terça-feira, 10 de março de 2009

Entrevista con el Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino


El cardenal Antonio Cañizares Llovera, español originario de la región valenciana, que cumplirá 64 años en octubre, es el nuevo prefecto de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos. Con él, España vuelve a tener un jefe de dicasterio en la Curia Romana. De carácter jovial, aún teniendo fama de ser un “duro”, el purpurado nos recibe en las oficinas que dan a la Plaza de San Pedro. Antes de venir a Roma, el cardenal ha sido obispo de Ávila, luego de Granada y, por último, de Toledo. Ha sido también vicepresidente de la Conferencia episcopal española. El hecho de que ahora su residencia se encuentre en la Urbe no le impide mantener un vínculo con su país. También por esto ha aceptado escribir semanalmente para el periódico madrileño La Razón.

Eminencia, usted ha sido nombrado por el Papa prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el pasado 9 de diciembre. De esta llamada a Roma se hablaba desde algún tiempo atrás…

En efecto, era así. Se había convertido casi en una persecución. No podía aparecer en público que los periodistas, pero no sólo ellos, me preguntaban: ¿cuándo parte para Roma? Pero eran “rumores”. Y así ha sido hasta que el Papa me comunicó su decisión en el curso de la audiencia que me concedió el 20 de noviembre de 2008.

El nombramiento fue publicado el día en que la Iglesia hace memoria también de santa Leocadia de Toledo. No es casualidad…

Obviamente no, ha sido un homenaje a esta niña mártir del siglo IV, que es también protectora de la juventud toledana, caída bajo la terrible persecución de Diocleciano. Ha sido bello para Toledo que el nombramiento haya sido anunciado ese día: porque era una joven testigo de la oración y de la caridad. Pero el 9 de diciembre se festeja también a san Juan Diego, a quien se apareció la Virgen de Guadalupe. ¡Es un día importante para toda América Latina y, por tanto, también para España!

¿Cómo afronta este nuevo cargo? ¿Ha realizado estudios de Liturgia?

Desde los inicios de mi formación sacerdotal, siempre me ha apasionado la liturgia. Antes de la tesis doctoral en Teología pastoral y catequética, he estudiado las lecturas en el Triduo pascual de la liturgia hispánica. Como sacerdote, he enseñado Liturgia y Catequesis. Como obispo, primero en Ávila, luego en Granada, y después en Toledo, una de mis principales preocupaciones ha sido que en las diócesis que el Señor me había confiado la Liturgia eucarística fuera celebrada en todas partes con sobriedad y belleza, y siempre en el respeto de las normas establecidas por la Iglesia. La Misa, de hecho, es realmente fuente y culmen de la vida cristiana – como nos ha recordado el Concilio Vaticano II -, y por eso no puede ser celebrada de modo indigno. La Eucaristía es verdaderamente el corazón de la Iglesia y, por eso, la adoración eucarística, en el interior de la celebración litúrgica pero no sólo allí, es una acción decisiva para la vida de nuestras comunidades.

Su formación sacerdotal ha madurado durante la transición del pre al post Concilio…

En efecto, he ingresado en el seminario diocesano de Valencia en 1961, a los 16 años. Luego, desde 1964 a 1968 he estudiado en la Pontificia Universidad de Salamanca donde he conseguido la licenciatura en Teología. En 1970 he sido ordenado sacerdote y al siguiente año he conseguido, en el mismo Ateneo, el doctorado con la especialización en Catequesis.

Por lo tanto, usted es el primer prefecto de la Congregación para el Culto Divino que ha celebrado directamente con el Novus Ordo postconciliar…

Evidentemente es así. He celebrado con el Misal de 1962 sólo recientemente, en el 2007, cuando ordené dos sacerdotes del Instituto Cristo Rey en Gicigliano, cerca de Florencia.

¿Qué recuerdo tiene de aquella fase de reforma litúrgica?

Creo que una profundización y una renovación de la Liturgia eran necesarias. Pero, por como yo la he vivido, no ha sido una operación perfectamente lograda. La primera parte de la constitución Sacrosanctum Concilium no ha entrado en el corazón del pueblo cristiano. Ha sido un cambio en las formas, una reforma, pero no una verdadera renovación como pidió la Sacrosanctum Concilium. A veces se ha cambiado por el simple gusto de cambiar respecto a un pasado percibido como todo negativo y superado. A veces se ha concebido la reforma como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición. De aquí todos los problemas suscitados por los tradicionalistas ligados al rito de 1962.

Por lo tanto, ¿se ha tratado de una reforma que, en los hechos, no ha respetado plenamente el mandato conciliar?

Más que otra cosa, diría que ha sido una reforma que ha sido aplicada y principalmente ha sido vivida como un cambio absoluto, como si se debiera crear un abismo entre el pre y el post Concilio, en un contexto en el que “preconciliar” era usado como un insulto.

A decir verdad, incluso hoy en día normalmente es así. Sin embargo, cuando fue publicado su nombramiento, hubo quien describió su evolución teológica como una parábola que ha partido de posiciones más bien progresistas para arribar luego en posiciones conservadoras. En la práctica, es el mismo itinerario “imputado” al Papa Benedicto. ¿Usted lo reconoce?

En 1967, cuando estudiaba para sacerdote, leí un artículo del entonces profesor Joseph Ratzinger sobre la renovación de la Iglesia después del Concilio, artículo que ponía en guardia sobre algunos desvíos que ya estaban en acto. Lo compartí plenamente. El Concilio ha sido una bendición para la Iglesia. Yo lo he vivido siempre no como una ruptura con la Tradición sino como una confirmación de la Tradición, actualizada para poder ser ofrecida al hombre de hoy. En esto, no creo haber cambiado. Quien me conoce, sabe bien que, en mi vida, no ha habido “vueltas en u”. Basta leer lo que ha escrito Juan Martín Velasco en el País después de mi nombramiento.

Usted, en los medios de comunicación, es conocido como “el pequeño Ratzinger”. ¿Qué efecto le produce este epíteto?

Bah… [sonríe, ndr], será porque ambos tenemos el cabello completamente blanco… Tal vez el sobrenombre ha nacido cuando, entre 1985 y 1992, he sido secretario de la Comisión episcopal para la Doctrina de la fe. Para mí, obviamente, ha sido un grandísimo honor ser comparado con el cardenal Ratzinger, con mayor razón hoy. Pero, que quede claro, no me considero digno. Non sum dignus. Sinceramente.

¿Cuándo lo ha conocido personalmente?

En 1987, durante una reunión de los presidentes de las Comisiones episcopales europeas para la Doctrina de la fe. Luego este conocimiento pudo profundizarse también por mi colaboración en la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992 y en su traducción a la lengua española. Y, por último, con mi nombramiento como miembro de la Congregación para la Doctrina de la fe.

Otro aspecto que la prensa destacó ha sido el de su actitud hacia el actual gobierno español. Lo han definido un “anti-Zapatero de hierro”…

Por caridad… Yo no soy “anti” nadie. Por definición. No pertenece a mi ADN. Pienso que pocos obispos tienen una relación más cercana que yo con el gobierno de España. Lo demuestran, por ejemplo, las relaciones cordiales con la vicepresidente socialista, María Teresa Fernández de la Vega, y con el responsable del gobierno socialista de Castilla-La Mancha, donde se encuentra Toledo. Y también con los gobiernos socialistas de Andalucía, cuando era arzobispo de Granada, las relaciones han sido siempre buenas. Al mismo tiempo, soy muy amigo de muchos exponentes del Partido popular, ya desde cuando era obispo de Ávila – cuyo alcalde, Ángel Acebes, era de aquel Partido – o cuando era sacerdote en Valencia [fortaleza del Pp, ndr]. No soy un hombre de oposición por partido a quien le gusta hacer la “guerra”. Busco siempre el encuentro y el diálogo. Esto no me impide, repito, decir abiertamente lo que mi conciencia de cristiano y mi deber de pastor de la Iglesia me obligan a decir.

En efecto, su voz se ha elevado no pocas veces para criticar las iniciativas del gobierno…

Como obispo, tengo un deber particular para con los fieles y todos los españoles. Tengo el deber de defender los derechos de los más débiles, como son los no nacidos; tengo el deber de defender el matrimonio así como es querido por la ley natural; tengo el deber de defender la libertad religiosa, la libertad de los padres de educar a los hijos en base a los propios principios, la libertad de la Iglesia. Como se ve, se trata de promover los grandes “sí” a la vida y a la familia como nos exige el Evangelio de Jesús. Por el bien del hombre y de toda la sociedad. Nosotros no queremos imponer nada. Queremos tener la libertad de proponer. Nosotros amamos la libertad. Sin la libertad, una sociedad no tiene futuro. El peligro, actualmente, es que esta libertad sea anulada.

¿En qué sentido?

La libertad no es posible sin la verdad y sin la razón. El peligro de hoy es el de querer separar la libertad de la verdad. En este sentido, puede ocurrir que algunas de mis afirmaciones sean percibidas como críticas a algunas medidas del gobierno. Pero sobre estas cuestiones, la Iglesia no puede callar. Traicionaría a Jesús. Somos Su Iglesia y no podemos ir contra aquello que Él ha dicho y contra los mandamientos de Dios. Nosotros somos respetuosos del poder constituido. Debemos serlo, nos lo recuerdan varias veces las Cartas de san Pedro y san Pablo, pero no por esto nuestra palabra – sobre cuestiones centrales que conciernen a la fe y la moral – puede ser encadenada. Espero haber sido claro.

Por lo tanto, no es cierto – como también se ha escrito - que usted ha sido transferido a Roma para hacer un favor al gobierno español, molesto por su actitud crítica…

Fanta-política. No tiene nada que ver con la realidad. Tal es así que luego se ha escrito lo contrario. Mi venida aquí, a Roma, no tiene nada que ver con las cuestiones de las relaciones Estado-Iglesia en España. Absolutamente.

Usted es también miembro de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”. ¿Cómo valora el motu proprio Summorum Pontificum?

Aún si alguno lo ha acogido con mal humor, ha sido un gesto de extraordinario sentido común eclesial. Con el que se ha reconocido plenamente válido un rito que ha nutrido espiritualmente a la Iglesia latina por más de cuatro siglos. Creo que este motu proprio es una gracia que fortificará la fe de grupos tradicionalistas que ya están orgánicamente presentes en la Iglesia y que ayudará al retorno de los llamados lefebvristas… Será también una ayuda para todos.

Usted ha tenido contactos con los lefebvristas, ¿qué piensa del levantamiento de las excomuniones a los obispos y las polémicas que siguieron?

No he tenido contactos con el mundo llamado “lefebvrista”. Con respecto al levantamiento de las excomuniones, mi pensamiento es sencillo. Ha sido un gesto de misericordia gratuita del Santo Padre para ayudar a su plena inserción en la Iglesia Católica. Es evidente que esto podrá ocurrir sólo después de que ellos reconozcan todo el Magisterio de la Iglesia, incluido el expresado por el Concilio Vaticano II y por los últimos pontífices. Pero debemos reconocer que la unidad es inseparable de la cruz.

¿Y respecto a las afirmaciones negacionistas o reduccionistas de la Shoah del obispo Williamson?

Se trata de insensateces que el Papa y la Santa Sede han rechazado con firmeza en reiteradas ocasiones. Espero y rezo para que, cuanto antes, el interesado se retracte oficial y claramente. Añado, sin embargo, que no ha sido un bello espectáculo el modo en que el Papa ha sido tratado, también por quienes están dentro de la Iglesia, en todo este asunto. Afortunadamente, al menos, la Iglesia española ha emitido un bello comunicado de filial apoyo a nuestro gran Benedicto XVI.

Volvamos a la Liturgia. Usted, como arzobispo de Toledo, ha celebrado también el antiquísimo rito mozárabe…

En efecto, cada día en la Catedral de Toledo se celebra la Misa y se recitan las laudes, también según este antiquísimo rito que sobrevivió a la reforma tridentina. Es necesario recordar, de hecho – y a algunos tal vez no les gusta hacerlo -, que el así llamado Misal de san Pío V no abolió todos los ritos precedentes. Fueron, de hecho, “preservados” aquellos ritos que tenían, por lo menos, dos siglos de historia. Y el rito mozárabe – junto, por ejemplo, al rito propio de la orden dominica – estaba entre éstos. De este modo, después del Concilio de Trento no hubo una absoluta uniformidad en la Liturgia de la Iglesia latina.

¿Cuáles son, además de las que ya hemos mencionado, las cuestiones que deberá afrontar al desempeñar esta nueva misión?

Ayudar a toda la Iglesia a seguir plenamente lo que ha indicado el Concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum Concilium. Ayudar a comprender plenamente lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice sobre la Liturgia. Atesorar lo que el Santo Padre - cuando era el cardenal Joseph Ratzinger – ha escrito sobre el argumento, especialmente en el bellísimo libro “Introducción al espíritu de la liturgia”. Atesorar cómo el Santo Padre – asistido por la Oficina de las celebraciones litúrgicas que preside monseñor Guido Marini – celebra la Liturgia. Las liturgias pontificias, de hecho, han sido siempre, y siguen siendo, ejemplares para todo el orbe católico.

En una entrevista concedida en España, usted ha elogiado la decisión del Papa de distribuir la Eucaristía, en las liturgias que preside, sólo de rodillas y en la boca. ¿Están previstos cambios, al respecto, en la disciplina universal de la Iglesia?

Como es sabido, la actual disciplina universal de la Iglesia dispone que, por norma, la Comunión sea distribuida en la boca de los fieles. Hay, luego, un indulto que permite, a petición de los episcopados, distribuir la Comunión también sobre la palma de la mano. Es bueno recordar esto. El Papa, entonces, para dar mayor importancia a la debida reverencia con que debemos acercarnos al Cuerpo de Jesús, ha querido que los fieles que toman la Comunión de sus manos lo hagan de rodillas. Me ha parecido una hermosa y edificante iniciativa del obispo de Roma. Las normas actuales no obligan a nadie a hacer lo mismo. Pero tampoco lo impiden.

¿Usted ya conoce Italia y la Curia romana?

Conozco estas dos realidades menos de cuanto debería. Espero hacerlo pronto.

Desde España, ¿qué impresión ha tenido de la Iglesia italiana?

Muy buena. La Iglesia italiana nos ha servido de ejemplo. Y lo ha sido también para mí personalmente. Es una Iglesia de pueblo que sabe hablar con claridad y respeto y que, al mismo tiempo, desempeña una gran obra de ayuda a los más necesitados de la sociedad italiana.

Usted ha tomado posesión de su oficio pocos días después del nombramiento. Pero antes de establecerse aquí, en Roma, ha vuelto algunas veces a España: ha tenido diálogos con el Rey y con el premier Zapatero, y ha acompañado al secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, en su visita a Madrid a comienzos de febrero. ¿Cuáles son los temores y las esperanzas respecto a su país?

Mi temor es que la oleada laicista y relativista que embiste a la sociedad continúe erosionando principios y valores fundamentales sobre los que está construida nuestra nación: la fe católica, la vida, la familia, la educación. Espero y rezo para que la Iglesia sea capaz de presentar a los españoles el rostro auténtico de Jesús, que los españoles abran o vuelvan a abrir el propio corazón a Jesús que ofrece a todos la esperanza de una vida nueva, más bella y digna de ser vivida. Espero y rezo para que mis compatriotas abran el corazón y la mente a Jesús y no corten las raíces cristianas que están en la base de nuestra historia y de la unidad de nuestro país.

Como arzobispo de Granada ha podido ver de cerca cuál ha sido la influencia y la herencia árabe-musulmán en la historia de España. ¿Qué reflexiones ha hecho al respecto?

La dominación musulmana ha durado siglos. Y parecía una cuestión terminada. Admito que no falta una cierta preocupación porque, en el mundo islámico, están quienes actualmente querrían recuperar nuestras tierras para el Islam. Permaneciendo firme en que nosotros, los católicos, queremos tener buenas relaciones con todos, musulmanes incluidos, estos proyectos – que no parecen ser sólo teóricos – no pueden no perturbarnos.

¿Teme por la unidad de su país?

La unidad de España es un bien moral, político, constitutivo de nuestra identidad. No es sólo una cuestión política. Esta unidad tiene origen en el tercer Concilio de Toledo del 589, cuando el rey visigodo Recaredo se convirtió a la fe verdadera y abandonó el arrianismo, favoreciendo de este modo una plena fusión entre los componentes latinos y germánicos de la población. El cardenal Ratzinger lo recordó en una conferencia en la que dijo que el Concilio de Toledo fue, de algún modo, también el acto fundacional de Europa. Por eso, considero que la unidad de España es un bien no negociable.

Sin embargo, en el cuerpo episcopal español hay, al respecto, sensibilidades diversas de parte de los obispos de las regiones más autonomistas…

La Conferencia episcopal española ha aprobado un documento en el que la unidad del país es considerada un bien moral. Y lo ha hecho con un voto clarísimo.

¿Qué piensa de la causa de beatificación de Isabel de Castilla?

Isabel era una mujer de gran fe, una esposa ejemplar, una reina con un celo apostólico único, una gran cristiana. Dio permiso a Colón para cruzar el océano sólo a condición de que su primer fin fuera el de evangelizar las tierras que había descubierto. Creo y espero que, cuanto antes, pueda ser elevada al honor de los altares. Confieso que frecuentemente, como arzobispo de Granada, especialmente cuando tenía que afrontar algún problema importante, iba a rezar delante de la tumba de Isabel que se encuentra en la Catedral, y siempre he experimentado su ayuda.

En una entrevista a La Razón, ha dicho que el último film que ha visto fue “La vita é bella” de Roberto Begnini.

Es una película bellísima, abierta a la vida y a la esperanza. A decir verdad, es la cuarta vez que la veo. Y cada vez que lo hago, me conmueve más. La vida es realmente bella porque es un don de Dios.

Texto original: 30Giorni
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo