sábado, 7 de março de 2009

La primera Santa Misa en la Forma Extraordinaria del Rito Romano de un seminarista


La Buhardilla nos ofrece la traducción del testimonio de un seminarista norteamericano que ha participado, por primera vez, en la celebración de la Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito romano. Se trata del Hermano Thaddeus Lancton MIC, un seminarista residente en Steubenville, Ohio.

Recuerdo la voz de mi padre cuando conversando, varios años atrás, me dijo: “Et cum spiritu tuo le decíamos a los sacerdotes en latín”. Es decir: “Y con tu espíritu”.

Él usaría estas palabras en su rol de acólito. Hoy soy, como él, un acólito. Pero a diferencia de mi padre, nunca había acolitado en una Misa Tridentina, la Misa que fue codificada en el Concilio de Trento y que tuvo muy pocos cambios en la forma en que fue celebrada hasta el Vaticano II, cuando fue introducida una nueva forma del Rito Latino.

Gracias al Papa Benedicto XVI, sin embargo, la forma extraordinaria del Rito Latino está ahora al alcance de todos.

Mientras me preparaba con mis hermanos Marianos para la celebración de la forma extraordinaria el día de los Fieles Difuntos en nuestra capilla de Steubenville, Ohio, recuerdo que presté atención a las muchas pinturas en las paredes de la capilla. Estaban el Beato Estanislao Papczynski (1631-1701), fundador de la Congregación de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. El Beato Jorge Matulaitis-Matulewicz (1871-1927), renovador Mariano. Y los mártires marianos de Rosica, Bielorrusia, el Beato Jorge Kaszyra (1904-1943) y el Beato Antonio Leszczewicz (1890-1943).

“Ésta es la forma de la Misa que todos ellos celebraron”, destacó el Padre John Larson, MIC.

En nuestra casa en Steubenville he tenido el privilegio de acolitar en algunas misas “no solemnes”. Pero el 1º de febrero, tuve el don de ser el acólito “del lado de la epístola” para una Misa solemne. La Universidad Franciscana de Steubenville pide a un sacerdote que celebre la forma extraordinaria una vez al mes en la Misa de las 4:00 de la tarde de domingo.

Mientras acolitaba, me sentí paralizado ante la Cruz de San Damián y la imagen de María, nuestra Madre. Me di cuenta de la dignidad del sacerdote: el mismo Padre John, con quien como, rezo, y juego al Uno y al Scrabble. Allí estaba, ofreciendo el Sagrado Cuerpo y la Preciosa Sangre de Jesús. Me sentí tocado por la reverencia, la atención y la devoción de aquellos que participaban. Todos tuvieron paciencia para aguardar al Padre John que distribuía la Santa Comunión a alrededor de 200 estudiantes.

Durante la Misa, hay oportunidad para el silencio. Aunque amo el Novus Ordo – la Misa regular –, este silencio me ha enseñado cómo rezar verdaderamente en la Misa. Me ha enseñado cómo experimentó la Misa Santa Faustina, y cómo comenzó originalmente [el mensaje de] la Divina Misericordia. He buscado la palabra Misa en el glosario del Diario de Santa Faustina, y me he dado cuenta que muchas de sus visiones de Jesús ocurrieron durante la Sagrada Liturgia:

4 de junio de 1937: Hoy es la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús. Durante la Santa Misa, me fue dado el conocimiento del Corazón de Jesús y de la naturaleza del fuego de amor en el que Él arde por nosotros, y cómo Él es un océano de Misericordia.

22 de marzo de 1937: Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la Cruz, en medio de grandes tormentos. Un suave gemido brotaba de Su Corazón. Después de un tiempo, Él dijo: “Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas. Ayúdame, hija Mía, a salvar almas. Une tus sufrimientos a Mi Pasión, y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores”.

El lenguaje de esta forma extraordinaria habla de un misterio, de un misterio de misericordia. Mientras hay menos “participación” de los laicos, hay mucho más silencio. En Is 30, 15, leemos: “Porque así habla el Señor, el Santo de Israel: en la conversión y en la calma está la salvación de ustedes, en la serenidad y la confianza está su fuerza”.

Estoy aprendiendo que durante esos momentos de calma, debo rezar con el Espíritu Santo, uniendo mi oración a la oración del sacerdote. Rom 8, 26: “Igualmente el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables…”.

De esta forma he aprendido a suplicar verdaderamente al amoroso Salvador por la salvación del mundo. Cuando veo al Jesús escondido, elevado por el P. John, contemplo lo que está sucediendo realmente: el Calvario se está haciendo presente. El amor de Cristo, Su Sagrado Corazón, está siendo ofrecido por el P. John a Dios Padre por mi propia salvación, y por la salvación del mundo entero.

El cambio del Novus Ordo a la forma extraordinaria es bastante difícil, pero estoy aprendiendo a combinar esta calma con los gemidos del Espíritu Santo, para experimentar verdaderamente la salvación ganada para mí en el Calvario. Estoy agradecido de que el P. John esté tan interesado en aprender esta forma de la Misa, porque estoy aprendiendo a apreciar la Misa en una forma nueva – como un Sacrificio. Ciertamente es un Sacrificio por parte de Cristo, pero es también un sacrificio por mi parte. Cuando asisto a la forma extraordinaria, aprendo a dejar de lado mi propio tiempo y mis propias preocupaciones. Verdaderamente aprendo a hacer una pausa mientras el sacerdote reza sus oraciones en silencio, y soy capaz de contemplar a Jesús en la Cruz. No es un tiempo para la prisa sino un tiempo para rezar, para suplicar a Dios que tenga Misericordia de nosotros, pecadores.

¿Por qué?, me pregunto a mí mismo durante la Misa. El cambio es enorme a nivel exterior, pero en un nivel interior, Cristo es el Mismo “ayer, hoy y siempre”. Al experimentar la forma extraordinaria, aprendo acerca de la forma ordinaria, y el cambio de una a otra me ayuda a nunca dar por sentado el maravilloso don de cada Misa: la Misericordia Divina misma, para nosotros pecadores.

Fuente: The Divine Mercy
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo