sinodo riprende le parole della Presbyterorum ordinis: i presbiteri, senza essere del mondo e senza avere il mondo come esempio, devono tuttavia vivere nel mondo (cfr. Presbyterorum ordinis, 3, 17; Giovanni, 17, 14-16) come testimoni e dispensatori di un'altra vita diversa da questa vita terrena (cfr. Presbyterorum ordinis, 3). Solo partendo da queste premesse si può trovare una soluzione realistica e conforme alla fede. Il Sinodo non ha dimenticato che anche in epoche passate della storia della Chiesa ci sono stati sacerdoti che si sono dedicati ad attività extra-sacerdotali, ma esercitandole sempre in stretta connessione con la specifica missione pastorale; per questo, "per determinare, nelle circostanze concrete, quale convenienza vi sia tra le attività profane ed il ministero sacerdotale, bisogna chiedersi se e come quelle funzioni e attività servano sia alla missione della Chiesa, sia agli uomini non ancora evangelizzati, sia, infine, alla comunità cristiana, a giudizio del Vescovo locale col suo presbiterio, e dopo aver consultato, in quanto è necessario, la Conferenza Episcopale". La decisione del vescovo o della Conferenza episcopale dovrebbe quindi tener conto di queste premesse. Infine, per quanto riguarda lo svolgimento delle attività propriamente extra-sacerdotali, il Sinodo lo consente, ma con alcune importanti precisazioni: "Quando codeste attività, ordinariamente di spettanza dei laici, siano richieste dalla stessa missione evangelizzatrice del presbitero, devono essere poste in armonia con le altre attività del ministero, dal momento che si possono considerare, in quelle circostanze, come modalità necessarie di un vero ministero (cfr. Presbyterorum ordinis, 8)". Il Sinodo si è pertanto assunto la responsabilità di proteggere la Chiesa dal rischio di sminuire il dono divino del sacerdozio. Conforme a questo stesso senso di responsabilità, ritengo che si debba inquadrare nelle sue giuste dimensioni il problema della scarsità del clero; non si può pensare di risolvere le difficoltà derivanti dalla quantità rinunciando alla qualità. Si tratta di migliorare l'impiego del sacerdote nella Chiesa, senza però dimenticare che solo "il Signore della Messe" può moltiplicare questo dono e che agli uomini spetta accoglierlo con la disposizione che per sua natura esso richiede.

Dalle sue parole si può desumere che la crisi che ha coinvolto il sacerdozio deriva soprattutto da difficoltà di fede e dalla mancanza di una genuina spiritualità sacerdotale nella Chiesa di oggi. Le sembra tuttavia che, al di là di questa crisi, agisca anche una cultura enormemente scristianizzata? Il Sinodo, a cui lei ha fatto riferimento, ha affrontato anche questo aspetto: qual è la sua opinione al riguardo?

Durante i lavori sinodali si parlò molto di crisi d'identità del sacerdote, inquadrandola in una crisi d'identità più essenziale della Chiesa stessa. Certe espressioni però mi sembra che restino vaghe: è chiaro che più che a una crisi obiettiva, in esse si alludeva a una coscienza soggettiva di crisi. Chiarito ciò, passo a rispondere direttamente alla sua domanda. Il documento finale sul sacerdozio, sebbene abbia evitato l'espressione "Crisi d'identità" - usata invece nel documento preparatorio - proprio nei punti dedicati a illustrare tale crisi, evoca questa idea. Ecco un esempio: "Dinanzi a tale realtà in alcuni nascono queste inquietanti domande: Esiste o non esiste una ragione specifica del ministero sacerdotale? È o non è necessario questo ministero? È permanente questo sacerdozio? Che cosa vuol dire oggi essere sacerdote? Non sarebbe sufficiente per il servizio delle comunità poter contare su alcuni presidenti designati per servire il bene comune, senza che debbano ricevere l'ordinazione sacerdotale e che esercitino il loro incarico temporaneamente?". Si può senza dubbio affermare che domande come questa sono nate storicamente nell'ambito teologico, facendo appello a presupposti teorici elaborati sistematicamente da alcuni teologi come forma di contestazione alla metodologia teologica tradizionale. Ma una volta formulati e comunicati all'opinione pubblica ecclesiale, esprimono un atteggiamento di contestazione esistenziale più profonda. Il testo si preoccupa proprio di ricostruire la genesi di questo secondo tipo di contestazione e a tale riguardo continua a riferirsi all'ambito globale della cultura contemporanea. "Le questioni anzidette, che in parte sono nuove ed in parte erano già note da tempo, ma che si presentano oggi in forma nuova, non possono esser comprese fuori dal contesto globale della cultura moderna, la quale dubita molto del suo stesso significato e valore. I nuovi ritrovati della tecnica suscitano speranze eccessivamente entusiastiche ed insieme profonde ansietà. Ci si domanda, giustamente, se l'uomo potrà essere capace di dominare la sua opera e di indirizzarla verso il progresso. Alcuni, soprattutto i più giovani, hanno una concezione pessimistica intorno al significato di questo mondo e cercano salvezza in sistemi puramente meditativi, o in paradisi artificiali e appartati, estraendosi da quello che è lo sforzo comune dell'umanità. Altri, animati da una grande speranza utopistica senza alcun riferimento a Dio, si impegnano nella conquista di uno stato di liberazione totale e trasferiscono dal presente al futuro il significato di tutta la loro personale esistenza. In tal modo, risultano profondamente scompaginate l'azione e la contemplazione, il lavoro e lo svago, la cultura e la religione, l'aspetto immanente e quello trascendente della vita umana".
Il problema è: è giusta questa diagnosi? O meglio: spiega veramente tutto? Ossia, questo contesto della cultura contemporanea è veramente globale? I membri dell'Episcopato polacco, che devono affrontare difficoltà di ogni sorta, tendono a sostenere che il documento generalizza un insieme di sintomi caratteristici del mondo occidentale con grande sviluppo tecnologico: la situazione della Chiesa in altri Paesi presenta aspetti molti diversi.
Il Sinodo, certamente, non ignorò questa realtà: "Sappiamo bene che esistono regioni del mondo, nelle quali fino ad ora meno si avverte quella profonda trasformazione culturale, e che le questioni, che sono state sopra richiamate, non si pongono dappertutto, né da parte di tutti i sacerdoti, né dallo stesso punto di vista". Ebbene, in Polonia, forse per l'influenza di un regime politico e socioeconomico diverso, la trasformazione culturale non solo si avverte meno, ma anche in modo abbastanza diverso. Dai sondaggi condotti di recente fra i sacerdoti polacchi si desume che fra noi non si può parlare né di crisi d'identità del sacerdote, né di crisi d'identità della Chiesa. Nell'impatto con l'ideologia marxista e il suo ateismo programmato e diffuso in modo propagandistico, la Chiesa non ha perso la propria identità. Le crisi, quando ci sono, sono individuali; e qui torniamo al problema della fede e della spiritualità. La fede è una grazia soprannaturale che si sviluppa nelle circostanze più diverse e contraddittorie. In questo tempo, posto che l'incremento del progresso materiale comporta forti tensioni nella vita spirituale, penso che si debba sottolineare che la sua risoluzione radicale dipende da un incremento proporzionale della vita della fede. È stata sempre questa, al di là delle diagnosi, la risposta fondamentale del Sinodo.

Parallelamente alla missione di promuovere e di garantire la fede (Magistero) c'è la funzione di orientare i credenti, trasmettendo loro fedelmente le indicazioni magisteriali. Potrebbe in tal senso spiegare l'allusione fatta poco fa alla teologia?

Non si tratta solo della teologia, bensì in generale, della formazione dell'opinione pubblica nella Chiesa. In questo settore svolgono un ruolo determinante i mass media, che, come è noto, si strutturano in base a leggi proprie. Questi, naturalmente, non possono agire a detrimento della loro fedeltà al messaggio. Il problema è così reale che lo stesso Sinodo se ne fece eco nel documento sulla giustizia con queste parole: "La coscienza del nostro tempo esige la verità nei sistemi di comunicazione sociale, il che include anche il diritto all'immagine obiettiva diffusa dagli stessi mezzi e la possibilità di correggere la sua manipolazione". La Chiesa ha trattato la problematica della comunicazione in modo sempre più positivo e fiducioso (basti pensare al decreto conciliare Inter mirifica e all'istruzione Communio et progressio), ma allo stesso tempo non si può occultare l'esistenza oggettiva del rischio che i mezzi di comunicazione ledano il diritto alla verità e diventino uno dei principali centri d'ingiustizia nel mondo contemporaneo. Per questo, assegnando ai mass media la loro giusta finalità, il testo sinodale afferma esplicitamente: "Questo tipo di educazione, dato che rende tutti gli uomini più integralmente umani, li aiuterà a non continuare ad essere in futuro oggetto di manipolazioni, né da parte dei mezzi di comunicazione, né da parte delle forze politiche, ma, al contrario, li renderà capaci di forgiare il proprio destino e di costruire comunità veramente umane".
Questi testi toccano il nostro tema, anche se in un certo senso lo trascendono: aiutano a dissipare gli equivoci che nascono quando si passa dal piano della vita della Chiesa - al quale pastori e teologi apportano il loro specifico contributo, rimanendo fedeli al ministero pastorale e sacerdotale - al piano della comunicazione e della creazione di un'opinione pubblica. Ritengo pertanto giustificate le preoccupazioni dei padri sinodali per evitare che, nel passaggio delle comunicazioni sociali, si deformino elementi che sono fondamentali per la vita della Chiesa. Si tratta di porre in atto un movimento di sensibilizzazione che promuova nei responsabili della comunicazione una maggiore consapevolezza della loro responsabilità nell'edificazione della Chiesa secondo la volontà di Cristo, individuando con realismo quei fattori che - per interessi di parte e per un diffuso spirito di divismo - influiscono in modo negativo.

Fra le raccomandazioni rivolte ai sacerdoti dal Magistero ecclesiastico recente, spicca, per la su frequenza, la messa in guardia contro la tentazione di adattare l'annuncio della parola e i criteri di azione pastorale alla mentalità mondana. Visto che questa mentalità si mostra sempre più intrisa d'ideologia permissiva, tanto che si parla già apertamente di "teologia permissiva", ritiene che sia necessario estendere tale monito anche ai teologi?

Il permissivismo e le sue manifestazioni nell'ambito teologico sono fenomeni tipici della società occidentale che, in Paesi come la Polonia, hanno un'influenza per ora piuttosto relativa. Come osservatore dal di fuori posso quindi solo limitarmi a fare considerazioni generali.
In primo luogo è chiaro che all'origine del permissivismo c'è una concezione esclusivamente orizzontale - e per questo un po' riduttiva - della libertà. La libertà è l'elemento costitutivo della dignità della persona ininterrottamente proclamato e difeso dal pensiero cristiano. Occorre però anche tener presente che la libertà cristiana non è mai un fine in se stesso. È piuttosto forzatamente finalizzata: è il mezzo per il conseguimento del vero bene. L'errore di prospettiva del permissivismo consiste nel capovolgere l'obiettivo: il fine diviene la ricerca della libertà individuale, senza alcun riferimento al bene con cui la libertà s'impegna. La conseguenza pratica è che, al di fuori della finalizzazione del bene, la libertà si trasforma in abuso, e invece di fornire alla persona l'ambito per la sua autorealizzazione, determina il suo svuotamento e la frustrazione. Della libertà non resta altro che lo slogan. È indubbio che una simile impostazione sia da considerare assolutamente contraria ai criteri che devono orientare una retta teologia e una efficace azione pastorale. Teologi e pastori devono, in tale situazione, interrogarsi incessantemente sui veri valori cristiani. L'uomo porta la norma della sua libertà - secondo l'espressione paolina - in "vasi di creta" (2 Corinzi, 4, 7). Le tentazioni sono molte, ma altrettante sono le possibilità di recuperare. Si potranno evitare molte confusioni non chiudendosi ai problemi della società permissiva, ma piuttosto ricordando che deve essere il messaggio cristiano - il suo radicamento nella coscienza naturale - e non il permissivismo, a dettare le leggi della lotta per l'autentica libertà, che è anche sempre una delle componenti indispensabili nella missione della Chiesa.

Qual è, a suo giudizio, Eminenza, l'insegnamento che i sacerdoti di oggi, e in particolare i sacerdoti polacchi, possono trarre da una figura come quella di Massimiliano Kolbe?

Il fatto che Massimiliano Maria Kolbe sia stato beatificato durante i lavori del Sinodo attribuisce alla sua figura - come ha sottolineato il cardinale Duval, presidente di turno dell'assemblea sinodale - un significato che valica i confini nazionali e fa di lui un esempio per tutti i sacerdoti: il simbolo di un tempo segnato da crudeltà disumane, ma anche da consolanti episodi di santità. Poi, per noi polacchi, la sua beatificazione acquista chiaramente un carattere particolare: ai più anziani fra noi sacerdoti ricorda i tormenti subiti con il resto della popolazione nei campi di sterminio, dove il dolore e la solidarietà prepararono la Chiesa in Polonia a nuove prove. Ma per i più giovani, padre Kolbe rappresenta un'indicazione di quanto il sacerdote deve esigere a se stesso nel servizio agli altri.
Si possono anche considerare paradigmatici altri aspetti della sua personalità (basti pensare alla sua devozione a Nostra Signora e alla sua azione apostolica nella stampa). Tutta la sua figura, tanto intimamente raffigurata dalla croce, è un appello pressante alla finalità apostolica della vocazione cristiana e alla totale rinuncia a se stessi, che costituisce una dimensione costante dell'esistenza sacerdotale.

(©L'Osservatore Romano 2 aprile 2011)


In due libri (e nei disegni) di Philipp e Caroline von Ketteler e di don Marcello Cruciani


Il segreto del parroco del mondo

di SILVIA GUIDI

"A proposito: se uno di voi trovasse la mia canoa, che ho lasciato sui laghi tra le montagne di Masuren, può usarla fino alla fine della sua vita. Gliela regalo": la vignetta che conclude L'amico Karol. Giovanni Paolo II, la sua vita raccontata ai bambini di Philipp e Caroline von Ketteler (Venezia, Marcianum Press, 2011, pagine 70, euro 13) non raffigura, volutamente, il protagonista del libro, ma ne sintetizza visivamente il messaggio: la celebre canoa ormeggiata in tutta fretta sulla riva del lago - la notizia della nomina a vescovo di Cracovia lo raggiunse durante un'escursione lungo il fiume Lyne - indica il cammino della vita, diretto verso orizzonti infiniti, ma percorso ogni giorno grazie ai piccoli, faticosi, apparentemente insignificanti colpi di pagaia del quotidiano.
L'amico Karol - ma il titolo originale è molto più bello, Karols Geheimnis, il "segreto di Karol" - racconta ai bambini l'infanzia del piccolo Lolek, il suo amore per il teatro, la letteratura e lo sport, senza omettere gli aspetti drammatici di una vita segnata dalla perdita prematura delle persone più care; la madre, scomparsa quando Karol aveva solo nove anni, la sorella Olga e l'amatissimo fratello maggiore Edmund: narrando questi episodi, i disegni a colori vivaci sfumano nel monocromo blu per indicare il dolore di un passato sereno che si allontana e la durezza della prova presente.
"Leggi, Lolek, prega e leggi! Solo così imparerai a sopportare la tristezza" ripete il padre al suo bambino, che riesce ad "attraversare" la sofferenza impegnando tutto se stesso nello studio e lasciandosi sostenere dall'affetto degli amici: con loro va a nuotare, organizza lunghe gite in bicicletta, gioca a hockey su ghiaccio, pattina e impara a sciare. Una passione, quella per la neve, che continuerà anche negli anni della maturità e delle "chiavi pesanti" del ministero di successore di Pietro; una celebre foto lo ritrae nel 1984 sull'Adamello in perfetta tenuta da sci; altre immagini simili sono state recentemente raccolte da Roberto e Stefano Calvigioni a corredo del libro Lo sport in Vaticano appena pubblicato (Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2011, pagine 180, euro 16). Philipp e Caroline von Ketteler, gli autori di L'amico Karol, raccontano in modo sintetico e chiaro anche le ferite più profonde della storia: le minacce alla Chiesa, le lunghe ombre della guerra e dell'ideologia totalitaria: "In Polonia la vita era diventata ancora più difficile. Un uomo di nome Stalin era salito al potere in Russia. Poiché la Polonia era strettamente legata alla Russia, Stalin decideva quello che doveva succedere anche in Polonia. Stalin sosteneva che bisognasse togliere tutto agli uomini, anche la fiducia in Dio e la Verità. Perciò, più nessuno sembrava dare più importanza alla Verità. E poiché questo era ciò che la Chiesa rappresentava, i preti furono deportati e uccisi e le chiese vennero chiuse. Chiunque aveva fiducia in Dio per i comunisti rappresentava un pericolo". La stessa semplicità e chiarezza di narrazione, unite a una simile scelta di rappresentare per immagini la vita di Giovanni Paolo II, si possono ritrovare nell'ultimo libro di don Marcello Cruciani, sacerdote dal 1982 e parroco del Crocifisso a Todi. Ogni settimana don Cruciani pubblica una sua vignetta sul settimanale "La Voce" delle diocesi dell'Umbria; tra i volumi che ha pubblicato, c'è anche una Vita Francisci (Todi, 2010) una sorridente biografia a fumetti in cui il santo di Assisi dialoga attraverso gli episodi più celebri della sua vita con i miti della contemporaneità. "Questo piccolo lavoro - si legge nella quarta di copertina di Don Karol parroco del mondo (Todi, Tau editrice, 2011, pagine 31, euro 1) - presenta in modo semplice ed agile la vita di Giovanni Paolo II ed è illustrato dallo stesso autore del testo con i fatti salienti della sua vita; è un opuscolo popolare, adatto alla gente che non ha molto tempo da dedicare alla lettura ma che senz'altro è affascinata dalla vita di uno dei più grandi uomini della storia recente".
Il Papa- scrive don Cruciani - "non trova solo applausi; viene più volte contestato ma tutto questo non lo spaventa, come afferma durante una catechesi: "Guai se il romano Pontefice si spaventasse delle critiche e delle incomprensioni". Non è un propagandista, è un innamorato; la preghiera e, soprattutto, la celebrazione dell'Eucaristia sono il respiro delle sue giornate. Giornate intense, faticose, dove il colloquio con Dio rimane sempre al primo posto. I collaboratori sono attenti a non farlo passare durante gli spostamenti dei suoi numerosi viaggi, di fronte ad un tabernacolo con il Santissimo Sacramento, perché il Papa si sarebbe prostrato in adorazione, creando ritardi sulla tabella di marcia. Ha una certezza granitica: il primo compito del Papa verso la Chiesa e verso il mondo è pregare".

(©L'Osservatore Romano 2 aprile 2011)


La profonda spiritualità mariana di Karol Wojtyla

L'architettura è fatta di amore e correttezza

di GIOVANNI COPPA
Cardinale diacono di San Lino

L'amore di Giovanni Paolo II per la Vergine fu un amore sconfinato. Non ha mai tralasciato occasione per parlare di Maria. Le ha dedicato l'enciclica Redemptoris Mater: la redenzione è stata infatti il filo conduttore del suo magistero petrino. Inoltre l'ha onorata non solo col suo ministero di Sommo Pontefice, ma anche in tante altre forme.
Fin dall'inizio ha voluto recitare per tanti anni il Rosario ogni primo sabato del mese, insieme con i fedeli in Vaticano. Con la sua fantasia instancabile ha arricchito il rosario con i misteri della luce. E ormai quasi alla fine del pontificato, ha celebrato l'Anno del rosario, che ha avuto tanti frutti di devozione e di rinnovamento spirituale. Ricordo poi i suoi pellegrinaggi a Lourdes e a Fátima. In ogni suo viaggio, inoltre, ha programmato una visita ai più importanti santuari mariani del mondo.
So con quanto desiderio voleva che un'immagine della Madonna campeggiasse nella basilica Vaticana, dove del resto ci sono stupende cappelle a Lei dedicate. E volle che almeno il Palazzo Apostolico mostrasse un'immagine della Madonna, che si leva, alta e materna, su piazza San Pietro.
Tutti sanno che il motto da lui scelto prima della sua ordinazione episcopale è Totus tuus. Il futuro Papa trasse queste parole dalla preghiera di un grande santo mariano, Luigi Maria Grignion de Montfort. Ebbene, il Papa non solo recitava ogni giorno quella preghiera, ma ne scriveva un brano su ogni pagina dei testi autografi delle sue omelie, dei discorsi, delle encicliche, in alto a destra del foglio. Nella prima pagina metteva l'inizio della preghiera: Tuus totus ego sum, "Io sono tutto tuo"; nella seconda, Et omnia mea tua sunt, "E tutte le cose mie sono tue"; nella terza, Accipio Te in mea omnia, "Ti accolgo in tutte le cose mie"; nella quarta, Praebe mihi cor tuum, "Dammi il tuo cuore". E così proseguiva su ogni pagina, ripetendo, se necessario, le singole invocazioni, finché non aveva terminato di scrivere. Negli archivi della Segreteria di Stato vi sono migliaia di queste pagine, dove Giovanni Paolo II ha manifestato in modo così intimo e commovente il suo amore alla Madonna.
Questo amore sconfinato a Maria nasceva dall'amore che egli aveva per Cristo. Amare Gesù è il fulcro di tutta la nostra vita. E se ciò è vero per ogni cristiano, tanto più lo è per il Papa. È una cosa tanto ovvia che potrebbe sembrare inutile sottolinearla. Ma vi accenno, perché ho un ricordo particolare, che riguarda l'ultima visita apostolica che Giovanni Paolo II compì nel 1997 nella Repubblica Ceca.
Era già venuto in Cecoslovacchia nel 1990, appena caduto il muro di Berlino, fermandosi a Praga, Velehrad e Bratislava. Nel 1995 venne per la seconda volta, sostando a Praga, in Boemia, e a Olomouc, in Moravia. Era già sofferente. Cominciava a portare il bastone e ci scherzava sopra con i giovani, sempre entusiasti di stringersi attorno a lui. Ma era ancora in forze, tanto da fare le scale senza ascensore.
La prima sera, dopo l'arrivo e la cena con i vescovi, sostò in cappella davanti al Santissimo. Le suore avevano preparato per lui un grande inginocchiatoio, ma egli preferì pregare nel banco. Io lo accompagnai, attendendo fuori della cappella. La sera seguente fui trattenuto da impegni e telefonate urgenti, e non potei accompagnarlo in cappella. Ci arrivai dopo, quando era già inginocchiato. Prima di entrare avevo udito come una musica indistinta, e quando aprii silenziosamente la porta, sentii che, inginocchiato nel banco, cantava sommessamente davanti al tabernacolo. Il Papa cantava sottovoce davanti a Gesù Eucaristia: il Papa e Cristo nell'Ostia, Pietro e Cristo. Fu per me una cosa sconvolgente, un fortissimo richiamo alla fede e all'amore per l'Eucaristia, e alla realtà del ministero petrino. Non ho più dimenticato quell'esile canto, che era come un colloquio d'amore con Cristo. Ho raccontato una sola volta questo episodio, in Repubblica Ceca, ma è bene che sia noto, tanto più ora che si avvicina la sua beatificazione, perché dice magnificamente che dobbiamo avere un legame sempre vivo, intimo e profondo con Gesù, vivente nell'Eucaristia. E dimostra, in modo superlativo, che Giovanni Paolo II è stato veramente un innamorato di Cristo.
Infine, vorrei sottolineare l'amore dei popoli slavi per il Pontefice polacco. Nel 1990 fui inviato in Cecoslovacchia, che due anni dopo si divise pacificamente in due Stati, la Repubblica Ceca e la Slovacchia. Questo è stato il regalo più grande che mi abbia fatto Giovanni Paolo II, dopo quello di avermi ordinato vescovo. Ricordo che, ancora la vigilia della mia partenza per Praga, lo vidi all'eliporto vaticano, di ritorno da una visita in una diocesi italiana, e gli dissi: "Padre Santo, domani parto, e finalmente vedrò anch'io, in Slovacchia, i "suoi" monti Tatra". Ma lui, sorridendo bonariamente, mi disse. "Oh! I Tatry sono molto più belli dal versante polacco che non da quello slovacco!".
L'esperienza come nunzio apostolico è stata la più intensa che io abbia fatto. In quegli anni, potei toccare con mano quanto il Papa fosse amato dal popolo ceco e slovacco, a cominciare dalle autorità. Il presidente Havel mi disse due volte che Giovanni Paolo II aveva svolto un ruolo fondamentale nella caduta del comunismo: "Certamente - sosteneva - ci furono anche altre cause per la vittoria della libertà sul comunismo, ma, senza di lui, il risultato non sarebbe stato così subitaneo e inatteso". Altre volte mi sottolineò che i suoi colloqui col Papa erano sempre molto informali e cordiali: "Lui parla in polacco, io in ceco - diceva - e ci intendiamo molto bene".
Ciò che gli attirava le simpatie di tutti era il fatto che fosse il primo Papa slavo della storia. La gente, che per quarant'anni era stata frastornata dalla propaganda ateistica, cominciava a capire che cos'era la Chiesa, quale mistero di comunione e di fratellanza portasse agli uomini insieme con la fede in Dio e l'amore di Cristo, negati per così lungo tempo. Anche per questo, Giovanni Paolo II è stato un grande dono di Dio alla Chiesa e all'umanità.

(©L'Osservatore Romano 2 aprile 2011)

Via "Blog degli amici di Papa Ratzinger"

VIDEO DA ORDENAÇÃO SACERDOTAL DO PAPA BENTO XVI EM 1951


Lembrança da Ordenação Sacerdotal
e da Primeira Missa de Bento XVI




quinta-feira, 31 de março de 2011

UCRAINA: MONS. SHEVCHUK, “PIENA, VISIBILE E REALE COMUNIONE” CON IL PAPA


“Siamo una Chiesa orientale, sinodale e cattolica”, e “oggi siamo venuti dal Santo Padre per manifestare questa nostra natura ecclesiale” e “confermare la nostra piena, visibile e reale comunione con il Successore di Pietro”. Esordisce così mons. Sviatoslav Schevchuk, neoeletto arcivescovo Maggiore di Kyiv-Halyč (Chiesa greco-cattolica ucraina), incontrando i giornalisti nella sala stampa della Santa Sede dopo essere stato ricevuto questa mattina da Benedetto XVI in udienza privata, insieme con il Sinodo permanente Ugcc. Mons. Schevchuk, 40 anni, dichiara che il Papa “sarà il benvenuto quando verrà in Ucraina” ma che “oggi non si è parlato di una sua visita imminente”, ed esprime gratitudine al Pontefice per la “conferma dell’elezione di un arcivescovo così giovane: è una manifestazione della sua fiducia nella mia persona”, ma precisa che nella sua Chiesa l’età media dei sacerdoti è intorno ai 35 anni. Richiamando la presenza dei rappresentanti delle tre Chiese ortodosse in Ucraina alla cerimonia della sua intronizzazione, lo scorso 27 marzo nella cattedrale della Resurrezione di Kyiv, l’arcivescovo parla di “un segno di speranza” per il futuro delle relazioni e per “il progresso del dialogo ecumenico”.

In tale ambito mons. Schevchuk auspica tra la Chiesa greco-cattolica e le Chiese ucraine ortodosse del patriarcato di Mosca, del patriarcato di Kyiv e autocefala, “dialogo costruttivo, cooperazione e convivenza” per “una alleanza strategica a difesa dei valori cristiani, in Ucraina e in Europa”. Tre in particolare, spiega al SIR, le priorità pastorali dell’Ugcc: “la nuova evangelizzazione, l’inculturazione e la presenza sociale nella società”. “Anche in Ucraina –afferma – dobbiamo contrastare l’ondata di secolarizzazione che viene dall’Europa. Il nostro tesoro di fede, consolidato dal sangue dei martiri, non deve andare perduto, ma deve essere trasmesso alle nuove generazioni”. Quanto all’inculturazione, “dobbiamo tradurre in ucraino i testi liturgici perché tradurli significa incarnare i valori cristiani nell’odierna cultura e avvicinarli alla gente”. Per mons. Schevchuk l’impegno della Chiesa deve esprimersi anche in termini di “presenza e servizio nella società ucraina postcomunista ispirati ai principi del magistero sociale della Chiesa”, ossia di contributo alla “ricostruzione del tessuto morale della società”.

Molti tuttavia i segni di speranza per il futuro della Chiesa e del Paese: l’alto numero delle vocazioni sacerdotali e religiose e “la nuova generazione di politici giovani e capaci”, con i quali, annuncia, “senza entrare nello specifico delle loro convinzioni politiche, ho intenzione di entrare in contatto”.

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Catequese do Papa: "Quem reza se salva", Santo Afonso Maria de Ligório


Intervenção na audiência geral de quatra-feira
CIDADE DO VATICANO, quarta-feira, 30 de março de 2011 (ZENIT.org) - Apresentamos, a seguir, a catequese dirigida pelo Papa aos grupos de peregrinos do mundo inteiro, reunidos na Praça de São Pedro para a audiência geral.

Queridos irmãos e irmãs:

Hoje eu gostaria de vos apresentar a figura de um santo Doutor da Igreja, a quem devemos muito, pois foi um eminente teólogo e mestre de vida espiritual para todos, especialmente para as pessoas simples. Ele é o autor da letra e da melodia de uma das canções natalinas mais famosas da Itália, ‘Tu scendi dalle stelle', além de muitas outras coisas.

Pertencente a uma família napolitana rica e nobre, Afonso Maria de Ligório nasceu em 1696. Dotado de grandes qualidades intelectuais, com apenas 16 anos se graduou em direito civil e canônico. Era o advogado mais brilhante do fórum de Nápoles: durante oito anos, ganhou todas as causas que defendeu. No entanto, sua alma estava sedenta de Deus e desejosa da perfeição; assim, o Senhor fez-lhe compreender que era outra a vocação à qual o chamava. De fato, em 1723, indignado pela corrupção e injustiça que assolou o ambiente à sua volta, ele abandonou a sua profissão - com ela, a riqueza e sucesso - e decidiu se tornar sacerdote, apesar da oposição paterna. Teve excelentes professores, que o introduziram no estudo da Sagrada Escritura, da História da Igreja e da mística. Adquiriu uma vasta cultura teológica, que começou a dar frutos quando, alguns anos mais tarde, ele começou seu trabalho de escritor. Foi ordenado sacerdote em 1726 e entrou, para o exercício do seu ministério, na Congregação diocesana das Missões Apostólicas. Afonso iniciou a evangelização e catequese entre os estratos inferiores da sociedade napolitana, a quem gostava de pregar e instruía nas verdades fundamentais da fé. Muitas dessas pessoas, pobres e modestas, às quais se dirigiu, frequentemente se dedicavam aos vícios e a operações criminosas. Pacientemente, ensinava-as a orar, incentivando-as a melhorar a sua maneira de viver. Afonso obteve excelentes resultados: no bairro mais miserável da cidade, multiplicavam-se grupos de pessoas que, no final da tarde, se reuniam em casas particulares e nas oficinas, para rezar e meditar sobre a Palavra de Deus, sob a orientação de um catequista formado por Afonso e por outros sacerdotes, que visitavam regularmente esses grupos de fiéis. Quando, a pedido do arcebispo de Nápoles, estas reuniões começaram a ser realizadas nas capelas da cidade, receberam o nome de "capelas noturnas". Isso foi uma verdadeira e apropriada fonte de educação moral, de reparação social, de ajuda mútua entre os pobres: ele pôs termo aos roubos, duelos, prostituição, até quase desaparecerem.

Ainda que o contexto social e religioso da época de Santo Afonso tenha sido muito diferente do nosso, as "capelas noturnas" são um modelo de atividade missionária e também podem inspirar-nos hoje para uma "nova evangelização", em especial dos mais pobres, e para construir uma convivência humana mais justa e fraterna. Aos sacerdotes foi confiado o dever de ministério espiritual, enquanto os leigos bem formados podem ser eficazes animadores cristãos, verdadeiro fermento evangélico dentro da sociedade.

Depois de ter pensando em ir evangelizar os povos pagãos, Afonso, aos 35 anos, entrou em contato com agricultores e pastores das regiões interiores do Reino de Nápoles e, estupefato pelo seu desconhecimento da religião e o estado de abandono em que se encontravam, decidiu deixar a capital e dedicar-se a essas pessoas, que eram pobres espiritual e materialmente. Em 1732, fundou a Congregação Religiosa do Santíssimo Redentor, que ficou sob a tutela de Dom Tommaso Falcoia e da qual se tornou superior. Estes religiosos, dirigidos por Afonso, foram autênticos missionários itinerantes, chegaram até as aldeias mais remotas, exortando à conversão e à perseverança na vida cristã, sobretudo através da oração. Ainda hoje, os Redentoristas, espalhados por muitos países do mundo, com novas formas de apostolado, continuam esta missão de evangelização. Penso neles com o reconhecimento, exortando-os a ser sempre fiéis ao exemplo de seu Santo Fundador.

Apreciado pela sua bondade e seu zelo pastoral, em 1762 Afonso foi nomeado bispo de ‘Sant'Agata dei Goti', ministério que deixou em 1775 por causa das doenças que sofria, por concessão do Papa Pio VI. O próprio Pontífice, em 1787, ao receber a notícia de sua morte, que ocorreu com muito sofrimento, exclamou: "Era um santo!". E ele estava certo: Afonso foi canonizado em 1839 e, em 1871, foi declarado Doutor da Igreja. Este título lhe foi concedido por muitas razões. Primeiro, ele propôs um rico ensinamento de teologia moral, que expressa adequadamente a doutrina católica, a ponto de ser proclamado pelo Papa Pio XII como "padroeiro de todos os confessores e moralistas". Em sua época, difundiu-se uma interpretação muito rígida da vida moral, talvez por causa da mentalidade jansenista, que, ao invés de alimentar a confiança e a esperança na misericórdia de Deus, fomentava o medo e apresentava um rosto de Deus severo e rígido, muito longe do revelado por Jesus. Santo Afonso, especialmente em sua principal obra, intitulada "Teologia Moral", propõe uma síntese equilibrada e convincente entre as exigências da lei de Deus, gravada em nossos corações, revelada plenamente por Cristo e interpretada com autoridade pela Igreja, e os dinamismos da consciência e da liberdade do homem, que, na adesão à verdade e ao bem, permitem a maturação e realização pessoal. Aos pastores de almas e confessores, Afonso recomendava que fossem fiéis à doutrina moral católica, assumindo, ao mesmo tempo, uma atitude caritativa, compreensiva, doce, para que os penitentes se sentissem acompanhados, apoiados e incentivados em sua jornada de fé e de vida cristã. Santo Afonso não se cansava de dizer que os padres são um sinal visível da infinita misericórdia de Deus, que perdoa e ilumina a mente e o coração do pecador, para que se converta e mude de vida. Na nossa época, na qual são claros os sinais de perda da consciência moral e - deve ser admitido - certa falta de apreço pelo Sacramento da Confissão, o ensinamento de Santo Afonso é ainda muito atual.

Junto às obras de teologia, Santo Afonso compôs muitos outros escritos, destinados à formação religiosa do povo. Seu estilo é simples e agradável. Lidas e traduzidas em várias línguas, as obras de Santo Afonso contribuíram para moldar a espiritualidade popular nos últimos dois séculos. Alguns desses textos oferecem grandes benefícios, ainda hoje, tais como "Máximas eternas", "As glórias de Maria", "A prática do amor a Jesus Cristo", obra - esta última - que representa a síntese do seu pensamento e sua obra-prima. Insiste muito na necessidade da oração, que permite abrir-se à graça divina para cumprir cotidianamente a vontade de Deus e obter a própria santificação. Com relação à oração, escreve: "Deus não nega a ninguém a graça da oração, com a qual se obtém a ajuda para vencer toda concupiscência e toda tentação. E digo, replico e replicarei sempre, durante toda a minha vida, que toda a nossa salvação está em rezar". Daí seu famoso axioma: "Quem reza se salva", de "Do Grande Meio da Oração e opúsculos afins" (Obras Ascéticas II, Roma, 1962, p. 171). Vem à minha mente, a propósito disso, a exortação do meu predecessor, o Venerável Servo de Deus João Paulo II: "As nossas comunidades cristãs devem tornar-se autênticas ‘escolas de oração' (...). É preciso, portanto, que a educação na oração de alguma forma se torne um ponto determinante de toda a programação pastoral" (Carta Apostólica ‘Novo Millennio Ineunte', 33 e 34).

Entre as formas de oração fortemente recomendadas por Santo Afonso, destaca-se a visita ao Santíssimo Sacramento ou, como dizemos hoje, a adoração, curta ou longa, pessoal ou comunitária, diante da Eucaristia. "Certamente - escreve Afonso -, entre todas as devoções, esta de adorar Jesus sacramentado é precisamente, depois dos sacramentos, a mais querida por Deus e a mais útil para nós. (...) Oh! Que belo é estar na frente de um altar com fé (...), apresentando nossas necessidades, como faz um amigo a outro, em quem confia totalmente!" ("Visitas ao Santíssimo Sacramento, a Nossa Senhora e a São José para cada dia do mês". Introdução). A espiritualidade de Afonso é, de fato, eminentemente cristológica, centrada em Cristo e em seu Evangelho. A meditação sobre o mistério da Encarnação e da Paixão do Senhor muitas vezes é o tema de sua pregação. Nestes eventos, a Redenção é oferecida a todos os homens "copiosamente". E justamente porque é cristológica, a piedade afonsiana é também eminentemente mariana. Muito devoto a Maria, Afonso ilustra o seu papel na história da salvação: sócia da Redenção e mediadora da graça, mãe, advogada e rainha. Além disso, Santo Afonso diz que a devoção a Maria nos confortará no momento da nossa morte. Ele acreditava que meditar sobre o nosso destino eterno, sobre o nosso chamado a participar para sempre da bem-aventurança de Deus, assim como a possibilidade trágica da condenação, ajuda a viver com serenidade e compromisso, e a enfrentar a realidade da morte mantendo sempre a confiança na bondade de Deus.

Santo Afonso Maria de Ligório é um exemplo de pastor zeloso, que conquistou as almas pregando o Evangelho e administrando os sacramentos, combinados com uma maneira de fazer baseada em uma bondade humilde e suave, que nascia de uma relação intensa com Deus, que é a Bondade infinita. Ele teve uma visão realista e otimista dos recursos do bem que o Senhor dá a cada homem e deu importância aos afetos e aos sentimentos do coração, além a mente, para poder amar a Deus e ao próximo.

Em conclusão, eu gostaria de recordar que o nosso santo, à semelhança de São Francisco de Sales, de que falei há algumas semanas, insiste em que a santidade é acessível a todos os cristãos: "O religioso por religioso, o leigo por leigo, o sacerdote por sacerdote, o casado por casado, o comerciante por comerciante, o soldado por soldado, e assim falando em todos os estados" ("A prática do amor a Jesus Cristo". Obras Ascéticas I, Roma, 1933, p. 79). Agradeçamos ao Senhor que, na sua providência, suscita santos e doutores em diferentes épocas e lugares, que falam a mesma linguagem para nos convidar-nos a crescer na fé e a viver com amor e alegria o nosso ser cristãos nas ações simples de todos os dias, para caminhar na via da santidade, no caminho rumo a Deus e à verdadeira alegria. Obrigado.

terça-feira, 29 de março de 2011

Vescovo italiano scrive sul Motu Proprio Summorum Pontificum e le sue conseguenze per la Liturgia



S.E. Rev.ma Mons. MARIO OLIVERI ,
LETTERA A PADRE NUARA, PONTIFICIA COMMISSIONE “ECCLESIA DEI”


Straordinaria importanza del Motu Proprio Summorum Pontificum di Benedetto XVI

Intervento sull’atto magisteriale e di supremo governo compiuto dal Papa Benedetto XVI con il Motu Proprio “Summorum Pontificum”, sui contenuti teologici della Liturgia antica


Rev.do e Caro Padre Nuara,
La Sua calorosa proposta, presentatami anche per iscritto, di un mio intervento al III Convegno sul Motu Proprio “ Summorum Pontificum ”, che avesse come argomento i contenuti teologici della Liturgia antica, non ha lasciato il mio animo indifferente, ma non ho – con mio grande rincrescimento – trovato la forza di superare una grossa difficoltà che proviene dalle condizioni di salute di un mio fratello, grande invalido, al quale mi lega un primario dovere di fraterna assistenza.
Poiché dovrò assentarmi da mio fratello dal 23 al 27 Maggio, per partecipare questa volta imperativamente all’Assemblea Generale della Conferenza Episcopale Italiana (per le ragioni familiari menzionate, sono già stato assente dall’Assemblea Generale Straordinaria dello Scorso Novembre), creerebbe grave ed insuperabile disagio la mia lontananza da casa anche nei giorni 13-15 Maggio.
Con tutta sincerità, posso dire che avrei partecipato molto volentieri al III Convegno sul “ Motu Proprio”, poiché sarebbe stata per me la felice – e credo feconda – occasione per esprimere ad un pubblico qualificato, ed avendo una “audience” molto ampia, le profonde convinzioni del mio animo di Vescovo circa la straordinaria importanza per la vita della Chiesa dell’atto magisteriale e di supremo governo compiuto dal Papa Benedetto XVI con detto “Motu Proprio”. Avrei potuto esporre le ragioni che hanno generato e generano in me tale convinzione. Voglia permettermi, caro Padre, di formularle brevemente con questo scritto, e quindi – se lo riterrà opportuno – farle risuonare in qualche momento del Convegno.
In tutto ciò che tocca la vera essenza della Chiesa è di vitale importanza mostrare in ogni tempo, ma ancor più nei momenti storici in cui si è data l’idea che tutto sia in perenne cambiamento, che non sono possibili mutamenti radicali che intacchino la sostanza degli elementi costitutivi della Chiesa stessa, e cioè la sua Fede, la sua realtà soprannaturale e dunque i suoi Sacramenti e quindi la sua Liturgia, il suo sacro ministero di governo (cioè la sua capacità soprannaturale di trasmettere tutti i doni da Cristo dati alla sua Chiesa per mezzo dei suoi Apostoli e perpetuati mediante la Successione Apostolica).
Il Motu Proprio “ Summorum Pontificum”, dichiarando che la Liturgia può essere celebrata nella sua forma antica, cioè nella forma in cui è stata celebrata per secoli sino alla “riforma” messa in atto dopo il Concilio Vaticano II, ha in maniera solenne sancito:
a)     L’immutabilità del contenuto della Divina Liturgia, e che quindi i cambiamenti che in qualche suo esteriore elemento o forma possono introdursi non possono mai essere tali da mutare la Fede della Chiesa che la Liturgia esprime, o da mutare il suo contenuto divino-sacramentale, il suo contenuto di grazia soprannaturale. Per portare un esempio: le variazioni esteriori nel Rito della Santa Messa,  o della Divina Eucaristia, non possono indurre o spingere ad avere un’altra concezione di fede circa il contenuto di Essa, né possono legittimamente indurre a pensare che nella sua celebrazione diventi superfluo o non necessario il ruolo celebrativo che compete soltanto a chi ha ricevuto sacramentalmente la capacità soprannaturale di agire “in persona Christi”; non possono soprattutto offuscare il carattere sacrificale della Santa Messa;
b)    Che la “riforma” post-conciliare non può legittimamente interpretarsi come una mutazione “in substantialibus”: se così è stato ritenuto, se qui o là si celebra nella forma che il Motu Proprio chiama “ordinaria” in modo da poter indurre in errore circa il vero contenuto della Divina Liturgia, in modo da offuscare anche minimamente la vera fede nel vero contenuto della Santa Messa o di altri Sacramenti, è necessario che avvengano delle correzioni, è quanto mai urgente addivenire ad una “riforma della riforma”, studiando accuratamente quali elementi della “riforma” post-conciliare siano tali da potersi interpretare non in continuità con la Liturgia antica, quali possono facilitare – se non indurre – celebrazioni non corrette; nell’immediato è necessaria una catechesi liturgica che dissipi ogni nebbia; è necessario che tutti gli abusi nella celebrazione non siano tollerati ma chiaramente corretti.
c)     È divenuto particolarmente imperativo rispettare chiarissimamente il legame inscindibile tra Fede e Liturgia, tra Liturgia e Fede; l’offuscamento della fede genera devastazione liturgica, devastazione nella “lex orandi”, e questa devastazione corrompe la fede, o almeno la offusca, la rende incerta.
Queste considerazioni avrebbero potuto essere in concreto mostrate da uno studio comparativo tra l’antica e la nuova forma del conferimento dell’Ordine Sacro, del Sacramento dell’Ordine, ma sono certo che ben saranno esposte e sviluppate con saggezza e competenza dagli Em.mi ed Ecc.mi Relatori del Convegno. Ad essi mi unisco con tutto l’animo e ad Essi dico la mia profonda comunione spirituale.
Invoco l’assistenza dello Spirito Santo sullo svolgimento del Convegno ed auspico che esso sia apportatore di molto bene alla Chiesa, a noi Vescovi ed a tutti i suoi ministri che debbono operare avendo ben presente che culmine e fonte di tutta la vita e  missione della Chiesa è la Divina Liturgia, la Celebrazione dei Divini Misteri.
A Lei, caro Padre, la mia distinta e devota stima.

               
Albenga, 8 Febbraio 2011


Suo aff.mo in Domino


+ Mario Oliveri
Vescovo di Albenga-Imperia
Membro della Congregazione per il
Culto Divino e la Disciplina dei Sacramenti


El crucifijo en el centro del altar en la Misa “hacia el pueblo”


Columna de teología litúrgica dirigida por Mauro Gagliardi
Por Mauro Gagliardi
ROMA, jueves 24 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- Desde tiempos remotos, la Iglesia estableció signos sensibles que ayudaran a los fieles a elevar el alma a Dios. El Concilio de Trento, refiriéndose en particular a la Santa Misa, motivó esta costumbre recordando que “Como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos [...] con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio [la Eucaristía] e introducir las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas” (DS 1746).
Uno de los signos más antiguos consiste en volverse hacia oriente para rezar. Oriente es símbolo de Cristo, el Sol de justicia. “Erik Peterson ha demostrado la estrecha conexión entre la oración hacia oriente y la cruz, conexión evidente como muy tarde en el periodo constantiniano. [...] Entre los cristianos se difundió la costumbre de indicar la dirección de la oración con una cruz sobre la pared oriental en el ábside de las basílicas, pero también en las habitaciones privadas, por ejemplo, de monjes y eremitas” (U.M. Lang, Rivolti al Signore, Siena 2006, p. 32).
“Si se nos pregunta hacia dónde miraban el sacerdote y los fieles durante la oración, la respuesta debe ser: ¡a lo alto, hacia el ábside! La comunidad orante durante la oración no miraba, de hecho, adelante al altar o a la cátedra, sino que elevaba a lo alto las manos y los ojos. Así el ábside llegó a ser el elemento más importante de la decoración de la iglesia, en el momento más íntimo y santo de la actuación litúrgica, la oración” (S. Heid, Gebetshaltung und Ostung in frühchristlicher Zeit, Rivista di Archeologia Cristiana 82 [2006], p. 369 [trad. mía]). Cuando, por tanto, se encuentra representado en el ábside Cristo entre los apóstoles y los mártires, no se trata sólo de una representación, sino más bien de una epifanía ante la comunidad orante. La comunidad entonces “elevaba las manos y los ojos 'al cielo'”, miraba concretamente a Cristo en el mosaico absidial y hablaba con él, le rezaba. Evidentemente, Cristo estaba así directamente presente en la imagen. Dado que el ábside era el punto de convergencia de la mirada orante, el arte proporcionaba lo que el orante necesitaba: el Cielo, desde el que el Hijo de Dios se mostraba a la comunidad como desde una tribuna” (ibid., p. 370).
Por tanto, “rezar y orar para los cristianos de la antigüedad tardía formaba un todo. El orante quería no sólo hablar, sino esperaba también ver. Si en el ábside se mostraba de modo maravilloso una cruz celeste o a Cristo en su gloria celeste, entonces por eso mismo el orante que miraba hacia lo alto podía ver exactamente esto: que el cielo se abría para él y que Cristo se le mostraba” (ibid., p. 374).
El Crucifijo en el centro del altar en la Misa “hacia el pueblo”
De los anteriores apuntes históricos, se deduce que la liturgia no se comprende verdaderamente si se la imagina principalmente como un diálogo entre el sacerdote y la asamblea. No podemos aquí entrar en los detalles: nos limitamos a decir que la celebración de la Santa Misa “hacia el pueblo” es un concepto que entró a formar parte de la mentalidad cristiana sólo en la época moderna, como lo han demostrado estudios serios y lo reafirmó Benedicto XVI: “La idea de que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la época moderna y es completamente extraña a la cristiandad antigua. De hecho, sacerdote y pueblo no dirigen uno al otro su oración, sino que juntos la dirigen al único Señor” (Teología de la Liturgia, Ciudad del Vaticano 2010, pp. 7-8).
A pesar de que el Vaticano II nunca tocó este aspecto, en 1964 la Instrucción Inter Oecumenici, emanada del Consilium encargado de llevar a cabo la reforma litúrgica querida por el Concilio, en el n. 91 prescribió: “Es bueno que el altar mayor se separe de la pared para poder girar fácilmente alrededor y celebrar versus populum”. Desde aquel momento, la posición del sacerdote “hacia el pueblo”, aún no siendo obligatoria, se convirtió en la forma más común de celebrar Misa. Estando así las cosas, Joseph Ratzinger propuso, también en estos casos, no perder el significado antiguo de oración “orientada” y sugirió superar las dificultades poniendo en el centro del altar el signo de Cristo crucificado (cf. Teología de la Liturgia, p. 88). Uniéndome a esta propuesta, añadí a mi vez la sugerencia de que las dimensiones del signo deben ser tales que lo hagan bien visible, so pena de poca eficacia (cf. M. Gagliardi, Introduzione al Mistero eucaristico, Roma 2007, p. 371).
La visibilidad de la cruz del altar está presupuesta por el Ordenamiento General del Misal Romano: “Igualmente, sobre el altar, o cerca de él, colóquese una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser vista sin obstáculos por el pueblo congregado” (n. 308). No se precisa, sin embargo, si la cruz debe estar necesariamente en el centro. Aquí intervienen por tanto motivaciones de orden teológico y pastoral, que en el estrecho espacio a nuestra disposición no podemos exponer. Nos limitamos a concluir citando de nuevo a Ratzinger: “En la oración no es necesario, es más, no es ni siquiera conveniente mirarse mutuamente; mucho menos al recibir la comunión. [...] En una aplicación exagerada y malentendida de la 'celebración de cara al pueblo', de hecho, se han quitado como norma general – incluso en la basílica de San Pedro en Roma – las Cruces del centro de los altares, para no obstaculizar la vista entre el celebrante y el pueblo. Pero la Cruz sobre el altar no es impedimento a la visión, sino más bien un punto de referencia común. Es una 'iconostasis' que permanece abierta, que no impide el recíproco ponerse en comunión, sino que hace de mediadora y que sin embargo significa para todos esa imagen que concentra y unifica nuestras miradas. Osaría incluso proponer la tesis de que la Cruz sobre el altar no es obstáculo, sino condición preliminar para la celebración versus populum. Con ello volvería a estar nuevamente clara también la distinción entre la liturgia de la Palabra y la plegaria eucarística. Mientras en la primera se trata de anuncio y por tanto de una inmediata relación recíproca, en la segunda se trata de adoración comunitaria en la que todos nosotros seguimos estando bajo la invitación: ¡Conversi ad Dominum – dirijámonos al Señor; convirtámonos al Señor!” (Teología de la Liturgia, p. 536).

Fuente:Zenit
Traducción: Inma Álvarez