segunda-feira, 16 de março de 2009

BENTO XVI CONVOCA "ANO SACERDOTAL"


Cidade do Vaticano, 16 mar (RV) - Por ocasião dos 150 anos da morte do Santo Cura d'Ars, João Maria Vianney, Bento XVI anunciou esta manhã que, de 19 de junho de 2009 a 19 de junho de 2010, se realizará um especial Ano Sacerdotal, que terá como tema: "Fidelidade de Cristo, fidelidade do sacerdote".

Segundo comunicado divulgado pela Sala de Imprensa da Santa Sé, o Santo Padre abrirá este Ano presidindo a celebração das Vésperas, em 19 de junho, solenidade do Santíssimo Coração de Jesus e Dia de santificação sacerdotal, na presença da relíquia de Cura d'Ars trazida pelo Bispo de Belley-Ars. Bento XVI encerrará o Ano em 19 de junho de 2010, participando de um "Encontro Mundial Sacerdotal" na Praça S. Pedro.

Ainda de acordo com o comunicado, durante este Ano jubilar, Bento XVI proclamará São João Maria Vianney "Padroeiro de todos os sacerdotes do mundo". Além disso, será publicado o "Diretório para os Confessores e os Diretos Espirituais", junto a uma coletânea de textos do Santo Padre sobre temas essenciais da vida e da missão sacerdotal na época atual.

A Congregação para o Clero, em parceria com os Ordinários diocesanos e os Superiores dos Institutos religiosos, será o encarregado de promover e coordenar as várias iniciativas espirituais e pastorais. A finalidade deste Ano é ressaltar sempre a importância do papel e da missão do sacerdote na Igreja e na sociedade contemporânea, como também a necessidade de potencializar a formação permanente dos sacerdotes, relacionado-a com a dos seminaristas. (BF)

La Reforma de la Reforma: El valiente análisis de Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos


Publicamos la traducción al español que nos ofrece La Buhardilla de Jerónimo del prólogo escrito por Monseñor Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino, para la edición inglesa del libro “El Cardenal Ferdinando Antonelli y el desarrollo de la reforma litúrgica desde 1948 hasta 1970” de Monseñor Nicola Giampietro.

¿Hasta qué punto la reforma litúrgica post-conciliar refleja en verdad a la “Sacrosanctum Concilium”, la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia? Esta es una cuestión que a menudo ha sido debatida en los círculos eclesiásticos desde el mismo momento en que el Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia culminó su trabajo. En las últimas dos décadas, ha sido debatida incluso con mayor intensidad. Y mientras algunos han sostenido que lo realizado por el Consilium estuvo en línea con aquel gran documento, otros se han mostrado totalmente en desacuerdo.

En la búsqueda de una respuesta a esta cuestión, debemos tener en cuenta la atmósfera turbulenta de los años que siguieron inmediatamente al Concilio. En su decisión de convocar el Concilio, el Papa Juan XXIII había deseado que la Iglesia se preparara para el nuevo mundo que estaba emergiendo tras la desgracia de los desastrosos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Él previó proféticamente el surgimiento de una fuerte corriente de materialismo y secularismo a partir de las orientaciones nucleares de la era precedente, que había estado marcada por el espíritu de la ilustración, y en la que los valores tradicionales de la antigua visión del mundo ya habían comenzado a ser sacudidos. La revolución industrial, junto con sus tendencias filosóficas antropocéntricas y subjetivistas, especialmente las derivadas de la influencia de Kant, Hume y Hegel, llevaron al surgimiento del marxismo y del positivismo. Esto también provocó la aparición de la crítica bíblica, relativizando hasta cierto punto la veracidad de las Sagradas Escrituras, lo que por su parte tuvo influencias negativas en la teología, generando una actitud que cuestionaba la objetividad de la Verdad establecida y la utilidad de defender las tradiciones e instituciones eclesiásticas. Algunas escuelas de teología se atrevieron incluso a cuestionar doctrinas básicas de la Iglesia. En realidad, el Modernismo ya había sido anteriormente una fuente de peligro para la fe. Es en este escenario que el Papa Juan XXIII sintió que necesitaban encontrarse respuestas más convincentes.

El llamado del Papa a un aggiornamento asumió entonces el carácter de una búsqueda de fortificación de la fe, en orden a hacer más efectiva la misión de la Iglesia y ser capaces de responder convincentemente a estos desafíos. No fue, ciertamente, un llamado a caminar según el espíritu de los tiempos, un ponerse pasivamente a la deriva, ni tampoco un llamado a realizar un nuevo comienzo de la Iglesia, sino un llamado a hacer que el mensaje del Evangelio sirviera de mayor respuesta a las cuestiones difíciles que la humanidad enfrentaría en la era post-moderna. El Papa explicaba el ethos detrás de su decisión cuando declaró: “hoy, la Iglesia está siendo testigo de una crisis dentro de la sociedad. Al tiempo que la humanidad está al borde de una nueva era, aguardan a la Iglesia tareas de una inmensa gravedad y amplitud, como en los más trágicos períodos de su historia. Es cuestión, en definitiva, de poner al mundo moderno en contacto con las energías vivificantes y perennes del Evangelio… a la vista de un doble espectáculo – un mundo que revela una grave pobreza espiritual, y la Iglesia de Cristo, que aún vibra con vitalidad - nosotros… hemos sentido inmediatamente la urgencia del deber de convocar a nuestros hijos para dar a la Iglesia la posibilidad de contribuir más eficazmente a la solución de los problemas de la era moderna” (Constitución Apostólica “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961). El Papa continuaba: “el Concilio que se aproxima se reunirá en un momento en el que la Iglesia encuentra muy vivo el deseo de fortificar su fe y de contemplarse a sí misma en su propia sobrecogedora unidad. Al mismo tiempo, siente urgente el deber de dar una mayor eficiencia a su sana vitalidad y de promover la santificación de sus miembros, la difusión de la Verdad revelada, la consolidación de sus organismos” (ibíd.).

Entonces, el Concilio fue básicamente una llamada a un fortalecimiento de la Iglesia desde adentro en orden a prepararla mejor para su misión en medio de las realidades del mundo moderno. Subyacente a estas palabras, estaba también el sentido de estima que el Papa sentía hacia lo que la Iglesia ya era entonces. Las palabras “vibrante con vitalidad” usadas por el Papa para definir el status de la Iglesia en aquel momento, no dejan ver, por cierto, ningún sentido de pesimismo, como si el Papa despreciara el pasado o lo que la Iglesia había conseguido hasta entonces. Es por esto que no se puede pensar justificadamente que, con el Concilio, el Papa haya llamado a un nuevo comienzo. Tampoco fue un llamado a la Iglesia a “des-clasificarse” a sí misma, cambiando o abandonando totalmente sus tradiciones antiquísimas, quedando, por así decir, absorbida por la realidad del mundo que la rodea. De ninguna forma se pidió el cambio por el cambio en sí sino sólo en orden a fortalecer y preparar mejor a la Iglesia para enfrentarse con los nuevos desafíos. En resumen, el Concilio nunca fue llamado a ser una aventura sin rumbo. Se quiso que fuera una experiencia verdaderamente pentecostal.

Aún así, y no obstante lo mucho que los Papas que guiaron este evento insistieron en la necesidad de un verdadero espíritu de reforma, fiel a la naturaleza esencial de la Iglesia, e incluso cuando el Concilio mismo produjo tan bellas reflexiones teológicas y pastorales como Lumen Gentium, Dei Verbum, Gaudium et Spes y Sacrosanctum Concilium, lo que sucedió fuera del Concilio – especialmente dentro de la sociedad en su conjunto y al interno de su círculo de liderazgo filosófico y cultural – comenzó a influenciar negativamente a la Iglesia, creando tendencias que fueron dañinas para su vida y su misión. Estas tendencias, que en ocasiones fueron incluso representadas más virulentamente por ciertos círculos de dentro de la Iglesia, no estaban necesariamente conectadas con las orientaciones o las recomendaciones de los documentos del Vaticano II. Pero de todas formas fueron capaces de sacudir los fundamentos de la fe y de las enseñanzas de la Iglesia en una medida sorprendente. La fascinación de la sociedad con un exagerado sentido de la libertad individual y su inclinación al rechazo de lo permanente o absoluto, junto con otros pensamientos mundanos, tuvieron influencia en la Iglesia, y a menudo fueron justificados en nombre del Concilio. Esta visión también relativizó la Tradición, la veracidad de la doctrina desarrollada, y tendió a idolizar todo lo nuevo. Contenía consigo fuertes tendencias favorables al relativismo y al sincretismo religioso. Para ellos, el Concilio tenía que ser una suerte de nuevo comienzo para la Iglesia. El pasado había terminado su curso. Conceptos básicos y temas como el Sacrificio y la Redención, la misión, la proclamación y la conversión, la adoración como un elemento integral de la Comunión, y la necesidad de la Iglesia para la salvación – todos fueron dejados de lado; mientras que el diálogo, la inculturación, el ecumenismo, la Eucaristía como “Banquete”, la evangelización como “testimonio”, etc., se tornaron más importantes. Fueron despreciados valores absolutos.

El Cardenal Joseph Ratzinger se refirió a este siempre creciente espíritu de relativismo: para él, al verdadero Concilio “se contrapuso, ya durante las sesiones y con mayor intensidad en el período posterior, un sedicente «espíritu del Concilio», que es en realidad su verdadero «antiespíritu». Según este pernicioso anti-espíritu (Konils-Ungeist en alemán), todo lo que es «nuevo»… sería siempre en cualquier circunstancia mejor que lo que se ha dado en el pasado o lo que existe en el presente. Es el antiespíritu, según el cual la historia de la Iglesia debería comenzar con el Vaticano II, considerado como una especie de punto cero” (Informe sobre la fe, 1985). El Cardenal descartaba esta visión como falsa ya que “el Vaticano II no quería ciertamente «cambiar» la fe sino reproponerla de manera eficaz” (ibíd.). También afirmaba que, de hecho, “el Concilio no siguió el derrotero que Juan XXIII había esperado”. Y declaraba que “es necesario también reconocer que – al menos hasta ahora – no ha sido escuchada la plegaria del papa Juan para que el Concilio significase un nuevo salto adelante, una vida y una unidad renovadas para la Iglesia” (ibíd.). Éstas son palabras duras, pero yo diría también muy verdaderas, ya que el espíritu de una exagerada libertad teológica apartó, por así decirlo, al mismo Concilio de sus metas declaradas.

El Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia tampoco estuvo exento de ser influenciado por este incontenible maremoto del llamado deseo de “cambio” y “apertura”. Posiblemente, algunas de las mencionadas tendencias relativizantes influenciaron también a la Liturgia, minando la centralidad, la sacralidad y el sentido del misterio, y también minando el valor de aquello que la vida litúrgica eclesial había llegado a ser mediante la continua acción del Espíritu Santo en la bimilenaria historia de la Iglesia. Un exagerado sentido de búsqueda de lo antiguo, el antropologismo, la confusión de los roles entre los ordenados y los no ordenados, una ilimitada provisión de espacio para la experimentación – y, de hecho, la tendencia a mirar con suficiencia algunos aspectos de la evolución de la liturgia en el segundo milenio – fueron cada vez más visibles entre ciertas escuelas litúrgicas.

Los liturgistas también tendieron a seleccionar aquellas secciones de la Sacrosanctum Concilium que parecían dar más cabida al cambio o a la novedad, ignorando las demás. Por otra parte, existía un enorme sentido de prisa por efectuar y legalizar los cambios. Se tendió a dar mucho espacio a una forma de mirar a la Liturgia demasiado horizontal. Las normas del Concilio que tendían a restringir tal creatividad, o que eran favorables a “la forma tradicional”, parecieron ser ignoradas. Peor aún, algunas prácticas que Sacrosanctum Concilium no había ni siquiera contemplado fueron permitidas en la liturgia, como la Misa versus populum, la Santa Comunión en la mano, el dejar de lado tanto el latín como el canto gregoriano en favor de cantos e himnos en vernáculo sin mucho espacio para Dios, y la extensión más allá de cualquier límite razonable de la facultad de concelebrar en la Santa Misa. También hubo una extremadamente mala interpretación del principio de “participación activa” (actuosa participatio).

Todo esto tuvo su efecto en la obra del Consilium. Aquellos que guiaron el proceso de cambio, tanto dentro del Consilium como luego en la Sagrada Congregación de Ritos, estuvieron ciertamente influenciados por todas estas tendencias novedosas. No todo lo que ellos introdujeron fue negativo. Mucho del trabajo realizado fue digno de elogio. Pero también se dejó mucho espacio para la experimentación y para la interpretación arbitraria. Estas “libertades” fueron explotadas hasta su máxima expresión por algunos “expertos” litúrgicos, lo que condujo a demasiada confusión. El Cardenal Ratzinger explica cómo “uno se estremece ante el rostro deslucido de la liturgia post-conciliar como ha llegado a ser, o uno se aburre con su banalidad y su falta de standards artísticos…” (La Fiesta de la Fe, 1986). Esto no es para dejar toda la responsabilidad de lo sucedido únicamente en los miembros del Consilium, pero algunas de sus aproximaciones eran “débiles”. De hecho, hubo un espíritu general de “ceder” acríticamente en ciertos puntos al espíritu de muchedumbre entusiasta de la época, incluso dentro de la Iglesia, más visiblemente en algunos sectores y regiones geográficas. Algunos de los que tenían autoridad en la Sagrada Congregación de Ritos también mostraron signos de debilidad en este asunto. Se concedieron demasiados indultos sobre ciertos requerimientos de las normas.

Naturalmente, el “espíritu de libertad” al que algunos sectores de peso en la Iglesia dieron rienda suelta en nombre del Concilio, incluso haciendo vacilar a los que tomaban decisiones importantes, condujo a mucho desorden y confusión, algo que no buscaron ni el Concilio ni los Papas que lo guiaron. La triste afirmación del Papa Pablo VI durante la tormentosa década del ’70, “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia” (Homilía del 29 de junio de 1972, Fiesta de San Pedro y San Pablo), o sus comentarios acerca de las excusas de algunos para impedir la evangelización “sobre la base de ciertas enseñanzas del Concilio” (Evangelii Nuntiandi 80) muestran cómo este anti-espíritu del Concilio hizo más dolorosas sus labores.

A la luz de todo esto, y de algunas consecuencias problemáticas para la Iglesia hoy, es necesario descubrir cómo emergió la reforma litúrgica post-conciliar, y qué figuras o actitudes causaron la presente situación. Es una necesidad a la que, en nombre de la verdad, no podemos renunciar. El Cardenal Ratzinger analizó así la situación: “estoy convencido de que la crisis que estamos experimentando en la Iglesia se debe en gran medida a la desintegración de la Liturgia… cuando la comunidad de fe, la unidad de la Iglesia en todo el mundo y su historia, y el misterio de Cristo Vivo no son ya visibles en la Liturgia, ¿dónde más va a ser la Iglesia visible en su esencia espiritual? Entonces, la comunidad se celebra solamente a sí misma, una actividad que es completamente infructuosa” (Joseph Ratzinger, “Memorias”, 1998). Como decíamos antes, cierta debilidad por parte de aquellos responsables y la atmósfera de relativismo teológico, junto con el sentido de fascinación por la novedad, el cambio, el antropocentrismo, el acento en la subjetividad y el relativismo moral, además de la noción de libertad individual que caracterizó a la sociedad en su conjunto, minaron los valores establecidos de la fe y causaron este deslizamiento hacia la anarquía litúrgica sobre la que hablaba el Cardenal.

Las notas escritas por el Cardenal Antonelli toman, entonces, nueva significación. El Cardenal Antonelli, uno de los miembros más eminentes y más cercanamente involucrados del Consilium que supervisó el proceso de reforma, puede ayudarnos a comprender las polarizaciones internas que influenciaron en las distintas decisiones de la reforma y puede ayudarnos también a tener el coraje de mejorar o cambiar lo que fue introducido erróneamente y que parece ser incompatible con la verdadera dignidad de la Liturgia. El Padre Antonelli ya había sido miembro de la Pontificia Comisión para la Reforma Litúrgica creada por el Papa Pío XII el 28 de mayo de 1948. Fue esta comisión la que trabajó en la reforma de la Liturgia de la Semana Santa y de la Vigilia Pascual, reforma que fue tratada por la misma con mucho cuidado. Esa misma comisión fue reconstituida por el Papa Juan XXIII en mayo de 1960 y, tiempo después, el Padre Antonelli formó parte del grupo que trabajó en la redacción de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium. Por todo esto, él estuvo muy cercanamente involucrado en el trabajo de reforma desde sus mismos principios.

Con todo, su rol en el movimiento de reforma parece haber sido en gran parte desconocido hasta que el autor de este libro, “El Cardenal Ferdinando Antonelli y el desarrollo de la reforma litúrgica desde 1948 hasta 1970”, Monseñor Nicola Giampietro, tuvo acceso a sus notas personales y decidió presentarlas en un estudio. Este estudio, que fue también la disertación para el doctorado de Monseñor Giampietro en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en Roma, nos ayuda a comprender los complejos trabajos internos de la reforma litúrgica previos e inmediatamente posteriores al Concilio. Las notas del Cardenal Antonelli revelan a un gran hombre de fe y de la Iglesia que se esfuerza por conformarse con algunas de las corrientes que influenciaron el trabajo del Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia. Lo que escribió en este diario revela cándidamente sus sentimientos de gozo pero también de dolor y a veces de miedo ante la forma en que las cosas se estaban haciendo, las actitudes de algunos de los personajes principales, y el sentido aventurero que caracterizó a algunos de los cambios que fueron introducidos. Este libro está bien hecho. Ha sido citado por el mismo Cardenal Joseph Ratzinger en un artículo que escribió en la bien conocida revista litúrgica “La Maison-Dieu”, titulado “Respuesta del Cardenal Ratzinger al Padre Gy” (La Maison-Dieu, 230, 2002/2, p. 116). Sobre todo, es un oportuno estudio que nos ayudará a ver el otro lado de las presentaciones más que eufóricas de la reforma conciliar por parte de otros autores contemporáneos.

La publicación en inglés de este interesante estudio contribuirá grandemente, estoy seguro, al ya existente debate sobre la reforma litúrgica post-conciliar. Lo que más claro queda al lector de este estudio es lo que el Cardenal Joseph Ratzinger declaró: “el verdadero tiempo del Vaticano II aún no ha llegado” (Informe sobre la fe, 1985). La reforma debe continuar. Una necesidad inmediata parece ser la reforma del Misal reformado de 1969, dado que un número de cambios que se originaron con la reforma post-conciliar parecen haber sido introducidos con precipitación e irreflexivamente, como declara repetidamente el mismo Cardenal Antonelli. Se necesita corregir la dirección, para que los cambios se hagan verdaderamente en línea con la misma Sacrosanctum Concilium, y se debe ir incluso más lejos, según el espíritu de nuestro propio tiempo.

Y lo que nos impele a tales cambios no es meramente el deseo de corregir los errores pasados sino la necesidad de ser fieles a lo que la Liturgia es y significa para nosotros, y a lo que el Concilio mismo definió que la liturgia es. Porque, como declaró el Cardenal Ratzinger, “la cuestión de la Liturgia no es periférica: el Concilio mismo nos recuerda que en ésta tratamos con el corazón mismo de la fe cristiana” (ibíd.). Lo que necesitamos hoy es no sólo comprometernos en una honesta valoración de lo que sucedió sino también tomar decisiones audaces y valientes para poner el proceso en movimiento. Necesitamos identificar y corregir las orientaciones y decisiones erróneas, apreciar con coraje la tradición litúrgica del pasado, y asegurar que la Iglesia redescubra las verdaderas raíces de su riqueza y grandeza espiritual, incluso si eso significa reformar a la misma reforma, asegurando así que la Liturgia se transforme verdaderamente en la “expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra” (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Post-sinodal Sacramentum Caritatis, del 22 de febrero del 2007, 35).

Arzobispo Malcolm Ranjith
Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

8 de Diciembre 2008, Fiesta de la Inmaculada Concepción de María.

Fuente: The New Liturgical Movement
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

domingo, 15 de março de 2009

El servicio del Primado a la unidad de la Iglesia


LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA
por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Hace setenta años el cardenal Eugenio Pacelli, romano, era elegido Papa con el nombre de Pío XII. Entonces nadie podía concebir que el colegio cardenalicio y el colegio episcopal no deberían sino tener “todos un mismo hablar – según las palabras del Apostol –, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio” (1 Cor 1,10). También Juan XXIII, en su discurso de apertura del Concilio podía hablar de una “renovada, serena y tranquila adhesión a todas las enseñanzas de la Iglesia en su integridad y precisión, como aún brilla en las actas conciliares desde Trento hasta el Vaticano I”. ¿Se podría entonces imaginar que la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, se expresará de manera inorgánica? ¿Se podría concebir una eclesiología de comunión, olvidando lo que el Concilio ha afirmado sobre el Primado (ver Lumen gentium 13, 22 y 23)?

Entonces, es necesario que toda la Iglesia, obispos, sacerdotes y fieles reflexionen sobre las palabras serenamente argumentadas por el Santo Padre Benedicto XVI en el Seminario Mayor y en el Ángelus del 22 de febrero y terminemos con las polémicas que “nacen donde la fe degenera en intelectualismo y la humildad es sustituida con la arrogancia de ser mejores de los otros... está es una caricatura de la Iglesia que debería tener un solo corazón y una sola alma”. Dichas palabras manifiestan el ejercicio del Primado en la paciencia y deberían ser correspondidas con la humilde docilidad de todos los católicos.

El Santo Padre sabe el que Primado tiene una estructura “martiriológica” porque “la Palabra de Dios no está encadenada”(2 Tm 2,9) y esto vale para todo Papa. El Primado petrino está en obra porque la comunión eclesial no puede ser destructiva, es más, el Credo la llama ‘católica’. Conviene ir, al propósito, a cuanto escribió como teólogo en Introducción al Cristianismo: “una idea fundamental es documentable, desde el inicio, como determinante: con esta palabra se alude a la unidad de lugar: solamente la comunidad unida al obispo es ‘iglesia católica’, y no los grupos parciales que por cualquier motivo se han separado. En segundo lugar, se hace un llamado a la unidad de las iglesias locales entre ellas, las que no pueden cerrarse en sí mismas, sino que pueden ser iglesia solo si se mantienen abiertas la una hacia la otra formando una única iglesia […] en el adjetivo ‘católica’ se expresa la estructura episcopal de la iglesia y la necesidad de la unidad de todos los obispos entre ellos […]” (ed. Queriniana-Vaticana, 2005, p 335).

Tras haber observado que esto no constituye el elemento primario, recuerda: “Elementos fundamentales de la iglesia son el perdón, la conversión, la penitencia, la comunión eucarística, y a partir de esta, la pluralidad y la unidad: pluralidad de las iglesias locales que siguen siendo iglesia únicamente mediante su inserción en el organismo de la única iglesia […]La constitución episcopal aparece en el fondo como un medio de esta unidad[…]. Un ulterior estado, siempre en el orden de los medios, será el servicio del obispo de Roma. Una cosa está clara: la Iglesia no debe ser pensada partiendo de su organización, sino que es la organización la que va comprendida partiendo desde la Iglesia. Queda claro que para la Iglesia visible, la unidad visible es algo más allá de la simple ‘organización’.[…]Solo en cuanto ‘católica’, visiblemente una en su multiplicidad, esta corresponde a cuanto exige el Símbolo. En el mundo dividido la Iglesia debe ser signo e instrumento de unidad, debe superar barreras y reunir naciones, razas y clases. Hasta que punto esto no ha sido respetado lo sabemos bien […] no obstante todo … en vez de limitarnos a denigrar el pasado, deberíamos sobre todo mostrarnos listos a acoger la exigencia del presente, tratando de no limitarnos a confesar la catolicidad del Credo sino de realizarla en la vida de nuestro mundo” (Ivi, p 336-337).

Fuente: Fides

sábado, 14 de março de 2009

Carta de Benedicto XVI: el sentido de Iglesia


La Buhardilla nos ofrece la traducción de un interesante artículo, publicado en L'Osservatore Romano, del cardenal Camillo Ruini, Vicario emérito de Su Santidad para la Diócesis de Roma. En el mismo, partiendo de la Carta del Papa Benedicto XVI a los Obispos de la Iglesia Católica, el cardenal Ruini habla de un tema particularmente actual: el sentido de Iglesia.

Una auténtica novedad: así denominaría la carta que Benedicto XVI ha escrito a los “hermanos en el ministerio episcopal” sobre el levantamiento de las excomuniones a los cuatro obispos consagrados por monseñor Lefebvre en 1988. Novedad que se manifiesta, sobre todo, en el carácter fuertemente personal de esta carta que está dirigida a todos los obispos de la Iglesia Católica y de hecho, habiendo sido publicada, también a todos los fieles: una comunicación personal que supera los límites de la oficialidad y se ofrece al lector de manera transparente permitiéndole entrar, por así decir, en el ánimo del Papa y tomar parte desde dentro de su solicitud pastoral en las motivaciones fundamentales que guían sus opciones y también en la actitud interior con la que él vive su ministerio.

En esta misma clave, la carta no esconde ciertamente las dificultades del momento y sus causas inmediatas, más bien las señala pero para ir más en profundidad, a las raíces espirituales, culturales y eclesiales de aquellos obstáculos que hacen fatigoso el camino de la Iglesia y que nos exigen a cada uno de nosotros conversión y renovación. Si queremos encontrar alguna analogía para esta carta, debemos pensar en algunas cartas que, sobre todo en los primeros siglos del cristianismo, obispos de grandes sedes – en particular, los obispos de Roma – han enviado a sus hermanos sobre los problemas entonces más preocupantes.

Benedicto XVI ha aclarado, con aquella precisión de pensamiento que lo caracteriza, el significado positivo y los límites de la disposición de levantamiento de las excomuniones: sería inútil, por lo tanto, retornar sobre lo que está perfectamente claro en su carta. Mucho más útil puede ser, en cambio, reflexionar – para hacerlas íntimamente nuestras – sobre las grandes prioridades de su pontificado, que él había puesto en evidencia desde el inicio y que representa y profundiza, con sufrimiento y yo diría con dramática convicción, en esta carta.

La primera prioridad es confirmar a los hermanos en la fe: en concreto, en nuestro tiempo, “la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”, al Dios que se ha manifestado plenamente en Jesucristo. Mirando a nuestros hermanos en la humanidad, mirando también dentro de la Iglesia y principalmente dentro de nosotros mismos, podemos darnos cuenta de que ésta es, verdaderamente, en lo concreto de la vida y de la historia, la cuestión decisiva: una cuestión frecuentemente ignorada o eliminada, o considerada ya superada, pero en realidad la cuestión de la que todo depende, la única llave que puede abrir al pensamiento del hombre todo su espacio legítimo y necesario, y que puede ofrecer una sólida esperanza al corazón del hombre.

Dentro de la suprema prioridad de Dios, encuentra lugar inmediatamente la prioridad del amor y de la comunión entre nosotros: en concreto, la prioridad de la unidad de los creyentes en Cristo y la prioridad de la paz entre todos los hombres. De aquí el sufrimiento que Benedicto XVI no esconde frente a la inclinación a “morderse y devorarse mutuamente”, por desgracia hoy presente entre nosotros como estaba presente entre los Gálatas a los que escribía san Pablo.

Tocamos aquí un nervio al descubierto del catolicismo de los últimos siglos, un punto de fragilidad y de sufrimiento del que debemos tomar conciencia cada vez más. Me refiero al debilitarse, y a veces prácticamente extinguirse, del sentido de pertenencia eclesial, de la alegría y de la gratitud por formar parte de la Iglesia Católica. No se trata de algo secundario o accesorio que debería dejar lugar a nuestra libertad individual o a nuestra relación personal con Dios o incluso a otras tantas pertenencias que aparecen más concretas y más gratificantes.

Es necesario, en cambio, reconstruir dentro de nosotros aquella convicción de fe que ha caracterizado al cristianismo desde su inicio, según la cual el sentido de la Iglesia es parte esencial de nuestra pertenencia a Cristo. Aquí tiene su raíz la acogida del magisterio de la Iglesia y el esfuerzo de conformar nuestra vida a sus enseñanzas, pero también una actitud que abarca la esfera de los sentimientos y que se traduce espontáneamente en el afecto por aquellos que son padres y hermanos nuestros en la fe. Si estos sentimientos están vivos en nosotros, permaneceremos lejos de aquel sabor amargo de sorprender en el error a nuestro presunto adversario, que en realidad es nuestro hermano, que lamentablemente aflora en muchas palabras, gestos o silencios, como nos ayuda a comprender, con honestidad y sufrimiento, la carta del Papa.

Fuente: L’Osservatore Romano
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

TERCEIRO DOMINGO DA QUARESMA - 15 DE MARÇO


quinta-feira, 12 de março de 2009

Carta do Papa aos bispos sobre a questão da remissão das excomunhões dos bispos da FSSPX


CARTA DE SUA SANTIDADE BENTO XVI
AOS BISPOS DA IGREJA CATÓLICA

a propósito da remissão da excomunhão
aos quatro Bispos consagrados pelo Arcebispo Lefebvre

Amados Irmãos no ministério episcopal!

A remissão da excomunhão aos quatro Bispos, consagrados no ano de 1988 pelo Arcebispo Lefebvre sem mandato da Santa Sé, por variadas razões suscitou, dentro e fora da Igreja Católica, uma discussão de tal veemência como desde há muito tempo não se tinha experiência. Muitos Bispos sentiram-se perplexos perante um facto que se verificou inesperadamente e era difícil de enquadrar positivamente nas questões e nas tarefas actuais da Igreja. Embora muitos Bispos e fiéis estivessem, em linha de princípio, dispostos a considerar positivamente a decisão do Papa pela reconciliação, contra isso levantava-se a questão acerca da conveniência de semelhante gesto quando comparado com as verdadeiras urgências duma vida de fé no nosso tempo. Ao contrário, alguns grupos acusavam abertamente o Papa de querer voltar atrás, para antes do Concílio: desencadeou-se assim um avalanche de protestos, cujo azedume revelava feridas que remontavam mais além do momento. Por isso senti-me impelido a dirigir-vos, amados Irmãos, uma palavra esclarecedora, que pretende ajudar a compreender as intenções que me guiaram a mim e aos órgãos competentes da Santa Sé ao dar este passo. Espero deste modo contribuir para a paz na Igreja.

Uma contrariedade que eu não podia prever foi o facto de o caso Williamson se ter sobreposto à remissão da excomunhão. O gesto discreto de misericórdia para com quatro Bispos, ordenados válida mas não legitimamente, de improviso apareceu como algo completamente diverso: como um desmentido da reconciliação entre cristãos e judeus e, consequentemente, como a revogação de quanto, nesta matéria, o Concílio tinha deixado claro para o caminho da Igreja. E assim o convite à reconciliação com um grupo eclesial implicado num processo de separação transformou-se no seu contrário: uma aparente inversão de marcha relativamente a todos os passos de reconciliação entre cristãos e judeus feitos a partir do Concílio – passos esses cuja adopção e promoção tinham sido, desde o início, um objectivo do meu trabalho teológico pessoal. O facto de que esta sobreposição de dois processos contrapostos se tenha verificado e que durante algum tempo tenha perturbado a paz entre cristãos e judeus e mesmo a paz no seio da Igreja, posso apenas deplorá-lo profundamente. Disseram-me que o acompanhar com atenção as notícias ao nosso alcance na internet teria permitido chegar tempestivamente ao conhecimento do problema. Fica-me a lição de que, para o futuro, na Santa Sé deveremos prestar mais atenção a esta fonte de notícias. Fiquei triste pelo facto de inclusive católicos, que no fundo poderiam saber melhor como tudo se desenrola, se sentirem no dever de atacar-me e com uma virulência de lança em riste. Por isso mesmo sinto-me ainda mais agradecido aos amigos judeus que ajudaram a eliminar prontamente o equívoco e a restabelecer aquela atmosfera de amizade e confiança que, durante todo o período do meu pontificado – tal como no tempo do Papa João Paulo II –, existiu e, graças a Deus, continua a existir.

Outro erro, que lamento sinceramente, consiste no facto de não terem sido ilustrados de modo suficientemente claro, no momento da publicação, o alcance e os limites do provimento de 21 de Janeiro de 2009. A excomunhão atinge pessoas, não instituições. Um ordenação episcopal sem o mandato pontifício significa o perigo de um cisma, porque põe em questão a unidade do colégio episcopal com o Papa. Por isso a Igreja tem de reagir com a punição mais severa, a excomunhão, a fim de chamar as pessoas assim punidas ao arrependimento e ao regresso à unidade. Passados vinte anos daquelas ordenações, tal objectivo infelizmente ainda não foi alcançado. A remissão da excomunhão tem em vista a mesma finalidade que pretende a punição: convidar uma vez mais os quatro Bispos ao regresso. Este gesto tornara-se possível depois que os interessados exprimiram o seu reconhecimento, em linha de princípio, do Papa e da sua potestade de Pastor, embora com reservas em matéria de obediência à sua autoridade doutrinal e à do Concílio. E isto traz-me de volta à distinção entre pessoa e instituição. A remissão da excomunhão era um provimento no âmbito da disciplina eclesiástica: as pessoas ficavam libertas do peso de consciência constituído pela punição eclesiástica mais grave. É preciso distinguir este nível disciplinar do âmbito doutrinal. O facto de a Fraternidade São Pio X não possuir uma posição canónica na Igreja não se baseia, ao fim e ao cabo, em razões disciplinares mas doutrinais. Enquanto a Fraternidade não tiver uma posição canónica na Igreja, também os seus ministros não exercem ministérios legítimos na Igreja. Por conseguinte, é necessário distinguir o nível disciplinar, que diz respeito às pessoas enquanto tais, do nível doutrinal em que estão em questão o ministério e a instituição. Especificando uma vez mais: enquanto as questões relativas à doutrina não forem esclarecidas, a Fraternidade não possui qualquer estado canónico na Igreja, e os seus ministros – embora tenham sido libertos da punição eclesiástica – não exercem de modo legítimo qualquer ministério na Igreja.

À luz desta situação, é minha intenção unir, futuramente, a Comissão Pontifícia «Ecclesia Dei» – instituição competente desde 1988 para as comunidades e pessoas que, saídas da Fraternidade São Pio X ou de idênticas agregações, queiram voltar à plena comunhão com o Papa – à Congregação para a Doutrina da Fé. Deste modo torna-se claro que os problemas, que agora se devem tratar, são de natureza essencialmente doutrinal e dizem respeito sobretudo à aceitação do Concílio Vaticano II e do magistério pós-conciliar dos Papas. Os organismos colegiais pelos quais a Congregação estuda as questões que se lhe apresentam (especialmente a habitual reunião dos Cardeais às quartas-feiras e a Plenária anual ou bienal) garantem o envolvimento dos Prefeitos de várias Congregações romanas e dos representantes do episcopado mundial nas decisões a tomar. Não se pode congelar a autoridade magisterial da Igreja no ano de 1962: isto deve ser bem claro para a Fraternidade. Mas, a alguns daqueles que se destacam como grandes defensores do Concílio, deve também ser lembrado que o Vaticano II traz consigo toda a história doutrinal da Igreja. Quem quiser ser obediente ao Concílio, deve aceitar a fé professada no decurso dos séculos e não pode cortar as raízes de que vive a árvore.

Dito isto, espero, amados Irmãos, que tenham ficado claros tanto o significado positivo como os limites do provimento de 21 de Janeiro de 2009. Mas resta a questão: Tal provimento era necessário? Constituía verdadeiramente uma prioridade? Não há porventura coisas muito mais importantes? Certamente existem coisas mais importantes e mais urgentes. Penso ter evidenciado as prioridades do meu Pontificado nos discursos que pronunciei nos seus primórdios. Aquilo que disse então permanece inalteradamente a minha linha orientadora. A primeira prioridade para o Sucessor de Pedro foi fixada pelo Senhor, no Cenáculo, de maneira inequivocável: «Tu (…) confirma os teus irmãos» (Lc 22, 32). O próprio Pedro formulou, de um modo novo, esta prioridade na sua primeira Carta: «Estai sempre prontos a responder (…) a todo aquele que vos perguntar a razão da esperança que está em vós» (1 Ped 3, 15). No nosso tempo em que a fé, em vastas zonas da terra, corre o perigo de apagar-se como uma chama que já não recebe alimento, a prioridade que está acima de todas é tornar Deus presente neste mundo e abrir aos homens o acesso a Deus. Não a um deus qualquer, mas àquele Deus que falou no Sinai; àquele Deus cujo rosto reconhecemos no amor levado até ao extremo (cf. Jo 13, 1) em Jesus Cristo crucificado e ressuscitado. O verdadeiro problema neste momento da nossa história é que Deus possa desaparecer do horizonte dos homens e que, com o apagar-se da luz vinda de Deus, a humanidade seja surpreendida pela falta de orientação, cujos efeitos destrutivos se manifestam cada vez mais.

Conduzir os homens para Deus, para o Deus que fala na Bíblia: tal é a prioridade suprema e fundamental da Igreja e do Sucessor de Pedro neste tempo. Segue-se daqui, como consequência lógica, que devemos ter a peito a unidade dos crentes. De facto, a sua desunião, a sua contraposição interna põe em dúvida a credibilidade do seu falar de Deus. Por isso, o esforço em prol do testemunho comum de fé dos cristãos – em prol do ecumenismo – está incluído na prioridade suprema. A isto vem juntar-se a necessidade de que todos aqueles que crêem em Deus procurem juntos a paz, tentem aproximar-se uns dos outros a fim de caminharem juntos – embora na diversidade das suas imagens de Deus – para a fonte da Luz: é isto o diálogo inter-religioso. Quem anuncia Deus como Amor levado «até ao extremo» deve dar testemunho do amor: dedicar-se com amor aos doentes, afastar o ódio e a inimizade, tal é a dimensão social da fé cristã, de que falei na Encíclica Deus caritas est.

Em conclusão, se o árduo empenho em prol da fé, da esperança e do amor no mundo constitui neste momento (e, de formas diversas, sempre) a verdadeira prioridade para a Igreja, então fazem parte dele também as pequenas e médias reconciliações. O facto que o gesto submisso duma mão estendida tenha dado origem a um grande rumor, transformando-se precisamente assim no contrário duma reconciliação é um dado que devemos registar. Mas eu pergunto agora: Verdadeiramente era e é errado ir, mesmo neste caso, ao encontro do irmão que «tem alguma coisa contra ti» (cf. Mt 5, 23s) e procurar a reconciliação? Não deve porventura a própria sociedade civil tentar prevenir as radicalizações e reintegrar os seus eventuais aderentes – na medida do possível – nas grandes forças que plasmam a vida social, para evitar a segregação deles com todas as suas consequências? Poderá ser totalmente errado o facto de se empenhar na dissolução de endurecimentos e de restrições, de modo a dar espaço a quanto nisso haja de positivo e de recuperável para o conjunto? Eu mesmo constatei, nos anos posteriores a 1988, como, graças ao seu regresso, se modificara o clima interno de comunidades antes separadas de Roma; como o regresso na grande e ampla Igreja comum fizera de tal modo superar posições unilaterais e abrandar inflexibilidades que depois resultaram forças positivas para o conjunto. Poderá deixar-nos totalmente indiferentes uma comunidade onde se encontram 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminários, 88 escolas, 2 institutos universitários, 117 irmãos, 164 irmãs e milhares de fiéis? Verdadeiramente devemos com toda a tranquilidade deixá-los andar à deriva longe da Igreja? Penso, por exemplo, nos 491 sacerdotes: não podemos conhecer toda a trama das suas motivações; mas penso que não se teriam decidido pelo sacerdócio, se, a par de diversos elementos vesgos e combalidos, não tivesse havido o amor por Cristo e a vontade de anunciá-Lo e, com Ele, o Deus vivo. Poderemos nós simplesmente excluí-los, enquanto representantes de um grupo marginal radical, da busca da reconciliação e da unidade? E depois que será deles?

É certo que, desde há muito tempo e novamente nesta ocasião concreta, ouvimos da boca de representantes daquela comunidade muitas coisas dissonantes: sobranceria e presunção, fixação em pontos unilaterais, etc. Em abono da verdade, devo acrescentar que também recebi uma série de comoventes testemunhos de gratidão, nos quais se vislumbrava uma abertura dos corações. Mas não deveria a grande Igreja permitir-se também de ser generosa, ciente da concepção ampla e fecunda que possui, ciente da promessa que lhe foi feita? Não deveremos nós, como bons educadores, ser capazes também de não reparar em diversas coisas não boas e diligenciar por arrastar para fora de mesquinhices? E não deveremos porventura admitir que, em ambientes da Igreja, também surgiu qualquer dissonância? Às vezes fica-se com a impressão de que a nossa sociedade tenha necessidade pelo menos de um grupo ao qual não conceda qualquer tolerância, contra o qual seja possível tranquilamente arremeter-se com aversão. E se alguém ousa aproximar-se do mesmo – do Papa, neste caso – perde também o direito à tolerância e pode de igual modo ser tratado com aversão sem temor nem decência.

Amados Irmãos, nos dias em que me veio à mente escrever-vos esta carta, deu-se o caso de, no Seminário Romano, ter de interpretar e comentar o texto de Gal 5, 13-15. Notei com surpresa o carácter imediato com que estas frases nos falam do momento actual: «Não abuseis da liberdade como pretexto para viverdes segundo a carne; mas, pela caridade, colocai-vos ao serviço uns dos outros, porque toda a lei se resume nesta palavra: Amarás o teu próximo como a ti mesmo. Se vós, porém, vos mordeis e devorais mutuamente, tomai cuidado em não vos destruirdes uns aos outros». Sempre tive a propensão de considerar esta frase como um daqueles exageros retóricos que às vezes se encontram em São Paulo. E, sob certos aspectos, pode ser assim. Mas, infelizmente, este «morder e devorar» existe também hoje na Igreja como expressão duma liberdade mal interpretada. Porventura será motivo de surpresa saber que nós também não somos melhores do que os Gálatas? Que pelo menos estamos ameaçados pelas mesmas tentações? Que temos de aprender sempre de novo o recto uso da liberdade? E que devemos aprender sem cessar a prioridade suprema: o amor? No dia em que falei disto no Seminário Maior, celebrava-se em Roma a festa de Nossa Senhora da Confiança. De facto, Maria ensina-nos a confiança. Conduz-nos ao Filho, de Quem todos nós podemos fiar-nos. Ele guiar-nos-á, mesmo em tempos turbulentos. Deste modo quero agradecer de coração aos numerosos Bispos que, neste período, me deram comoventes provas de confiança e afecto, e sobretudo me asseguraram a sua oração. Este agradecimento vale também para todos os fiéis que, neste tempo, testemunharam a sua inalterável fidelidade para com o Sucessor de São Pedro. O Senhor nos proteja a todos nós e nos conduza pelo caminho da paz. Tais são os votos que espontaneamente me brotam do coração neste início da Quaresma, tempo litúrgico particularmente favorável à purificação interior, que nos convida a todos a olhar com renovada esperança para a meta luminosa da Páscoa.

Com uma especial Bênção Apostólica, me confirmo


Vosso no Senhor

BENEDICTUS PP. XVI


Vaticano, 10 de Março de 2009.

Fonte: Sala de Imprensa do Vaticano

terça-feira, 10 de março de 2009

Entrevista con el Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino


El cardenal Antonio Cañizares Llovera, español originario de la región valenciana, que cumplirá 64 años en octubre, es el nuevo prefecto de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos. Con él, España vuelve a tener un jefe de dicasterio en la Curia Romana. De carácter jovial, aún teniendo fama de ser un “duro”, el purpurado nos recibe en las oficinas que dan a la Plaza de San Pedro. Antes de venir a Roma, el cardenal ha sido obispo de Ávila, luego de Granada y, por último, de Toledo. Ha sido también vicepresidente de la Conferencia episcopal española. El hecho de que ahora su residencia se encuentre en la Urbe no le impide mantener un vínculo con su país. También por esto ha aceptado escribir semanalmente para el periódico madrileño La Razón.

Eminencia, usted ha sido nombrado por el Papa prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el pasado 9 de diciembre. De esta llamada a Roma se hablaba desde algún tiempo atrás…

En efecto, era así. Se había convertido casi en una persecución. No podía aparecer en público que los periodistas, pero no sólo ellos, me preguntaban: ¿cuándo parte para Roma? Pero eran “rumores”. Y así ha sido hasta que el Papa me comunicó su decisión en el curso de la audiencia que me concedió el 20 de noviembre de 2008.

El nombramiento fue publicado el día en que la Iglesia hace memoria también de santa Leocadia de Toledo. No es casualidad…

Obviamente no, ha sido un homenaje a esta niña mártir del siglo IV, que es también protectora de la juventud toledana, caída bajo la terrible persecución de Diocleciano. Ha sido bello para Toledo que el nombramiento haya sido anunciado ese día: porque era una joven testigo de la oración y de la caridad. Pero el 9 de diciembre se festeja también a san Juan Diego, a quien se apareció la Virgen de Guadalupe. ¡Es un día importante para toda América Latina y, por tanto, también para España!

¿Cómo afronta este nuevo cargo? ¿Ha realizado estudios de Liturgia?

Desde los inicios de mi formación sacerdotal, siempre me ha apasionado la liturgia. Antes de la tesis doctoral en Teología pastoral y catequética, he estudiado las lecturas en el Triduo pascual de la liturgia hispánica. Como sacerdote, he enseñado Liturgia y Catequesis. Como obispo, primero en Ávila, luego en Granada, y después en Toledo, una de mis principales preocupaciones ha sido que en las diócesis que el Señor me había confiado la Liturgia eucarística fuera celebrada en todas partes con sobriedad y belleza, y siempre en el respeto de las normas establecidas por la Iglesia. La Misa, de hecho, es realmente fuente y culmen de la vida cristiana – como nos ha recordado el Concilio Vaticano II -, y por eso no puede ser celebrada de modo indigno. La Eucaristía es verdaderamente el corazón de la Iglesia y, por eso, la adoración eucarística, en el interior de la celebración litúrgica pero no sólo allí, es una acción decisiva para la vida de nuestras comunidades.

Su formación sacerdotal ha madurado durante la transición del pre al post Concilio…

En efecto, he ingresado en el seminario diocesano de Valencia en 1961, a los 16 años. Luego, desde 1964 a 1968 he estudiado en la Pontificia Universidad de Salamanca donde he conseguido la licenciatura en Teología. En 1970 he sido ordenado sacerdote y al siguiente año he conseguido, en el mismo Ateneo, el doctorado con la especialización en Catequesis.

Por lo tanto, usted es el primer prefecto de la Congregación para el Culto Divino que ha celebrado directamente con el Novus Ordo postconciliar…

Evidentemente es así. He celebrado con el Misal de 1962 sólo recientemente, en el 2007, cuando ordené dos sacerdotes del Instituto Cristo Rey en Gicigliano, cerca de Florencia.

¿Qué recuerdo tiene de aquella fase de reforma litúrgica?

Creo que una profundización y una renovación de la Liturgia eran necesarias. Pero, por como yo la he vivido, no ha sido una operación perfectamente lograda. La primera parte de la constitución Sacrosanctum Concilium no ha entrado en el corazón del pueblo cristiano. Ha sido un cambio en las formas, una reforma, pero no una verdadera renovación como pidió la Sacrosanctum Concilium. A veces se ha cambiado por el simple gusto de cambiar respecto a un pasado percibido como todo negativo y superado. A veces se ha concebido la reforma como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición. De aquí todos los problemas suscitados por los tradicionalistas ligados al rito de 1962.

Por lo tanto, ¿se ha tratado de una reforma que, en los hechos, no ha respetado plenamente el mandato conciliar?

Más que otra cosa, diría que ha sido una reforma que ha sido aplicada y principalmente ha sido vivida como un cambio absoluto, como si se debiera crear un abismo entre el pre y el post Concilio, en un contexto en el que “preconciliar” era usado como un insulto.

A decir verdad, incluso hoy en día normalmente es así. Sin embargo, cuando fue publicado su nombramiento, hubo quien describió su evolución teológica como una parábola que ha partido de posiciones más bien progresistas para arribar luego en posiciones conservadoras. En la práctica, es el mismo itinerario “imputado” al Papa Benedicto. ¿Usted lo reconoce?

En 1967, cuando estudiaba para sacerdote, leí un artículo del entonces profesor Joseph Ratzinger sobre la renovación de la Iglesia después del Concilio, artículo que ponía en guardia sobre algunos desvíos que ya estaban en acto. Lo compartí plenamente. El Concilio ha sido una bendición para la Iglesia. Yo lo he vivido siempre no como una ruptura con la Tradición sino como una confirmación de la Tradición, actualizada para poder ser ofrecida al hombre de hoy. En esto, no creo haber cambiado. Quien me conoce, sabe bien que, en mi vida, no ha habido “vueltas en u”. Basta leer lo que ha escrito Juan Martín Velasco en el País después de mi nombramiento.

Usted, en los medios de comunicación, es conocido como “el pequeño Ratzinger”. ¿Qué efecto le produce este epíteto?

Bah… [sonríe, ndr], será porque ambos tenemos el cabello completamente blanco… Tal vez el sobrenombre ha nacido cuando, entre 1985 y 1992, he sido secretario de la Comisión episcopal para la Doctrina de la fe. Para mí, obviamente, ha sido un grandísimo honor ser comparado con el cardenal Ratzinger, con mayor razón hoy. Pero, que quede claro, no me considero digno. Non sum dignus. Sinceramente.

¿Cuándo lo ha conocido personalmente?

En 1987, durante una reunión de los presidentes de las Comisiones episcopales europeas para la Doctrina de la fe. Luego este conocimiento pudo profundizarse también por mi colaboración en la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992 y en su traducción a la lengua española. Y, por último, con mi nombramiento como miembro de la Congregación para la Doctrina de la fe.

Otro aspecto que la prensa destacó ha sido el de su actitud hacia el actual gobierno español. Lo han definido un “anti-Zapatero de hierro”…

Por caridad… Yo no soy “anti” nadie. Por definición. No pertenece a mi ADN. Pienso que pocos obispos tienen una relación más cercana que yo con el gobierno de España. Lo demuestran, por ejemplo, las relaciones cordiales con la vicepresidente socialista, María Teresa Fernández de la Vega, y con el responsable del gobierno socialista de Castilla-La Mancha, donde se encuentra Toledo. Y también con los gobiernos socialistas de Andalucía, cuando era arzobispo de Granada, las relaciones han sido siempre buenas. Al mismo tiempo, soy muy amigo de muchos exponentes del Partido popular, ya desde cuando era obispo de Ávila – cuyo alcalde, Ángel Acebes, era de aquel Partido – o cuando era sacerdote en Valencia [fortaleza del Pp, ndr]. No soy un hombre de oposición por partido a quien le gusta hacer la “guerra”. Busco siempre el encuentro y el diálogo. Esto no me impide, repito, decir abiertamente lo que mi conciencia de cristiano y mi deber de pastor de la Iglesia me obligan a decir.

En efecto, su voz se ha elevado no pocas veces para criticar las iniciativas del gobierno…

Como obispo, tengo un deber particular para con los fieles y todos los españoles. Tengo el deber de defender los derechos de los más débiles, como son los no nacidos; tengo el deber de defender el matrimonio así como es querido por la ley natural; tengo el deber de defender la libertad religiosa, la libertad de los padres de educar a los hijos en base a los propios principios, la libertad de la Iglesia. Como se ve, se trata de promover los grandes “sí” a la vida y a la familia como nos exige el Evangelio de Jesús. Por el bien del hombre y de toda la sociedad. Nosotros no queremos imponer nada. Queremos tener la libertad de proponer. Nosotros amamos la libertad. Sin la libertad, una sociedad no tiene futuro. El peligro, actualmente, es que esta libertad sea anulada.

¿En qué sentido?

La libertad no es posible sin la verdad y sin la razón. El peligro de hoy es el de querer separar la libertad de la verdad. En este sentido, puede ocurrir que algunas de mis afirmaciones sean percibidas como críticas a algunas medidas del gobierno. Pero sobre estas cuestiones, la Iglesia no puede callar. Traicionaría a Jesús. Somos Su Iglesia y no podemos ir contra aquello que Él ha dicho y contra los mandamientos de Dios. Nosotros somos respetuosos del poder constituido. Debemos serlo, nos lo recuerdan varias veces las Cartas de san Pedro y san Pablo, pero no por esto nuestra palabra – sobre cuestiones centrales que conciernen a la fe y la moral – puede ser encadenada. Espero haber sido claro.

Por lo tanto, no es cierto – como también se ha escrito - que usted ha sido transferido a Roma para hacer un favor al gobierno español, molesto por su actitud crítica…

Fanta-política. No tiene nada que ver con la realidad. Tal es así que luego se ha escrito lo contrario. Mi venida aquí, a Roma, no tiene nada que ver con las cuestiones de las relaciones Estado-Iglesia en España. Absolutamente.

Usted es también miembro de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”. ¿Cómo valora el motu proprio Summorum Pontificum?

Aún si alguno lo ha acogido con mal humor, ha sido un gesto de extraordinario sentido común eclesial. Con el que se ha reconocido plenamente válido un rito que ha nutrido espiritualmente a la Iglesia latina por más de cuatro siglos. Creo que este motu proprio es una gracia que fortificará la fe de grupos tradicionalistas que ya están orgánicamente presentes en la Iglesia y que ayudará al retorno de los llamados lefebvristas… Será también una ayuda para todos.

Usted ha tenido contactos con los lefebvristas, ¿qué piensa del levantamiento de las excomuniones a los obispos y las polémicas que siguieron?

No he tenido contactos con el mundo llamado “lefebvrista”. Con respecto al levantamiento de las excomuniones, mi pensamiento es sencillo. Ha sido un gesto de misericordia gratuita del Santo Padre para ayudar a su plena inserción en la Iglesia Católica. Es evidente que esto podrá ocurrir sólo después de que ellos reconozcan todo el Magisterio de la Iglesia, incluido el expresado por el Concilio Vaticano II y por los últimos pontífices. Pero debemos reconocer que la unidad es inseparable de la cruz.

¿Y respecto a las afirmaciones negacionistas o reduccionistas de la Shoah del obispo Williamson?

Se trata de insensateces que el Papa y la Santa Sede han rechazado con firmeza en reiteradas ocasiones. Espero y rezo para que, cuanto antes, el interesado se retracte oficial y claramente. Añado, sin embargo, que no ha sido un bello espectáculo el modo en que el Papa ha sido tratado, también por quienes están dentro de la Iglesia, en todo este asunto. Afortunadamente, al menos, la Iglesia española ha emitido un bello comunicado de filial apoyo a nuestro gran Benedicto XVI.

Volvamos a la Liturgia. Usted, como arzobispo de Toledo, ha celebrado también el antiquísimo rito mozárabe…

En efecto, cada día en la Catedral de Toledo se celebra la Misa y se recitan las laudes, también según este antiquísimo rito que sobrevivió a la reforma tridentina. Es necesario recordar, de hecho – y a algunos tal vez no les gusta hacerlo -, que el así llamado Misal de san Pío V no abolió todos los ritos precedentes. Fueron, de hecho, “preservados” aquellos ritos que tenían, por lo menos, dos siglos de historia. Y el rito mozárabe – junto, por ejemplo, al rito propio de la orden dominica – estaba entre éstos. De este modo, después del Concilio de Trento no hubo una absoluta uniformidad en la Liturgia de la Iglesia latina.

¿Cuáles son, además de las que ya hemos mencionado, las cuestiones que deberá afrontar al desempeñar esta nueva misión?

Ayudar a toda la Iglesia a seguir plenamente lo que ha indicado el Concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum Concilium. Ayudar a comprender plenamente lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice sobre la Liturgia. Atesorar lo que el Santo Padre - cuando era el cardenal Joseph Ratzinger – ha escrito sobre el argumento, especialmente en el bellísimo libro “Introducción al espíritu de la liturgia”. Atesorar cómo el Santo Padre – asistido por la Oficina de las celebraciones litúrgicas que preside monseñor Guido Marini – celebra la Liturgia. Las liturgias pontificias, de hecho, han sido siempre, y siguen siendo, ejemplares para todo el orbe católico.

En una entrevista concedida en España, usted ha elogiado la decisión del Papa de distribuir la Eucaristía, en las liturgias que preside, sólo de rodillas y en la boca. ¿Están previstos cambios, al respecto, en la disciplina universal de la Iglesia?

Como es sabido, la actual disciplina universal de la Iglesia dispone que, por norma, la Comunión sea distribuida en la boca de los fieles. Hay, luego, un indulto que permite, a petición de los episcopados, distribuir la Comunión también sobre la palma de la mano. Es bueno recordar esto. El Papa, entonces, para dar mayor importancia a la debida reverencia con que debemos acercarnos al Cuerpo de Jesús, ha querido que los fieles que toman la Comunión de sus manos lo hagan de rodillas. Me ha parecido una hermosa y edificante iniciativa del obispo de Roma. Las normas actuales no obligan a nadie a hacer lo mismo. Pero tampoco lo impiden.

¿Usted ya conoce Italia y la Curia romana?

Conozco estas dos realidades menos de cuanto debería. Espero hacerlo pronto.

Desde España, ¿qué impresión ha tenido de la Iglesia italiana?

Muy buena. La Iglesia italiana nos ha servido de ejemplo. Y lo ha sido también para mí personalmente. Es una Iglesia de pueblo que sabe hablar con claridad y respeto y que, al mismo tiempo, desempeña una gran obra de ayuda a los más necesitados de la sociedad italiana.

Usted ha tomado posesión de su oficio pocos días después del nombramiento. Pero antes de establecerse aquí, en Roma, ha vuelto algunas veces a España: ha tenido diálogos con el Rey y con el premier Zapatero, y ha acompañado al secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, en su visita a Madrid a comienzos de febrero. ¿Cuáles son los temores y las esperanzas respecto a su país?

Mi temor es que la oleada laicista y relativista que embiste a la sociedad continúe erosionando principios y valores fundamentales sobre los que está construida nuestra nación: la fe católica, la vida, la familia, la educación. Espero y rezo para que la Iglesia sea capaz de presentar a los españoles el rostro auténtico de Jesús, que los españoles abran o vuelvan a abrir el propio corazón a Jesús que ofrece a todos la esperanza de una vida nueva, más bella y digna de ser vivida. Espero y rezo para que mis compatriotas abran el corazón y la mente a Jesús y no corten las raíces cristianas que están en la base de nuestra historia y de la unidad de nuestro país.

Como arzobispo de Granada ha podido ver de cerca cuál ha sido la influencia y la herencia árabe-musulmán en la historia de España. ¿Qué reflexiones ha hecho al respecto?

La dominación musulmana ha durado siglos. Y parecía una cuestión terminada. Admito que no falta una cierta preocupación porque, en el mundo islámico, están quienes actualmente querrían recuperar nuestras tierras para el Islam. Permaneciendo firme en que nosotros, los católicos, queremos tener buenas relaciones con todos, musulmanes incluidos, estos proyectos – que no parecen ser sólo teóricos – no pueden no perturbarnos.

¿Teme por la unidad de su país?

La unidad de España es un bien moral, político, constitutivo de nuestra identidad. No es sólo una cuestión política. Esta unidad tiene origen en el tercer Concilio de Toledo del 589, cuando el rey visigodo Recaredo se convirtió a la fe verdadera y abandonó el arrianismo, favoreciendo de este modo una plena fusión entre los componentes latinos y germánicos de la población. El cardenal Ratzinger lo recordó en una conferencia en la que dijo que el Concilio de Toledo fue, de algún modo, también el acto fundacional de Europa. Por eso, considero que la unidad de España es un bien no negociable.

Sin embargo, en el cuerpo episcopal español hay, al respecto, sensibilidades diversas de parte de los obispos de las regiones más autonomistas…

La Conferencia episcopal española ha aprobado un documento en el que la unidad del país es considerada un bien moral. Y lo ha hecho con un voto clarísimo.

¿Qué piensa de la causa de beatificación de Isabel de Castilla?

Isabel era una mujer de gran fe, una esposa ejemplar, una reina con un celo apostólico único, una gran cristiana. Dio permiso a Colón para cruzar el océano sólo a condición de que su primer fin fuera el de evangelizar las tierras que había descubierto. Creo y espero que, cuanto antes, pueda ser elevada al honor de los altares. Confieso que frecuentemente, como arzobispo de Granada, especialmente cuando tenía que afrontar algún problema importante, iba a rezar delante de la tumba de Isabel que se encuentra en la Catedral, y siempre he experimentado su ayuda.

En una entrevista a La Razón, ha dicho que el último film que ha visto fue “La vita é bella” de Roberto Begnini.

Es una película bellísima, abierta a la vida y a la esperanza. A decir verdad, es la cuarta vez que la veo. Y cada vez que lo hago, me conmueve más. La vida es realmente bella porque es un don de Dios.

Texto original: 30Giorni
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

segunda-feira, 9 de março de 2009

La centralità del Crocifisso nella celebrazione liturgica


La Buhardilla de Jerónimo nos ofrece una traducción al castellano y The New Liturgical Movement una inglesa de este interesante artículo. Pero publicamos aquí el original italiano:

«Guarderanno a Colui che hanno trafitto»

di Mauro Gagliardi
Consultore dell'Ufficio delle celebrazioni liturgiche del Sommo Pontefice

In questo tempo di quaresima, non si può non pensare al grande mistero del triduo santo che, al termine di questi quaranta giorni, ci farà rimeditare e rivivere nell'oggi della liturgia la passione, morte e risurrezione di Gesù. Un aiuto a questo percorso di conversione proviene dalla meditazione sulla centralità della Croce nel culto e, di conseguenza, nella vita del cristiano. Le letture bibliche della messa dell'Esaltazione della santa croce (14 settembre) presentano, tra gli altri, il tema del guardare a. Gli israeliti devono guardare al serpente di bronzo innalzato sull'asta, per essere guariti dal veleno dei serpenti (cfr. Numeri, 21, 4b-9). Gesù, nella pagina evangelica di quella festa liturgica, dice che egli deve essere innalzato da terra come il serpente mosaico, perché chi crede in lui non vada perduto, ma ottenga la vita eterna (cfr. Giovanni, 3, 13-17). Gli israeliti guardavano al serpente di bronzo, ma dovevano compiere un atto di fede nel Dio che guarisce; per i discepoli di Gesù, invece, vi è perfetta convergenza tra "guardare a" e credere: per ottenere salvezza, si deve credere a colui al quale si guarda: il crocifisso risorto, e vivere in maniera coerente a questo sguardo fondamentale.

Questa è l'intuizione fondamentale dell'uso liturgico tradizionale, in accordo al quale ministro e fedeli sono insieme rivolti verso il crocifisso.

Al tempo in cui la prassi di celebrare verso il popolo entrò in uso, sorse il problema della posizione del sacerdote all'altare, perché ora egli dava le spalle al tabernacolo e al crocifisso.

Inizialmente, fu in diversi luoghi ripristinato il tabernacolo a cassetta, posto sopra l'altare separato dalla parete: il tabernacolo veniva così a trovarsi tra il sacerdote e i fedeli, in modo che, pur trovandosi l'uno di fronte agli altri, ministro e fedeli potevano tutti guardare verso il Signore durante la liturgia eucaristica. Questo espediente fu però presto superato, soprattutto in base alla convinzione che simile sistemazione del tabernacolo generasse un conflitto di presenze: non si potrebbe custodire il Santissimo Sacramento sull'altare della celebrazione, perché ciò metterebbe in contrasto le diverse forme di presenza di Cristo nella liturgia.

Alla fine, si risolse per lo spostamento del tabernacolo in una cappella laterale.

Restava ancora il crocifisso, cui il celebrante continuava a dare le spalle, dato che di norma esso rimaneva ancora al centro.

Si risolse ancor più agevolmente, stabilendo che esso poteva ora essere collocato anche al lato dell'altare.


In questo modo, certo, il ministro non gli dava più le spalle, ma la raffigurazione del Signore crocifisso perdeva la sua centralità e, comunque, non si risolveva il problema consistente nel fatto che il sacerdote continuava a non poter "guardare al Crocifisso" durante la liturgia.

Le norme liturgiche, stabilite per l'attuale forma ordinaria del rito romano, permettono di collocare crocifisso e tabernacolo in posizioni defilate, tuttavia ciò non impedisce che si continui a discutere sulla maggiore opportunità che essi siano collocati al centro, come dev'essere per l'altare. Questo vale soprattutto per la raffigurazione del crocifisso.

L'Istruzione Eucharisticum mysterium, infatti, afferma che "in ragione del segno" (ratione signi, n. 55), conviene maggiormente che sull'altare su cui si celebra la Messa non venga collocato il tabernacolo perché la presenza reale del Signore è il frutto della consacrazione e come tale deve apparire. Questo non esclude che il tabernacolo possa di norma rimanere al centro dell'edificio liturgico, soprattutto dove vi sia la presenza di un altare più antico, che si trova ora dietro il nuovo altare (si veda il n. 54, che tra l'altro afferma essere lecita la collocazione del tabernacolo sull'altare rivolto al popolo). Sebbene si tratti di questione complessa e che richiederebbe approfondimenti, si può probabilmente riconoscere che lo spostamento del tabernacolo dall'altare della celebrazione versus populum (o nuovo altare) ha qualche argomento in più in suo favore, visto che si basa non solo sull'argomento del conflitto di presenze, ma anche su quello della verità dei segni liturgici. Però non si può dire lo stesso a riguardo del crocifisso. Eliminata la centralità del crocifisso, la comprensione comune del senso della liturgia rischia di risultarne stravolta.

È ovvio che il guardare a non può essere ridotto a puro gesto esteriore, operato con il semplice orientamento degli occhi. Si tratta invece principalmente di un atteggiamento del cuore, che può e deve essere mantenuto qualunque sia l'orientamento assunto dal corpo dell'orante e la direzione data allo sguardo durante la preghiera. Tuttavia, nel Canone romano, anche nel messale di Paolo VI, vi è la rubrica che prescrive al sacerdote di elevare gli occhi al cielo poco prima di pronunciare le parole consacratorie sul pane. L'orientamento dello spirito è più importante, ma l'espressione corporea accompagna e sostiene il movimento interiore. Se è vero, dunque, che guardare al crocifisso è un atto dello spirito, un atto di fede e di adorazione, resta pur vero che guardare all'immagine del crocifisso durante la liturgia aiuta e sostiene moltissimo il movimento del cuore. Abbiamo bisogno di segni e gesti sacri, che, senza sostituirsi a esso, sorreggano il movimento del cuore che anela alla santificazione: anche questo significa agire liturgicamente ratione signi. Sacralità del gesto e santificazione dell'orante non sono elementi contrari, ma aspetti di un'unica realtà.

Se, dunque, l'uso di celebrare versus populum ha degli aspetti positivi, bisogna nondimeno riconoscere anche i suoi limiti: in particolare il rischio che si crei un circolo chiuso tra ministro e fedeli, che metta in secondo piano proprio colui al quale tutti devono guardare con fede durante il culto liturgico.

È possibile ovviare a simili rischi restituendo alla preghiera liturgica il suo orientamento, in particolare per quello che riguarda la liturgia eucaristica. Mentre la liturgia della Parola ha il suo svolgimento più adeguato se il sacerdote è rivolto verso il popolo, sembra teologicamente e pastoralmente più opportuno applicare la possibilità - riconosciuta dal messale di Paolo VI nelle sue varie edizioni - di continuare a celebrare l'Eucaristia verso il crocifisso; il che può realizzarsi concretamente in diversi modi, anche collocando la raffigurazione del crocifisso al centro dell'altare della celebrazione versus populum, in modo tale che tutti, sacerdote e fedeli, possano guardare al Signore durante la celebrazione del suo santo sacrificio. Nella prefazione al primo volume delle sue Gesammelte Schriften, Benedetto XVI si è detto felice del fatto che si stia facendo sempre più strada una proposta che egli aveva avanzato nella sua Introduzione allo spirito della liturgia. Questa, come ha scritto il Papa, consisteva nel suggerimento di "non procedere a nuove trasformazioni, ma porre semplicemente la croce al centro dell'altare, verso la quale possano guardare insieme sacerdote e fedeli, per lasciarsi guidare in tal modo verso il Signore, che tutti insieme preghiamo".

(©L'Osservatore Romano - 9-10 marzo 2009)

sábado, 7 de março de 2009

La primera Santa Misa en la Forma Extraordinaria del Rito Romano de un seminarista


La Buhardilla nos ofrece la traducción del testimonio de un seminarista norteamericano que ha participado, por primera vez, en la celebración de la Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito romano. Se trata del Hermano Thaddeus Lancton MIC, un seminarista residente en Steubenville, Ohio.

Recuerdo la voz de mi padre cuando conversando, varios años atrás, me dijo: “Et cum spiritu tuo le decíamos a los sacerdotes en latín”. Es decir: “Y con tu espíritu”.

Él usaría estas palabras en su rol de acólito. Hoy soy, como él, un acólito. Pero a diferencia de mi padre, nunca había acolitado en una Misa Tridentina, la Misa que fue codificada en el Concilio de Trento y que tuvo muy pocos cambios en la forma en que fue celebrada hasta el Vaticano II, cuando fue introducida una nueva forma del Rito Latino.

Gracias al Papa Benedicto XVI, sin embargo, la forma extraordinaria del Rito Latino está ahora al alcance de todos.

Mientras me preparaba con mis hermanos Marianos para la celebración de la forma extraordinaria el día de los Fieles Difuntos en nuestra capilla de Steubenville, Ohio, recuerdo que presté atención a las muchas pinturas en las paredes de la capilla. Estaban el Beato Estanislao Papczynski (1631-1701), fundador de la Congregación de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. El Beato Jorge Matulaitis-Matulewicz (1871-1927), renovador Mariano. Y los mártires marianos de Rosica, Bielorrusia, el Beato Jorge Kaszyra (1904-1943) y el Beato Antonio Leszczewicz (1890-1943).

“Ésta es la forma de la Misa que todos ellos celebraron”, destacó el Padre John Larson, MIC.

En nuestra casa en Steubenville he tenido el privilegio de acolitar en algunas misas “no solemnes”. Pero el 1º de febrero, tuve el don de ser el acólito “del lado de la epístola” para una Misa solemne. La Universidad Franciscana de Steubenville pide a un sacerdote que celebre la forma extraordinaria una vez al mes en la Misa de las 4:00 de la tarde de domingo.

Mientras acolitaba, me sentí paralizado ante la Cruz de San Damián y la imagen de María, nuestra Madre. Me di cuenta de la dignidad del sacerdote: el mismo Padre John, con quien como, rezo, y juego al Uno y al Scrabble. Allí estaba, ofreciendo el Sagrado Cuerpo y la Preciosa Sangre de Jesús. Me sentí tocado por la reverencia, la atención y la devoción de aquellos que participaban. Todos tuvieron paciencia para aguardar al Padre John que distribuía la Santa Comunión a alrededor de 200 estudiantes.

Durante la Misa, hay oportunidad para el silencio. Aunque amo el Novus Ordo – la Misa regular –, este silencio me ha enseñado cómo rezar verdaderamente en la Misa. Me ha enseñado cómo experimentó la Misa Santa Faustina, y cómo comenzó originalmente [el mensaje de] la Divina Misericordia. He buscado la palabra Misa en el glosario del Diario de Santa Faustina, y me he dado cuenta que muchas de sus visiones de Jesús ocurrieron durante la Sagrada Liturgia:

4 de junio de 1937: Hoy es la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús. Durante la Santa Misa, me fue dado el conocimiento del Corazón de Jesús y de la naturaleza del fuego de amor en el que Él arde por nosotros, y cómo Él es un océano de Misericordia.

22 de marzo de 1937: Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la Cruz, en medio de grandes tormentos. Un suave gemido brotaba de Su Corazón. Después de un tiempo, Él dijo: “Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas. Ayúdame, hija Mía, a salvar almas. Une tus sufrimientos a Mi Pasión, y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores”.

El lenguaje de esta forma extraordinaria habla de un misterio, de un misterio de misericordia. Mientras hay menos “participación” de los laicos, hay mucho más silencio. En Is 30, 15, leemos: “Porque así habla el Señor, el Santo de Israel: en la conversión y en la calma está la salvación de ustedes, en la serenidad y la confianza está su fuerza”.

Estoy aprendiendo que durante esos momentos de calma, debo rezar con el Espíritu Santo, uniendo mi oración a la oración del sacerdote. Rom 8, 26: “Igualmente el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables…”.

De esta forma he aprendido a suplicar verdaderamente al amoroso Salvador por la salvación del mundo. Cuando veo al Jesús escondido, elevado por el P. John, contemplo lo que está sucediendo realmente: el Calvario se está haciendo presente. El amor de Cristo, Su Sagrado Corazón, está siendo ofrecido por el P. John a Dios Padre por mi propia salvación, y por la salvación del mundo entero.

El cambio del Novus Ordo a la forma extraordinaria es bastante difícil, pero estoy aprendiendo a combinar esta calma con los gemidos del Espíritu Santo, para experimentar verdaderamente la salvación ganada para mí en el Calvario. Estoy agradecido de que el P. John esté tan interesado en aprender esta forma de la Misa, porque estoy aprendiendo a apreciar la Misa en una forma nueva – como un Sacrificio. Ciertamente es un Sacrificio por parte de Cristo, pero es también un sacrificio por mi parte. Cuando asisto a la forma extraordinaria, aprendo a dejar de lado mi propio tiempo y mis propias preocupaciones. Verdaderamente aprendo a hacer una pausa mientras el sacerdote reza sus oraciones en silencio, y soy capaz de contemplar a Jesús en la Cruz. No es un tiempo para la prisa sino un tiempo para rezar, para suplicar a Dios que tenga Misericordia de nosotros, pecadores.

¿Por qué?, me pregunto a mí mismo durante la Misa. El cambio es enorme a nivel exterior, pero en un nivel interior, Cristo es el Mismo “ayer, hoy y siempre”. Al experimentar la forma extraordinaria, aprendo acerca de la forma ordinaria, y el cambio de una a otra me ayuda a nunca dar por sentado el maravilloso don de cada Misa: la Misericordia Divina misma, para nosotros pecadores.

Fuente: The Divine Mercy
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

quinta-feira, 5 de março de 2009

ENCHIRIDION INDULGENTIARUM


A pedido de alguns leitores disponibilizamos neste
tempo de Quaresma o
"Enchiridion Indulgentiarum".

Click no brasão e leia o documento
publicado pela
Paenitentiaria Apostolica.

"Indulgentia est remissio coram Deo poenae temporalis pro peccatis, ad culpam quod attinet iam deletis, quam chrisfidelis, apte dispositus et certis ac definitis condicionibus, consequitur ope Ecclesiae quae, ut ministra redemptionis, thesaurum satisfactionum Christi et Sanctorum auctoritative dispensat et applicat".