quinta-feira, 6 de outubro de 2011
Card. Piacenza: No existe una Iglesia pre-Conciliar y una post-Conciliar
Su Eminencia el cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, mantuvo un encuentro con los seminaristas de Los Angeles (Estados Unidos de América del Norte), el pasado día 4 de octubre. Recomendamos la lectura íntegra del discurso pronunciado en esta ocasión, que destaca por su claridad y brillantez. Como muestra extraemos algunos párrafos.
“Seréis vosotros, probablemente, la primera generación que interpretará correctamente el Concilio Vaticano II, no según el “espíritu” del Concilio, que tanta desorientación ha traído a la Iglesia, sino según cuanto realmente el Acontecimiento Conciliar ha dicho, en sus textos, a la Iglesia y al mundo.
¡No existe un Concilio Vaticano II diverso del que ha producido los textos hoy en nuestra posesión! Y en estos textos nosotros encontramos la voluntad de Dios para su Iglesia y con ellos es necesario confrontarse, acompañados por dos mil años de Tradición y de vida cristiana.
La renovación es siempre necesaria a la Iglesia, porque siempre necesaria es la conversión de sus miembros, ¡pobres pecadores! ¡Pero no existe, ni podría existir una Iglesia pre-Conciliar y una post-Conciliar! Si fuera así, la segunda – la nuestra – ¡sería histórica y teológicamente ilegítima!
Existe una única Iglesia de Cristo, de la que vosotros formáis parte, que va desde Nuestro Señor hasta los Apóstoles, desde la Bienaventurada Virgen María hasta los Padres y Doctores de la Iglesia, desde el Medioevo hasta el Renacimiento, desde el Románico hasta el Gótico, el Barroco, y así sucesivamente hasta nuestros días, ininterrumpidamente, sin alguna solución de continuidad, ¡nunca!”
¡Y todo porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, es la unidad de su Persona que se nos dona a nosotros, sus miembros!
quarta-feira, 5 de outubro de 2011
Una Congregación para el Nuevo Movimiento Litúrgico
Benedicto XVI mudó algunas tareas competencias del Culto Divino a la Rota Romana porque quiere que el dicasterio solo se dedique a la promoción de un nuevo movimiento litúrgico
Andrea Tornielli
Ciudad del Vaticano
Su publicación, del 27 de septiembre, pasó casi inadvertida. Benedicto XVI dio a conocer una carta apostólica en forma de motu proprio titulada “Quaerit Semper”, en la que transfirió a la Rota Romana la competencia con respecto a dos materias que hasta ahora trataba la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos. La primera de ellas tiene que ver con la nulidad de la ordenación sacerdotal que, como sucede con el matrimonio, puede anularse por vicios de materia y de forma, de consenso o de intención, tanto del obispo que ordena como del clérigo que es ordenado.
terça-feira, 4 de outubro de 2011
São Francisco modelo de amor eucarístico para os sacerdotes e os fiéis
São Francisco de Assis, «ardia com o fervor do mais profundo de todo o seu ser para com o sacramento do Corpo do Senhor, pois ficava absolutamente estupefato diante de tão amável condescendência e de tão digna caridade. Achava que era um desprezo muito grande não assistir pelo menos a uma missa cada dia, se pudesse. Comungava com freqüência e com tamanha devoção que tornava devotos também os outros. (...)
Certa ocasião quis mandar os frades pelo mundo com preciosas âmbulas para guardarem o preço de nossa redenção no melhor lugar, onde quer que o encontrassem guardado de maneira menos digna.
Queria que se tivesse a maior reverência para com as mãos sacerdotais, pelo poder divino que lhes foi conferido para a confecção do santo sacramento. Dizia freqüentemente: “Se e acontecesse de encontrar ao mesmo tempo um santo descido do céu e um sacerdote pobrezinho, saudaria primeiro o presbítero, e me apressaria a beijar as suas mãos. Até diria: ‘Espera, São Lourenço, porque as mãos deste homem tocam a Palavra da vida e têm algo de sobre-humano’”» [1].
Nesta excepcional página do Bem-aventurado Tomás de Celano, primeiro biógrafo de São Francisco de Assis, é resumida toda a sua vida Eucarística, rica de amor e de fé, de devoção e fervor. Não falta mesmo nada para que seja uma vida Eucarística exemplar, plena e perfeita para todos: tanto para os próprios sacerdotes como para os simples fiéis.
A Santa Missa, a Santa Comunhão, a adoração Eucarística, o decoro do altar e das Igrejas, a veneração pelos Sacerdotes, ministros da Eucaristia: em tudo isto São Francisco é de tal modo Mestre e modelo que se pode considerá-lo verdadeiramente não apenas como um Santo Eucarístico, mas como um serafim enamorado da Eucaristia.
Entre todos os seus filhos, veremos figuras admiráveis de serafins da Eucaristia, como Santo Antônio de Lisboa (de Pádua) e São Boaventura, que escreveram páginas de doutrina sublime e de comovente amor à Eucaristia; como São Pasqual Baylon, declarado patrono dos Congressos Eucarísticos; como São José de Copertino, que levitava num vôo estático na direção dos Ostensórios e Sacrários; como o Bem-aventurado Mateus de Gingenti e o Bem-aventurado Boaventura de Pontenza, que, depois de mortos, com seus próprios corpos cadavéricos, adoraram a Eucaristia; como São Pio de Pietrelcina, que por muitas horas, de dia e de noite, velava em oração diante do Altar Eucarístico.
Entre todos os seus filhos, veremos figuras admiráveis de serafins da Eucaristia, como Santo Antônio de Lisboa (de Pádua) e São Boaventura, que escreveram páginas de doutrina sublime e de comovente amor à Eucaristia; como São Pasqual Baylon, declarado patrono dos Congressos Eucarísticos; como São José de Copertino, que levitava num vôo estático na direção dos Ostensórios e Sacrários; como o Bem-aventurado Mateus de Gingenti e o Bem-aventurado Boaventura de Pontenza, que, depois de mortos, com seus próprios corpos cadavéricos, adoraram a Eucaristia; como São Pio de Pietrelcina, que por muitas horas, de dia e de noite, velava em oração diante do Altar Eucarístico.
segunda-feira, 3 de outubro de 2011
Encuentro de Asís: el Papa pide confianza y reafirma la Dominus Iesus

Presentamos un resumen del Congreso realizado en Roma sobre la próxima Jornada de Asís, que tendrá lugar el 27 de octubre en el XXV aniversario del encuentro convocado por el Beato Juan Pablo II. En dicho Congreso se hizo pública parte de una carta personal enviada por Benedicto XVI a un amigo protestante en la cual explica sus motivaciones para ir a este encuentro.
“El Santo Padre ha querido subrayar el concepto de peregrinación hacia la verdad: no un estar juntos para rezar juntos de un modo disparatado, con el riesgo de confundir la fe revelada sobrenatural con las creencias religiosas humanas y naturales, sino un caminar juntos hacia la única Verdad”. Con estas palabras, el cardenal Raymond Leo Burke intervino en el Congreso “Peregrinos de la Verdad hacia Asís”, organizado por la Asociación Católica Spes y realizado el 1º de octubre en Roma, para poner en evidencia el significado de la próxima jornada convocada para el 27 de octubre en Asís.
Durante los trabajos del congreso se desarrolló un debate interesante respecto al modo en que los fieles católicos pueden acercarse a este encuentro por la paz y la justicia en el mundo. Este tipo de eventos causa fundadas preocupaciones, de hecho el Card. Burke releva que “no son pocos los riesgos, de los cuales – como es claro – el Pontífice es muy consciente. Los medios masivos de comunicación dirán, aún sólo con las imágenes, que todas las religiones se han encontrado juntos para pedir la paz a Dios. Un cristiano poco formado en la fe puede sacar de ello la conclusión gravemente errónea de que una religión vale lo mismo que la otra y que Jesucristo es uno de los tantos mediadores de salvación”.
Esta preocupación fue advertida también por los organizadores. En la introducción a los trabajos, el coordinador, Lorenzo Bertocchi, hizo público un interesante extracto de una carta personal del Santo Padre enviada el pasado 4 de marzo de 2011 al pastor luterano, profesor Peter Beyerhaus. Este último, de hecho, en virtud de una larga amistad que se remonta a los tiempos de la enseñanza del Cardenal Ratzinger en Tubinga, en febrero pasado envió una carta al Santo Padre en la que manifestaba su perplejidad sobre el riesgo sincretista de una nueva convocatoria de la jornada de Asís. Por eso preguntaba a Benedicto XVI cuáles eran sus intenciones para participar en la misma. La respuesta del Papa al profesor Beyerhaus ya había sido citada, si bien no literalmente, en una entrevista al mismo profesor realizada por el periódico alemán Kichliche Umschau en el pasado mes de abril.
Hoy, después de haber recibido una autorización por parte de Beyerhaus, los organizadores pueden hacer público el pasaje literal mencionado en la entrevista:
“Comprendo muy bien – escribe Benedicto XVI el 4 de marzo de 2011 – su preocupación respecto a mi participación en el encuentro de Asís. Pero esta conmemoración debía ser celebrada de todos modos y, después de todo, me parecía lo mejor ir allí personalmente para poder intentar de esta manera determinar la dirección del todo. Sin embargo haré todo para que sea imposible una interpretación sincretista o relativista del evento y para que quede firme que siempre creeré y confesaré lo que había atraído a la atención de la Iglesia con la Dominus Iesus”.
Después de la Santa Misa, celebrada en la forma extraordinaria por Mons. Pozzo, comenzaron los trabajos del congreso con una intervención del P. Serafino Lanzetta sobre la unicidad salvífica de Cristo y de la Iglesia así como la presenta la Dominus Iesus. Seguidamente, Don Mauro Gagliardi puntualizó la interpretación magisterial y las de los medios masivos de comunicación sobre las jornadas de Asís. La intervención de don Alessandro Olivieri Pennesi ofreció un claro panorama del así llamado “supermercado religioso”, con particular referencia a los denominados movimientos religiosos alternativos. Por la tarde, después de la ya citada prolusión del Cardenal Burke, realizó su intervención el Arzobispo Hon Tai-Fai Savio, Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
El debate conclusivo contó con la participación de Don Nicola Bux (“Nosotros adoramos lo que conocemos – Jn. 4, 22 – Verdad, Iglesia y salvación”), Don Manfred Hauke (“Semina verbi, ¿o bien obra diabólica? Los Padres de la Iglesia sobre las religiones paganas”), y el profesor Corrado Gnerre (“Peregrinos de la Verdad hacia Asís”).
En la citada carta, enviada al profesor Beyerhaus, Su Santidad pedía al amigo que prestara total confianza en su persona sobre el hecho de que se comprometería en evitar una visión sincretista y relativista de la jornada.
Los organizadores del congreso y los relatores estuvieron de acuerdo, aún en la diversidad de las perspectivas, en confiar en el Santo Padre y en cooperar para que sus intenciones encuentren efectiva realización.
Fuente: Verum peregrinantes
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo
sábado, 1 de outubro de 2011
Da salvação da alma - Santo Afonso Maria de Ligório

A salvação eterna não é só o mais importante, senão o único negócio que nesta vida nos impende. Porro unum est necessarium. (Lc 10,42)
O negócio da eterna salvação é, sem dúvida, o mais importante, e, contudo, é aquele de que os cristãos mais se esquecem!.
Não há diligência que não se efetue, nem tempo que não se aproveite para obter algum cargo, ganhar uma demanda, ou contratar tal casamento... Quantos conselhos, quantas precauções se tomam! Não se come, não se dorme!...E para alcançar a salvação eterna? O que se faz?
Nada se costuma fazer; ao contrário, tudo o que se faz é para perdê-la, e a maior parte dos cristãos vive como se a morte, o juízo, o inferno, a glória e a eternidade não fossem verdades de fé, mas apenas fábulas inventadas pelos poetas.
Quanta aflição quanto se perde um processo ou uma colheita e quanto cuidado para reparar o prejuízo!...
Quando se extravia um cavalo ou um cão, quantas diligências para encontrá-los. Muitos perdem a graça de Deus, e entretanto dormem, riem e gracejam!...
“Mas vós, disse São Paulo, vós, meus irmãos, pensai unicamente no magno assunto de vossa salvação, pois constituiu o negócio da mais alta importância”. É, sem contestação, o negócio mais importante, porque é das mais graves conseqüências, em vista de se tratar da alma, e, perdendo-se esta, tudo está perdido. Devemos estimar a alma – disse São João Crisóstomo, como o mais precioso dos bens. Para compreender esta verdade, basta considerar que Deus sacrificou seu próprio Filho à morte para salvar nossas almas (Jo 3,16). O Verbo Eterno não vacilou em resgatá-las com seu próprio sangue (I Cor 6,20).
Daí esta palavra de Nosso Senhor Jesus Cristo: “Que dará o homem em troco de sua alma?” (Mt 16,26). Se tem tamanho valor a alma, qual o bem do mundo que poderá dar em troca o homem que a vem a perder?
Razão tinha São Filipe Neri em chamar de louco o homem que não trabalhava na salvação de sua alma. Se houvesse na terra homens mortais e homens imortais e aqueles vissem estes se aplicarem afanosamente às coisas do mundo, procurando honras, riquezas e prazeres terrenos, dir-lhes-iam sem dúvida: « Quanto sois insensatos! Podeis adquirir bens eternos e só pensais nas coisas miseráveis e passageiras, condenando-vos a penas eternas na outra vida!... Deixai-os, pois, nesses bens só devem pensar os desventurados que, como nós, sabem que tudo se acaba com a morte!... ». Isto, porém, não é assim: todos somos imortais...
A salvação eterna não é só o mais importante, senão o único negócio que nesta vida nos impende (Lc 10,42). “Que aproveita ao homem, disse o Senhor, ganhar o mundo inteiro e perder a sua alma? (Mt 16,26).
Se tu te salvas, meu irmão, nada importa que no mundo hajas sido pobre, perseguido e desprezado. Salvando-te, acabar-se-ão os males e serás feliz por toda a eternidade. Mas se te enganares e te perderes, de que te servirá no inferno haveres desfrutado de todos os prazeres do mundo, teres sido rico e cortejado? Perdida a alma, tudo está perdido: honras, divertimentos e riquezas.
Dirá Deus para ti no dia do Juízo, que te coloquei neste mundo não para divertir-se, nem enriquecer, nem adquirir honras, senão para salvar sua alma, infelizmente a tudo tu atendeste, menos à salvação de tua alma!
Os mundanos não pensam no presente e nunca no futuro. Este é o único negócio, porque só temos uma alma. “Com receio e com tremor, trabalhai na vossa salvação” (Fl 2,12). Quem não receia nem teme perder-se não se salvará, porque para se salvar é preciso trabalhar e empregar violência (Mt 11,12).
Negócio importante, negócio único, negócio irreparável. Não há falta que se possa comparar, diz Santo Eusébio, ao desprezo da salvação eterna. Todos os demais erros podem ter remédio.
Perdido os bens, é possível readquirir outros por meio de novos trabalhos. Perdido um emprego, pode ser recuperado. Ainda no caso de perder a vida, se salvar a alma, tudo está preparado. Mas, para quem, se condena, não há possibilidade de remédio. Morre-se uma vez, e perdida uma vez a alma, está perdida para sempre.
Só restará o pranto eterno com os outros míseros insensatos do inferno, cuja pena e maior tormento consiste em pensar que para eles já não há mais tempo de remediar sua desdita (Jr 8,20). Qual não seria o pesar daquele, que, tendo podido prevenir e evitar com pouco esforço a ruína de sua casa, a encontrasse um dia desabada, e só então considerasse seu descuido, quando não houvesse já remédio possível?
E se alguém objetar: Mesmo que cometa este pecado, porque ei de condenar-me?... Acaso, não poderei salvar-me? Responder-lhe-ei: Também pode ser que te condenes. Ainda direi que até há mais probabilidade em favor de tua condenação, porque a Sagrada Escritura ameaça com este tremendo castigo os pecadores obstinados, como tu o és neste instante. “Ai dos filhos que desertam!” (Is 30,1), diz o Senhor. “Ai daqueles que se afastam de mim” (Os 7,13).
E não pões ao menos, com esse pecado cometido, a tua salvação eterna em grande perigo e grande incerteza? E qual é esse negócio que assim se pode arriscar? Não se trata de uma casa, de uma cidade, de um emprego; trata-se, diz São João Crisóstomo, de padecer uma eternidade de tormentos e de perder um paraíso de delícias. E esse negócio, que tanto te deve importar, queres arriscá-lo por um “talvez”? Acaso, esperas que Deus aumente para ti suas luzes e suas graças depois que tu hajas aumentado ilimitadamente tuas faltas e pecados?
O dia da morte é chamado o dia da perda, porque perdermos as honras, as riquezas e os prazeres, enfim, todos os bens terrenos. Por esta razão diz Santo Ambrósio que não podemos chamar nossos, esses bens, porque não podemos levá-los conosco para o outro mundo; somente as virtudes nos acompanham para a eternidade.
“De que serve, pois, ganhar o mundo inteiro, se à hora da morte, perdendo a alma, tudo perde?”... Oh! Quantos jovens, penetrados desta grande máxima, resolveram entrar na clausura! Quantos anacoretas conduziu ao deserto! A quantos mártires moveu a dar a vida por Cristo!
Por meio destas máximas soube Santo Inácio de Loyola chamar para Deus inúmeras almas, entre elas a alma formosíssima de São Francisco Xavier que, residindo em Paris, ali se ocupava em pensamentos mundanos. “Pensa, Francisco, lhe disse um dia o Santo, pensa que o mundo é traidor, que promete e não cumpre; mas ainda que cumprisse o que promete, jamais poderia satisfazer teu coração. E supondo que o satisfizesse, quanto tempo poderá durar essa felicidade? Mais que tua vida? E no fim dela, levarás tua dita para a eternidade? Existe, porventura, algum poderoso que tenha levado para o outro mundo uma moeda sequer ou um criado para seu serviço?...” Movido por estas considerações, São Francisco Xavier renunciou ao mundo, seguiu Santo Inácio de Loyola e se tornou um grande santo.
É mister pesar os bens na balança de Deus e não na do mundo, que é falsa e enganadora (Os 12,7). Os bens do mundo são desprezíveis, não satisfazem e acabam depressa. “Meus dias passaram mais depressa que um correio; passaram como um navio...” (Jo 9,25)
Passam e fogem velozes os breves dias desta vida; e o que resta por fim dos prazeres terrenos? Passaram como navios. O navio não deixa vestígio de sua passagem (Sb 5,10).
“O tempo é breve...os que se servem do mundo, sejam como se dele não se servissem, porque a figura deste mundo passa...” (I Cor 7,31). Procuremos, pois, viver de maneira que à hora de nossa morte não se nos possa dizer o que se disse ao néscio mencionado no Evangelho: “Insensato, nesta noite há de exigir de ti a entrega de tua alma; e as coisas que juntaste, para que serão?” (Lc 12,20). E logo acrescenta São Lucas: “Assim é que sucede a quem enriquece para si, e não é rico aos olhos de Deus” (Lc 12,21).
Mais adiante diz: “Procurai entesourar para o céu, onde não chegam os ladrões nem rói a traça” (Mt 6,20).
Façamos, pois todo o esforço para adquirir o grande tesouro do amor divino. “Que possui o rico, se não tem caridade? E se o pobre tem caridade, o que não possui?”, diz Santo Agostinho. Quem possui todas as riquezas, mas não possui a Deus, é o mais pobre do mundo. Mas o pobre que possui a Deus possui tudo... E quem é que possui a Deus? Aquele que o ama. “Quem, permanece na caridade, em Deus permanece, e Deus nele” (I Jo 4,16)
“Mas vós, disse São Paulo, vós, meus irmãos, pensai unicamente no magno assunto de vossa salvação, pois constituiu o negócio da mais alta importância”. É, sem contestação, o negócio mais importante, porque é das mais graves conseqüências, em vista de se tratar da alma, e, perdendo-se esta, tudo está perdido. Devemos estimar a alma – disse São João Crisóstomo, como o mais precioso dos bens. Para compreender esta verdade, basta considerar que Deus sacrificou seu próprio Filho à morte para salvar nossas almas (Jo 3,16). O Verbo Eterno não vacilou em resgatá-las com seu próprio sangue (I Cor 6,20).
Daí esta palavra de Nosso Senhor Jesus Cristo: “Que dará o homem em troco de sua alma?” (Mt 16,26). Se tem tamanho valor a alma, qual o bem do mundo que poderá dar em troca o homem que a vem a perder?
Razão tinha São Filipe Neri em chamar de louco o homem que não trabalhava na salvação de sua alma. Se houvesse na terra homens mortais e homens imortais e aqueles vissem estes se aplicarem afanosamente às coisas do mundo, procurando honras, riquezas e prazeres terrenos, dir-lhes-iam sem dúvida: « Quanto sois insensatos! Podeis adquirir bens eternos e só pensais nas coisas miseráveis e passageiras, condenando-vos a penas eternas na outra vida!... Deixai-os, pois, nesses bens só devem pensar os desventurados que, como nós, sabem que tudo se acaba com a morte!... ». Isto, porém, não é assim: todos somos imortais...
A salvação eterna não é só o mais importante, senão o único negócio que nesta vida nos impende (Lc 10,42). “Que aproveita ao homem, disse o Senhor, ganhar o mundo inteiro e perder a sua alma? (Mt 16,26).
Se tu te salvas, meu irmão, nada importa que no mundo hajas sido pobre, perseguido e desprezado. Salvando-te, acabar-se-ão os males e serás feliz por toda a eternidade. Mas se te enganares e te perderes, de que te servirá no inferno haveres desfrutado de todos os prazeres do mundo, teres sido rico e cortejado? Perdida a alma, tudo está perdido: honras, divertimentos e riquezas.
Dirá Deus para ti no dia do Juízo, que te coloquei neste mundo não para divertir-se, nem enriquecer, nem adquirir honras, senão para salvar sua alma, infelizmente a tudo tu atendeste, menos à salvação de tua alma!
Os mundanos não pensam no presente e nunca no futuro. Este é o único negócio, porque só temos uma alma. “Com receio e com tremor, trabalhai na vossa salvação” (Fl 2,12). Quem não receia nem teme perder-se não se salvará, porque para se salvar é preciso trabalhar e empregar violência (Mt 11,12).
Negócio importante, negócio único, negócio irreparável. Não há falta que se possa comparar, diz Santo Eusébio, ao desprezo da salvação eterna. Todos os demais erros podem ter remédio.
Perdido os bens, é possível readquirir outros por meio de novos trabalhos. Perdido um emprego, pode ser recuperado. Ainda no caso de perder a vida, se salvar a alma, tudo está preparado. Mas, para quem, se condena, não há possibilidade de remédio. Morre-se uma vez, e perdida uma vez a alma, está perdida para sempre.
Só restará o pranto eterno com os outros míseros insensatos do inferno, cuja pena e maior tormento consiste em pensar que para eles já não há mais tempo de remediar sua desdita (Jr 8,20). Qual não seria o pesar daquele, que, tendo podido prevenir e evitar com pouco esforço a ruína de sua casa, a encontrasse um dia desabada, e só então considerasse seu descuido, quando não houvesse já remédio possível?
E se alguém objetar: Mesmo que cometa este pecado, porque ei de condenar-me?... Acaso, não poderei salvar-me? Responder-lhe-ei: Também pode ser que te condenes. Ainda direi que até há mais probabilidade em favor de tua condenação, porque a Sagrada Escritura ameaça com este tremendo castigo os pecadores obstinados, como tu o és neste instante. “Ai dos filhos que desertam!” (Is 30,1), diz o Senhor. “Ai daqueles que se afastam de mim” (Os 7,13).
E não pões ao menos, com esse pecado cometido, a tua salvação eterna em grande perigo e grande incerteza? E qual é esse negócio que assim se pode arriscar? Não se trata de uma casa, de uma cidade, de um emprego; trata-se, diz São João Crisóstomo, de padecer uma eternidade de tormentos e de perder um paraíso de delícias. E esse negócio, que tanto te deve importar, queres arriscá-lo por um “talvez”? Acaso, esperas que Deus aumente para ti suas luzes e suas graças depois que tu hajas aumentado ilimitadamente tuas faltas e pecados?
O dia da morte é chamado o dia da perda, porque perdermos as honras, as riquezas e os prazeres, enfim, todos os bens terrenos. Por esta razão diz Santo Ambrósio que não podemos chamar nossos, esses bens, porque não podemos levá-los conosco para o outro mundo; somente as virtudes nos acompanham para a eternidade.
“De que serve, pois, ganhar o mundo inteiro, se à hora da morte, perdendo a alma, tudo perde?”... Oh! Quantos jovens, penetrados desta grande máxima, resolveram entrar na clausura! Quantos anacoretas conduziu ao deserto! A quantos mártires moveu a dar a vida por Cristo!
Por meio destas máximas soube Santo Inácio de Loyola chamar para Deus inúmeras almas, entre elas a alma formosíssima de São Francisco Xavier que, residindo em Paris, ali se ocupava em pensamentos mundanos. “Pensa, Francisco, lhe disse um dia o Santo, pensa que o mundo é traidor, que promete e não cumpre; mas ainda que cumprisse o que promete, jamais poderia satisfazer teu coração. E supondo que o satisfizesse, quanto tempo poderá durar essa felicidade? Mais que tua vida? E no fim dela, levarás tua dita para a eternidade? Existe, porventura, algum poderoso que tenha levado para o outro mundo uma moeda sequer ou um criado para seu serviço?...” Movido por estas considerações, São Francisco Xavier renunciou ao mundo, seguiu Santo Inácio de Loyola e se tornou um grande santo.
É mister pesar os bens na balança de Deus e não na do mundo, que é falsa e enganadora (Os 12,7). Os bens do mundo são desprezíveis, não satisfazem e acabam depressa. “Meus dias passaram mais depressa que um correio; passaram como um navio...” (Jo 9,25)
Passam e fogem velozes os breves dias desta vida; e o que resta por fim dos prazeres terrenos? Passaram como navios. O navio não deixa vestígio de sua passagem (Sb 5,10).
“O tempo é breve...os que se servem do mundo, sejam como se dele não se servissem, porque a figura deste mundo passa...” (I Cor 7,31). Procuremos, pois, viver de maneira que à hora de nossa morte não se nos possa dizer o que se disse ao néscio mencionado no Evangelho: “Insensato, nesta noite há de exigir de ti a entrega de tua alma; e as coisas que juntaste, para que serão?” (Lc 12,20). E logo acrescenta São Lucas: “Assim é que sucede a quem enriquece para si, e não é rico aos olhos de Deus” (Lc 12,21).
Mais adiante diz: “Procurai entesourar para o céu, onde não chegam os ladrões nem rói a traça” (Mt 6,20).
Façamos, pois todo o esforço para adquirir o grande tesouro do amor divino. “Que possui o rico, se não tem caridade? E se o pobre tem caridade, o que não possui?”, diz Santo Agostinho. Quem possui todas as riquezas, mas não possui a Deus, é o mais pobre do mundo. Mas o pobre que possui a Deus possui tudo... E quem é que possui a Deus? Aquele que o ama. “Quem, permanece na caridade, em Deus permanece, e Deus nele” (I Jo 4,16)
Santo Afonso de Ligório
quarta-feira, 28 de setembro de 2011
Sancte Michael Archangele, defende nos in prælio

Sancte Michael Archangele, defende nos in prælio; contra nequitiam et insidias diaboli esto præsidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiæ cælestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.
São Miguel Arcanjo, defendei-nos no combate, cobri-nos com o vosso escudo contra os embustes e ciladas do demônio. Subjugue-o Deus, instantemente o pedimos. E vós, príncipe da milícia celeste, pelo divino poder, precipitai no inferno a Satanás e a todos os espíritos malignos que andam pelo mundo para perder as almas. Amém.
São Miguel Arcanjo, defendei-nos no combate, cobri-nos com o vosso escudo contra os embustes e ciladas do demônio. Subjugue-o Deus, instantemente o pedimos. E vós, príncipe da milícia celeste, pelo divino poder, precipitai no inferno a Satanás e a todos os espíritos malignos que andam pelo mundo para perder as almas. Amém.
segunda-feira, 26 de setembro de 2011
El Papa explica a los seminaristas alemanes el verdadero “Somos Iglesia”
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Durante su viaje apostólico a Alemania, el Santo Padre tuvo un breve encuentro con los seminaristas en la Capilla San Carlos Borromeo del Seminario de Friburgo. Dado que no estaba previsto un discurso, Benedicto XVI se dirigió a ellos en forma espontánea. Presentamos la traducción de las valiosas palabras pronunciadas por el Pontífice.
¡Queridos seminaristas, queridos hermanos y hermanas!
Para mí es una gran alegría poder encontrarme con vosotros, jóvenes que se encaminan a servir al Señor, que escuchan su llamada y quieren seguirlo. Quisiera agradecer de modo particularmente caluroso por la bella carta que el Rector del Seminario y los seminaristas me han escrito. Realmente me ha llegado al corazón cómo habéis reflexionado sobre mi carta y sobre ella habéis desarrollado vuestras preguntas y respuestas; con qué seriedad acogéis lo que he intentado proponer y, en base a esto, desarrolláis vuestro propio camino.
Ciertamente lo más bello sería que pudiéramos tener juntos un diálogo, pero el horario del viaje, al cual estoy obligado y debo obedecer, lamentablemente no permite algo así. Por lo tanto sólo puedo tratar de subrayar una vez más algunos pensamientos a la luz de lo que habéis escrito y de lo que yo había escrito.
En el contexto de la pregunta: “¿De qué forma parte el seminario, qué significa este período?” en el fondo me impresiona cada vez más el modo en que San Marcos, en el tercer capítulo de su Evangelio, describe la constitución de la comunidad de los Apóstoles: “El Señor constituyó a los Doce”. Él crea algo, Él hace algo, se trata de un acto creativo. Y Él los hizo “para que estuvieran con Él y para enviarlos” (cfr. Mc. 3,14): ésta es una doble voluntad que, bajo ciertos aspectos, parece contradictoria.
“Para qué estuvieran con Él”: deben estar con Él, para llegar a conocerlo, para escucharlo, para dejarse plasmar por Él; deben andar con Él, estar con Él en el camino, en torno a Él y detrás de Él. Pero al mismo tiempo deben ser enviados que parten, que llevan fuera lo que han aprendido, lo llevan a los otros hombres en camino –hacia la periferia, en el vasto ambiente, también hacia lo que está muy lejos de Él. Y, sin embargo, estos aspectos paradójicos van juntos: si ellos están realmente con Él, entonces están siempre también en camino hacia los otros, entonces están en búsqueda de la oveja perdida, entonces van allí, deben transmitir lo que han encontrado, entonces deben hacerlo conocer, convertirse en enviados. Y viceversa: si quieren ser verdaderos enviados, deben estar siempre con Él. San Buenaventura dijo una vez que los Ángeles, donde quiera que vayan, por más lejos que sea, se mueven siempre dentro de Dios.
Así es también aquí: como sacerdotes debemos salir fuera, en los múltiples caminos en los que se encuentran los hombres, para invitarlos a su banquete nupcial. Pero sólo lo podemos hacer permaneciendo siempre con Él. Y aprender esto, esto de salir fuera, ser enviados y estar con Él, permanecer frente a Él, es – creo –precisamente lo que debemos aprender en el seminario. El modo correcto del permanecer con Él, el estar profundamente enraizados en Él – estar cada vez más con Él, conocerlo cada vez más, para no separarse más de Él – y al mismo tiempo salir cada vez más, llevar el mensaje, transmitirlo, no tenerlo para uno mismo, sino llevar la Palabra a aquellos que están lejos y que, sin embargo, en cuanto criaturas de Dios y amados por Cristo, llevan en el corazón el deseo de Él.
¡Queridos seminaristas, queridos hermanos y hermanas!
Para mí es una gran alegría poder encontrarme con vosotros, jóvenes que se encaminan a servir al Señor, que escuchan su llamada y quieren seguirlo. Quisiera agradecer de modo particularmente caluroso por la bella carta que el Rector del Seminario y los seminaristas me han escrito. Realmente me ha llegado al corazón cómo habéis reflexionado sobre mi carta y sobre ella habéis desarrollado vuestras preguntas y respuestas; con qué seriedad acogéis lo que he intentado proponer y, en base a esto, desarrolláis vuestro propio camino.
Ciertamente lo más bello sería que pudiéramos tener juntos un diálogo, pero el horario del viaje, al cual estoy obligado y debo obedecer, lamentablemente no permite algo así. Por lo tanto sólo puedo tratar de subrayar una vez más algunos pensamientos a la luz de lo que habéis escrito y de lo que yo había escrito.
En el contexto de la pregunta: “¿De qué forma parte el seminario, qué significa este período?” en el fondo me impresiona cada vez más el modo en que San Marcos, en el tercer capítulo de su Evangelio, describe la constitución de la comunidad de los Apóstoles: “El Señor constituyó a los Doce”. Él crea algo, Él hace algo, se trata de un acto creativo. Y Él los hizo “para que estuvieran con Él y para enviarlos” (cfr. Mc. 3,14): ésta es una doble voluntad que, bajo ciertos aspectos, parece contradictoria.
“Para qué estuvieran con Él”: deben estar con Él, para llegar a conocerlo, para escucharlo, para dejarse plasmar por Él; deben andar con Él, estar con Él en el camino, en torno a Él y detrás de Él. Pero al mismo tiempo deben ser enviados que parten, que llevan fuera lo que han aprendido, lo llevan a los otros hombres en camino –hacia la periferia, en el vasto ambiente, también hacia lo que está muy lejos de Él. Y, sin embargo, estos aspectos paradójicos van juntos: si ellos están realmente con Él, entonces están siempre también en camino hacia los otros, entonces están en búsqueda de la oveja perdida, entonces van allí, deben transmitir lo que han encontrado, entonces deben hacerlo conocer, convertirse en enviados. Y viceversa: si quieren ser verdaderos enviados, deben estar siempre con Él. San Buenaventura dijo una vez que los Ángeles, donde quiera que vayan, por más lejos que sea, se mueven siempre dentro de Dios.
Así es también aquí: como sacerdotes debemos salir fuera, en los múltiples caminos en los que se encuentran los hombres, para invitarlos a su banquete nupcial. Pero sólo lo podemos hacer permaneciendo siempre con Él. Y aprender esto, esto de salir fuera, ser enviados y estar con Él, permanecer frente a Él, es – creo –precisamente lo que debemos aprender en el seminario. El modo correcto del permanecer con Él, el estar profundamente enraizados en Él – estar cada vez más con Él, conocerlo cada vez más, para no separarse más de Él – y al mismo tiempo salir cada vez más, llevar el mensaje, transmitirlo, no tenerlo para uno mismo, sino llevar la Palabra a aquellos que están lejos y que, sin embargo, en cuanto criaturas de Dios y amados por Cristo, llevan en el corazón el deseo de Él.
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